Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 63
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Capítulo 63

JERÓNIMO

Con el teléfono en la mano, Jerónimo dejó que las palabras de su hermano Gabriel resonaran en su mente: «Papá murió, Jero. Murió.»

La culpa y el alivio lo golpearon al mismo tiempo, en una combinación contradictoria que lo dejó vacío. Había mentido. Había huido. Y ahora no tenía nada.

Desde algún rincón cercano, el sonido de una radio rompió el silencio, tocando la estridente melodía de Barbie Girl , del grupo danés Aqua.

Se giró instintivamente con la sensación de que alguien lo observaba.

Miró a través del cristal de la cabina, pero no vio a nadie.

Solo el vaho de su propia respiración empañando el vidrio.

La paranoia insidiosa lo azotaba, recordándole que no podía regresar a Valencia.

No al entierro. No a su familia. No a enfrentarse a las inevitables preguntas.

Se desplomó en el suelo con la cabeza entre las manos. Las lágrimas comenzaron a brotar silenciosas. No podía sacudirse el recuerdo de la última vez que habló con su padre, una conversación que había terminado en discusión. Sobre la Vespa. Sobre su incapacidad para tomarse las cosas en serio.

Y ahora su padre estaba muerto.

No lo entendía. No podía ser. Había matado a Teo.

Había huido del club. Y, justo después, su padre moría de un ataque al corazón.

Se sentía responsable, como si todo estuviera interconectado y él fuera el centro del desastre.

Las lágrimas caían, pero no aliviaban la opresión en su pecho.

Un peso que parecía hundirlo más con cada sollozo.

Finalmente, se limpió la cara con la manga de su abrigo.

Se obligó a ponerse de pie y salió de la cabina, tambaleándose un poco.

Copenhague se extendía frente a él, ordenada y fría, como el antídoto perfecto para el caos que llevaba dentro. Pero la sensación de que alguien lo seguía nunca lo abandonaba. Miró a ambos lados de la calle y volvió a caminar. Hundió las manos en los bolsillos mientras el frío mordía sus mejillas.

Con los años, esa creencia lo persiguió. Por más que intentara racionalizar lo ocurrido, sabía que no importaba cuánto tiempo pasara: nunca podría escapar de esa noche.

La noche en la que todo cambió.

Había matado a Teo, un hombre que dirigía un club de prostitución masculina. Y, de alguna forma, sentía que también había provocado la muerte de su padre. Ese mal de conciencia se enredó en cada aspecto de su vida: en sus relaciones, en sus pensamientos, en su capacidad para perdonarse.

Pasaron años antes de que Jerónimo comprendiera las implicaciones y consecuencias de lo que había pasado aquella noche en la que supuestamente mató a Teo.

Consecuencias que lo llevarían a buscar justicia, redención o, tal vez… y solo tal vez, una venganza que nunca antes había imaginado.