Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 1
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Capítulo 1

Jerónimo sabía que detrás de esa puerta encontraría la verdad.

Una verdad que lo cambiaría todo: lo que creía saber sobre su padre, sobre su huida, sobre aquella noche en aquel club de prostitución masculina hacía veinte años.

También sabía, o al menos lo presentía, que la verdad que encontrase detrás de esa puerta podría destruir su vida y la de quienes lo rodeaban.

Pero, por primera vez, le parecía justo.

La puerta en sí no era nada especial; solo una lámina de metal con manchas de óxido en los bordes, situada en un pasillo flanqueado por puertas idénticas, todas metálicas y numeradas en blanco.

Se encontraba dentro de un complejo de trasteros, en una fría madrugada de octubre, en el barrio de Barking, al este de Londres, rodeado de unidades llenas de muebles viejos, cajas de ropa y bicicletas oxidadas.

Esa puerta en concreto tenía el número 88 y pertenecía a alguien que había intentado matarlo hacía sólo unos días.

Su respiración se aceleró y el vapor flotó en el aire helado, saliendo en ráfagas irregulares. El zumbido de los fluorescentes vibraba como un susurro eléctrico: constante y molesto.

Jerónimo se rascó la barba, nervioso, y comprobó que no había cámaras.

Lo había hecho al llegar y ahora lo hacía de nuevo, por si acaso.

Nadie sabía que estaba allí. Sacó la llave del bolsillo de la chaqueta y sintió el tacto áspero de las pequeñas alpargatas valencianas que hacían de llavero.

Tragó saliva y la sostuvo un segundo entre los dedos, intentando convencerse de que no estaba a punto de cometer una tontería monumental.

Y en efecto, estaba a punto de cometer una gran locura.

Esa sucursal en concreto albergaba 192 unidades. No porque fuera un dato útil, sino porque había pasado varios días buscando hasta encontrar ese trastero en particular: el 88, el que pertenecía a Natalia.

Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar la pelea y la sangre de aquella mujer tiñendo la nieve. Le clavó un tupilak en el cuello, una figura de hueso inuit de Groenlandia convertida en un arma. Fue un acto reflejo, más instinto de supervivencia que voluntad propia.

Cuando ella lo soltó al morir, el aire le entró por fin en los pulmones.

Luego vino la culpa. La había matado, como lo había hecho veinte años atrás.

Esa era su verdad, una verdad que había callado durante años por miedo, vergüenza y culpa.

Una que se resumía en una sola frase: era un asesino que se merecía las tortas que le había dado la vida.

Sabía que todo tenía que estar relacionado.

Rozó la llave una vez más. La encontró por casualidad dentro de un abrigo que Natalia había dejado en su hotel en Groenlandia.

Cuando ella murió «accidentalmente» y su cuerpo fue tragado por las frías aguas del Ártico, ese abrigo, por una cadena absurda de errores logísticos, acabó en su casa de Essex.

Estaba arrugado entre otras prendas en una bolsa cualquiera, una de tantas que la agencia de viajes había enviado de vuelta.

Podría haberlo tirado. Estuvo a punto. Lo tuvo en la mano, frente al contenedor de basura, listo para deshacerse de él junto con todo lo que no quería recordar.

Pero algo lo detuvo. Curiosidad o intuición.

Lo que fuera. Registró los bolsillos y encontró la llave.

Nada del otro mundo, excepto por el llavero: unas alpargatas valencianas en miniatura.

Aquel llavero debía haber pertenecido al padre de Natalia, que murió veinte años atrás en una misión secreta en Valencia, justo la noche en que Jerónimo huyó de aquel club de Caballeros con las manos manchadas de sangre.

Y ahora quería encontrar la verdad, entender su pasado.

La llave no tenía logotipo ni marca, solo un número grabado en uno de los laterales, un grabado superficial, desdibujado por el tiempo: LK-047-W2U88. O eso creyó leer.

Al principio, ni siquiera estaba seguro de las letras. La «K» parecía una «X». El «7» se confundía con un «1» arañado. Probó combinaciones distintas: LX-041, UK-047, LR-042.

Pasó los siguientes días pegado al ordenador, buscando en foros de cerrajería, comparando imágenes de llaves industriales y consultando bases de datos y blogs.

Nada.

Hasta que encontró una foto idéntica en un blog de mudanzas. La entrada hablaba de empresas de almacenamiento en Londres y mostraba una llave con el mismo corte, la misma forma dentada y el mismo grabado lateral. Esa llave pertenecía a una compañía de trasteros.

Ahí empezó a encajar todo. El «LK» no era una marca, sino una abreviatura: LockAway Storage Ltd. Y el número 047... parecía más que una cifra de serie.

En la web oficial descubrió que LockAway tenía más de cincuenta sucursales en el Reino Unido, cada una con su propio número identificador. La 047 estaba en las afueras de Londres, en Barking. Un bloque de hormigón de tres plantas con acceso las 24 horas.

El siguiente tramo del código, W2U88, llegó rodado una vez que se coló en el edificio. Una hora más tarde, ya cerca de la medianoche y tras deambular por los pasillos, dio con la clave: W2, ala oeste, segunda planta; U88, unidad 88.

Se quedó mirando el llavero con las alpargatas. Todo estaba conectado: su huida de Valencia, la muerte del padre de Natalia, el pasado que tanto había querido enterrar, pero que se filtraba por cada grieta de su memoria.

El metal de la llave seguía helado. Había pasado días siguiendo un rastro incierto y, al final, lo había llevado hasta allí, hasta esa puerta. Y ahora solo quedaba abrirla.

El móvil vibró en el bolsillo. Erik. Pero no contestó. No ahora. No podía meterlo en esto. Lo quería demasiado para arrastrarlo a su pasado. Además, esto tenía que hacerlo solo. Encajó la llave. La cerradura giró con un clic seco. Su pulso se aceleró. No había nadie a su alrededor.

Nadie.

Contó hasta tres y empujó la puerta. El metal crujió, y el frío, esta vez, ya no venía de fuera.