Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 5
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Capítulo 5

—Christian… dime que ya estás aquí —susurró con voz tensa, observando con atención a ambos lados del pasillo.

—Estoy en el aparcamiento. No veo la entrada, creo que me he perdido.

Jerónimo exhaló.

—¿Dónde exactamente?

—Ya te lo he dicho. En el aparcamiento. Hace un frío de mil demonios.

—¿No ves la puerta de entrada?

—Si la hubiera visto, no te habría llamado. Solo veo un aparcamiento vacío y menos luz que la cueva de un oso.

—¿Ves un cartel que diga Main Storage o Reception ?

—Veo un contenedor azul abollado, una farola medio fundida y un cartel que pone «No tirar basura».

—Estarás en la parte trasera. Si rodeas el edificio, antes de torcer, verás una entrada.

—Prefiero verte a ti. Ya he dado un par de vueltas y me quedo donde estoy. Muchas gracias.

Jerónimo resopló.

—Está bien. Estoy saliendo por la puerta. No te muevas. Voy a buscarte.

—¿No has tocado nada?

—No —mintió.

Colgó y empujó la puerta del edificio.

Al salir al exterior, el aire gélido le golpeó en la cara como una bofetada. Se frotó los brazos con fuerza mientras bajaba los escalones y cruzaba el pasillo entre las farolas apagadas y los setos recortados a medias.

El aparcamiento estaba vacío. Solo el Porsche azul metalizado de Christian destacaba en medio del asfalto helado.

Se preguntó por qué había tenido que aparcar tan lejos.

El vehículo brillaba en la luz de la noche como si estuviera cubierto de escarcha.

Pero no había rastro de Christian. Jerónimo frunció el ceño y rodeó el coche.

—¿Chris? —llamó en voz baja, con el móvil en la mano.

Justo cuando iba a marcar el número, una voz emergió desde la penumbra.

—Estoy aquí, drama queen . No me he evaporado —dijo Christian, saliendo de entre dos arbustos.

Jerónimo dio un respingo.

—¡¿Pero se puede saber de dónde sales?!

—De hacer pis, ¿de dónde va a ser? —respondió Christian mientras se secaba la frente con el dorso de la mano—. A mi edad, si no aprovechas el momento, acabas rezando al dios de la próstata cinco veces por noche.

Jerónimo entornó los ojos.

—¿En serio? Me has dado un susto de muerte.

—Pues sí —replicó Christian con toda la dignidad posible—. Y hace un frío que ni en la boda de un lord en diciembre, así que no me juzgues si no he esperado a que vinieras a escoltarme como un guardaespaldas con calefacción.

—Podrías haberme dicho algo. —Jerónimo guardó el móvil, irritado—. Estoy medio paranoico desde que salí del trastero.

—Y yo medio congelado desde que salí del coche. Además, este sitio no me gusta nada. Tiene pinta de que alguien te apuñala por tu abrigo y encima se queja de que no es de marca.

Jerónimo puso los ojos en blanco.

—¿Cómo está Philip? No te lo pregunté antes.

—Se está recuperando. Unos días más de reposo en casa y estará como nuevo. Y tú, ¿cómo estás?

—Tienes que verlo con tus propios ojos.

—Ahora entiendo por qué has estado tan callado desde que volvimos de Groenlandia.

—Tenemos mucho de lo que hablar.

Christian le puso la mano en el hombro.

—Lo sé, pero mejor no aquí o se me congelarán las pelotas.

Y juntos, se encaminaron hacia el interior del edificio. La luz del sensor parpadeó antes de estabilizarse, lanzando una claridad fría y mortecina sobre sus rostros. Jerónimo apretó el botón del ascensor.

—Es un agujero donde se escondía Natalia. No solo había fotos tuyas y documentos, sino que encontré un sobre con un viejo carrete y más fotos.

—¿Qué tipo de carrete?

—¿Eso qué importa? —replicó Jerónimo, con impaciencia—.

Kodak, creo. De 35 mm. Pero las fotos… —Se detuvo en seco.

Estiró una mano y le agarró el brazo a Christian—.

Esas fotos son mías. De hace veinte años.

De Valencia. La primera noche que trabajé en ese club del Barrio del Carmen.

Estoy entrando en un taxi y Trini, el travesti, me da un beso.

Lo recuerdo. Esa noche… pensé que había desaparecido para siempre. Que nadie sabía que yo estuve allí.

Christian se quedó en silencio. Su expresión era ilegible.

—¿Para qué? —insistió Jerónimo—. ¿Cómo llegaron esas fotos a manos de Natalia? ¿Qué hacen esas fotos en ese agujero?

Christian bajó la mirada un segundo. Sus labios se apretaron en una línea tensa.

—No lo sé —dijo por fin.

Las puertas del ascensor se abrieron con un leve zumbido. Christian apoyó una mano en el marco.

—No tenías que haber venido solo hasta aquí —le reprochó, con una mezcla de enfado y preocupación.

—No tenía a quién más llamar.

—Pues ya me has llamado. Vamos.

Jerónimo asintió, aunque sus pensamientos seguían dando vueltas como si no hubiera suelo firme donde apoyarse.

Entraron. Las puertas se cerraron tras ellos. Atravesaron el pasillo hasta el trastero 88. Llegaron a la puerta y Jerónimo se detuvo. Examinó la cerradura y luego a Christian.

—¿Qué pasa? —preguntó su amigo, acercándose.

Jerónimo no dijo nada. Se había dejado la puerta abierta. La empujó y la puerta se abrió con un chirrido áspero. El aire rancio del interior los envolvió de inmediato. Y el pasado, otra vez, los recibió en silencio.