Capítulo 62
CHRISTIAN
El viento helado levantaba pequeños remolinos de nieve que se deslizaban por el adoquinado de la plaza del Ayuntamiento de Copenhague. Christian enterró las manos en los bolsillos de su abrigo y encogió los hombros; era un invierno más frío de lo normal para la ciudad.
Llevaba veinte minutos observando a Jerónimo desde la distancia. Lo había visto salir del albergue juvenil con pasos vacilantes y caminar hacia la cabina telefónica que ahora ocupaba. Christian sabía lo que estaba haciendo: llamaba a casa.
La plaza estaba tranquila, casi silenciosa.
Las bicicletas se deslizaban sobre la nieve sucia que cubría los carriles y el bullicio de la ciudad parecía lejano, como si el mundo se hubiera ralentizado en ese rincón de Copenhague.
La Navidad estaba a solo unos días, pero Christian no pensaba en ello.
Toda su atención estaba fija en aquel muchacho español.
A través del cristal empañado de la cabina, lo vio desplomarse, dejarse caer hasta el suelo con la cabeza entre las manos. Estaba llorando.
Algo se quebró dentro de él al verlo. Una presión helada le atravesó la columna. Era su culpa. Todo lo que había llevado al muchacho a este momento, a este lugar, tenía su firma.
Ahora lo veía, tirado en el suelo frío de una cabina telefónica, luchando por conectar con su familia y con un pasado que probablemente ya no existía. La imagen le resquebrajó el alma.
Quiso acercarse. Una parte de él deseaba entrar en la cabina, sujetar a Jerónimo por los hombros y decirle que todo iba a estar bien. Que no estaba solo.
Pero no podía. No debía.
Había un abismo insalvable entre ellos. Todo lo que Christian tocaba terminaba en ruinas y aquel joven ya estaba demasiado cerca del borde. No tenía derecho a añadir más peso al desastre que ya había provocado.
Apretó los dientes, cerró los ojos y murmuró para sí mismo como si lo pudiera escuchar:
—No vuelvas a Valencia… no ahora. Es demasiado peligroso. Quédate aquí. Quédate a salvo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire helado, llevadas por el viento. Cuando Christian abrió los ojos, Jerónimo seguía inmóvil dentro de la cabina. El peso de la culpa se hizo insoportable.
Tenía que moverse.
Christian retomó su camino hacia Istedgade.
Ahí, las luces de neón proyectaban un resplandor azulado y carmesí sobre el asfalto, mezclándose con el vapor que emergía de las alcantarillas.
Los escaparates de los sex shops exhibían maniquíes en lencería de cuero que parecían observar a los transeúntes con la mirada vacía.
Su amigo Mikkel trabajaba en uno de estos locales. Tal vez luego lo invitaría a cenar en el restaurante del hotel D’Angleterre, como había hecho antes, y le contaría la trágica historia de Valencia y la muerte de Adrian.
O quizás no.
Algunas historias eran demasiado dolorosas para compartir.