Capítulo 3
Jerónimo apretó el móvil con fuerza.
Uno.
Dos.
Tres.
El cuarto tono se cortó en seco.
—¿Jero…? —La voz de Christian sonaba atrapada entre las sábanas y la confusión.
—Chris, tienes que ver algo.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Sí… sí, estoy bien.
Un silencio. Largo. Tenso.
—Jovencito, ¿sabes qué hora es? —gruñó con voz ronca—. No son ni las dos.
—Lo sé. Pero esto no puede esperar.
—Pues pásate por casa, si estás tan despierto…
—No puedo.
—Maravilloso. ¿Dónde estás?
—En Barking.
—¿Barking? ¿Qué demonios haces en Barking a estas horas? ¿Te has vuelto loco? ¿Sabes cuántos apuñalamientos hubo por allí el mes pasado?
—No es una broma. No estoy aquí por gusto.
—¿Y Erik?
—No sabe nada. Le dije que me quedaba contigo.
—Oh, vaya. Y ahora soy cómplice también, y yo sin saberlo. Son casi las dos de la madrugada. Philip está a punto de estrangularme si no le dejo dormir.
—¿Estás con Philip?
—En su apartamento.
—¿En Londres?
—Philip tiene «solo» un apartamento, y sí, sigue en Londres. Hasta ahora no lo han movido de sitio.
—¿Qué haces en su apartamento?
—Jugando al parchís, ¿tú qué crees? Tuvo una fuerte recaída después de la vuelta de Groenlandia y está recuperándose. Gracias por no preguntar.
—Chris…
—Espera. —Se oyó un leve crujido, como si Christian se moviera a otra habitación—. Estoy en el salón. ¿Qué pasa?
—Cuando la agencia mandó todas vuestras cosas desde Groenlandia, también incluyeron cosas de Natalia. Iba a tirarlo todo… pero encontré una llave en su abrigo. Me llevó a un trastero aquí en Barking.
—¿Y no me lo podías haber dicho antes?
—No quería molestarte.
—Jero…
—Está bien. Quería hacerlo yo solo.
—Para variar. ¿Y qué hay en ese trastero, si puede saberse?
—Parece una especie de refugio o escondite. Hay comida, mapas, cinta aislante, herramientas, bridas… Hasta un colchón. Te he llamado en cuanto lo he visto porque…
—Está bien.
—No, no está bien. Hay más cosas. Una mesa plegable con papeles. Documentos. Parece algún tipo de informe lleno de datos y jerga. Con tu nombre, un tal Adrian y… Teodoro Montenegro. Pero eso no es lo peor.
—¿Peor aún?
Jerónimo tragó saliva.
—Un panel de corcho. Natalia tenía un montón de fotos tuyas clavadas con chinchetas.
Christian suspiró.
—No te preocupes por las fotos. Natalia está muerta. Pásame la dirección. Voy para allá.
Él se la dictó con voz tensa.
—No toques nada. Sal de ese trastero y espérame fuera. Estaré allí en una hora.
—Pero…
—Voy en camino. Te lo repito: no toques nada.
Clic. Llamada terminada.
Jerónimo dejó caer el teléfono en su regazo y apoyó la cabeza contra la pared de hormigón frío. Media hora. Christian llegaría antes de las tres. Se quedó mirando los papeles mientras se ajustaba la chaqueta para salir a esperar a Christian y, de repente, sintió un intenso frío en ese lugar.
No toques nada .
Llamada terminada.
Jerónimo era un hombre de palabra y cumplía lo que prometía, pero al levantar la vista de nuevo al panel de corcho, vio algo que le llamó la atención.