Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 2
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Capítulo 2

Lo primero que sintió Jerónimo al entrar en el trastero fue una punzada en el estómago. Tanteó la pared hasta encontrar el interruptor de la luz, y una bombilla colgada del techo iluminó el lugar.

Echó un vistazo a la unidad.

Aquel espacio parecía la cueva de una mente enferma. Como uno de esos decorados sacados de un estudio de cine para rodar la guarida de un asesino en serie. Pero aquello no era cartón piedra; era real.

Cerró y se apoyó un momento en la puerta. El olor a rancio lo invadió.

A la izquierda, pegada a la pared, una estantería metálica exhibía latas de comida en conserva y un hornillo de gas.

También encontró unas gafas de visión nocturna, cinta aislante negra, bridas, un bote de pegamento rápido y una navaja multiusos.

Al lado, una mesa plegable estaba cubierta de papeles arrugados y una taza sucia.

Una caja hacía de silla improvisada, y en el suelo había un colchón delgado con una manta doblada sobre él.

Un clavo en la pared sostenía varias camisetas de deporte, y junto a unas zapatillas gastadas, había botellas de agua sin abrir y un paquete medio vacío de toallitas húmedas desechables.

Natalia había convertido aquel trastero en un cuartel.

Se acercó a la mesa. Entre los papeles, distinguió mapas de Ilulissat, en Groenlandia, y una lista de teléfonos escrita a mano.

Negó con la cabeza. Natalia lo había planeado todo desde hacía tiempo: meses, quizás años.

Dos semanas antes, apareció como una aliada inesperada en medio del caos, afirmando ser la hija de Philip, la pareja de su amigo Christian.

Su actitud decidida y su supuesta conexión familiar le hicieron ganar la confianza de Jerónimo, quien buscaba desesperadamente pistas sobre el paradero de Christian.

Todo era una farsa tejida con el único objetivo de cazar a su amigo.

Levantó la vista. En la pared, sobre un panel de corcho clavado con chinchetas, había un conjunto de fotografías. Todas robadas. Todas de la misma persona. Todas de Christian.

Los ojos habían sido tachados con círculos negros, uno por uno. Abajo estaba escrita una palabra:

KILLER .

ASESINO.

Jerónimo dio un paso atrás y una descarga le subió por la columna.

Natalia había estado esperando la oportunidad perfecta, preparando su viaje a Groenlandia y buscando el momento exacto para matar a Christian y vengar la muerte de su padre.

Rozó con el índice el mapa y apartó un montón de hojas sobre una carpeta de plástico semitransparente con los bordes amarillentos.

Había columnas con nombres, fechas y códigos alfanuméricos, así como siglas que no comprendía.

Todo en inglés. A la derecha, recuadros con fotografías tamaño carné.

Una de ellas mostraba a Christian con el pelo más largo y sin canas.

En la otra, un hombre que no reconoció al principio, hasta que vio el nombre: Adrian.

El padre de Natalia. Un hombre muy atractivo de pelo oscuro y mirada felina.

Un apartado señalaba «entrenamiento completado», otro decía «reubicado a zona neutral».

En uno de los márgenes, había un sello difuso con lo que parecía ser un logo institucional.

La lengua se le despegó del paladar con un chasquido. Bajo la foto, alguien había subrayado la palabra «retirado». Pero había otra palabra al lado, en rojo: «FALLIDO». Y luego, una fecha: 13 de diciembre de 1998.

Jerónimo sintió vértigo y cerró los ojos.

Era el día que huyó de Valencia. Esa misión que mencionó Natalia en la que murió su padre, Adrian.

Pasó la página y encontró un informe idéntico al anterior pero con el nombre de Christian.

¿De qué hablaba ese documento? ¿Qué era todo eso?

¿Y por qué estaban esos papeles en el trastero de Natalia?

Pasó la siguiente página y vio un nombre que creía que nunca volvería a ver: Teodoro Montenegro.

La sangre empezó a martillarle las sienes mientras leía el texto.

Lo leyó una, dos, tres veces.

Teo…

Lugar de nacimiento: Valparaíso.

Residencia: Valencia, España.

Edad: 45 años.

Nacionalidad: chilena.

Ocupación: empresario nocturno.

Una columna al margen señalaba actividades sospechosas: blanqueo de dinero, extorsión, fraude de seguros y vinculación con la red de trata de menores.

Jerónimo se quedó inmóvil. Parpadeó varias veces.

Le ardían las mejillas. La imagen le volvió como un latigazo: él atado a una cama en aquel club y Teo encima, con olor a sudor, whisky y puro…

Y aquella lengua asquerosa que lamía sus mejillas.

Sintió náuseas. Luego llegó el cuchillo, la sangre y la huida.

¿Hasta dónde llegaba todo aquello?

Sostuvo los papeles unos segundos más, como si fueran una bomba a punto de estallar, y luego se quedó muy quieto.

Estaba solo en un trastero que pertenecía a una mujer muerta, sosteniendo documentos que no debería haber visto jamás.

Y supo, con total claridad, que esa noche su vida acababa de cambiar.

Un ruido en el exterior lo sobresaltó.

Eran pasos.

Piensa . Piensa .

Apagó la luz. La camiseta se le pegó a la espalda. Tanteó el marco con la mano hasta palpar el pestillo metálico. Lo deslizó con cuidado, pero no pudo evitar que el mecanismo soltara un clic seco.

Un segundo más tarde, alguien golpeó la puerta con los nudillos.

Toc , toc .

El sonido metálico retumbó en sus oídos. Se tapó la boca y se quedó inmóvil. Aguantó la respiración. El corazón le retumbaba en las costillas.

Los segundos se estiraron.

Y entonces, los pasos se alejaron hasta desaparecer en la noche.

Como un náufrago que saca la cabeza del agua, volvió a respirar de nuevo. Encendió la luz otra vez. La bombilla parpadeó un segundo antes de estabilizarse. Sacó su móvil y llamó a la única persona en la que confiaba y podía ayudarle: Christian.