Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 4
69%

Capítulo 4

Las fotos seguían allí. Todas eran de Christian, con sus ojos tachados con círculos negros, y en cada una, una palabra escrita en letras mayúsculas con rotulador rojo:

KILLER

ASESINO.

La primera mostraba la fachada del club de Caballeros La Habana con el emblema dorado de dos habanos cruzados bajo una «C» en cursiva y, en la puerta, la silueta de Trini sosteniendo un cigarrillo.

Trini era un travesti y amante de Teo que organizaba el club donde había trabajado aquella noche.

Llevaba una peluca rubia, corta y esponjosa, con ondas perfectamente peinadas y labios pintados de un rojo encendido.

Él estaba a su lado. Sería en algún momento de la noche cuando salió a la calle buscando a Trini para preguntarle algo, vestido con aquel uniforme ridículo de camarero en una noche de carnaval.

En la segunda foto, aparecía Teo, de pie junto al taxi, con su abrigo abierto y su mirada astuta clavada en él mientras le rozaba la mejilla.

Recordó las cuerdas mordiéndole las muñecas, el peso del cuerpo de Teo encima de él y ese olor a sudor, puro y whisky .

Y luego el olor a sangre, que le provocó un nudo en el estómago.

Pasó a la tercera imagen, un instante congelado en el tiempo, en el que Jerónimo se vio a sí mismo con los ojos abiertos de par en par, atrapado en el momento en que Trini le robaba un beso en los labios.

Aquel beso fugaz que lo había dejado paralizado en la puerta del taxi la primera noche en que decidió no volver, pero volvió.

Le robaron algo más que un momento; le robaron una vida que aún no había recuperado.

Y entonces algo le llamó la atención al examinar el sobre: el color amarillento de la solapa estaba sucio, gastado y pegajoso por el paso del tiempo.

Pero lo que le heló la sangre no fue el sobre en sí, sino las palabras garabateadas con trazo grueso en el reverso: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo? ».

Las fotos y el sobre se le resbalaron de las manos. Por poco vomita allí mismo; tuvo que cerrar los ojos y tragar saliva. Pero la imagen de aquella noche en Valencia estaba tatuada en su mente.

Las preguntas caían como piedras en una tempestad de granizo. ¿Quién había tomado esas fotos? ¿Por qué estaban en manos de Natalia? ¿Qué significaba aquel mensaje? ¿Qué tenía que ver su padre en todo esto?

Recogió las fotos y el sobre del suelo y las dejó sobre los documentos. No toques nada , escuchó la voz de Christian en su mente.

Había pasado media hora cuando un ruido fuera lo sacó del trance. Aunque no eran pasos, era más bien un golpe seco, metálico. Se puso de pie despacio y acercó la oreja a la puerta.

Nada.

Abrió la puerta del trastero y el sensor captó el movimiento, haciendo que la fría luz de neón parpadeara antes de encenderse de golpe.

El pasillo seguía vacío.

Había sido su imaginación, se dijo, mientras se frotaba la cara. Y entonces, lo oyó de nuevo: un ruido seco y metálico a lo lejos, como si alguien hubiera cerrado una puerta o empujado una caja contra la pared. El sonido rebotó por los pasillos y se apagó.

Se quedó quieto y su corazón aceleró el compás. No estaba solo. Se armó de valor y avanzó unos pasos, sin dejar de fijar la mirada al fondo del pasillo, donde las luces parpadeaban, dibujando sombras irregulares.

Entonces la vio: una figura. Breve, casi imperceptible, deslizándose al fondo.

—¡Eh! —exclamó, su voz más tensa que fuerte.

La figura se escurrió tras una esquina y desapareció.

Jerónimo dio un paso más, asomándose al pasillo transversal. Nada. Su respiración se volvió pesada. Y entonces, como si hubiera sido convocado por su pensamiento, el móvil vibró con fuerza en su bolsillo. Una llamada entrante. Christian.