Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 61
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Capítulo 61

JERÓNIMO

Copenhague.

El albergue juvenil estaba ubicado en una calle tranquila de Nørrebro, un barrio multicultural donde las bicicletas eran más numerosas que los coches. Desde que llegó a Copenhague, Jerónimo había estado dando vueltas a la misma idea: llamar o no llamar a casa.

El frío de la ciudad se sentía como agujas que intentaban perforar la piel.

El cielo gris opaco parecía absorber los colores de todo lo que tocaba, dejando el mundo suspendido en una calma invernal.

Desde la ventana de la habitación compartida, podía ver los tejados puntiagudos teñidos de verde por el cobre envejecido y las banderas danesas ondeando perezosamente.

Había días en los que pensaba en volver, pero el miedo siempre ganaba. Volver a Valencia significaba enfrentarse al pasado y el pasado era un enemigo al que no sabía cómo vencer: la policía, el club, los recuerdos.

Se ajustó el cinturón donde llevaba un sobre lleno de dinero cambiado a coronas danesas, envuelto en una bolsa de plástico y atado a la cintura. Salió del albergue y las calles cubiertas de nieve lo recibieron con un frío que mordía su rostro y entumecía sus manos.

Copenhague era tan diferente de Valencia: ordenada, silenciosa, como si el caos no tuviera cabida en sus calles. Incluso las bicicletas tenían su propio carril. En el centro de la ciudad, encontró una cabina telefónica cerca de la plaza del Ayuntamiento.

Entró y cerró la puerta con fuerza para cortar el viento. Se quitó los guantes y sus dedos, rígidos por el frío, casi no podían sostener las monedas. Sacó una y marcó el número de su padre.

El tono sonó una vez, luego otra y otra más, hasta que la llamada se cortó sin respuesta.

Suspiró, apoyando la frente contra el cristal.

La última conversación con su padre fue una discusión.

Él quería que Jerónimo pensara en la universidad, en el futuro, pero él solo quería esa Vespa que no llegó a comprar. Su padre tenía razón, pensó ahora.

Intentó con su madre. Marcó el número con dedos temblorosos, pero dudó antes de presionar el último dígito. Su relación siempre había sido tensa desde el divorcio. Hablar con ella significaba abrir la puerta a reproches que no estaba seguro de poder manejar.

Finalmente, marcó el número.

—¿Sí? —respondió Gabriel, su hermano pequeño.

—Dile a mamá que se ponga.

—¿Jero? ¿Dónde coño te metes?

—No es asunto tuyo. Quiero hablar con mamá.

—Pues no está.

—No me toques los huevos, Gabi. Dile que se ponga.

—¡Que te he dicho que no está! —replicó Gabriel con el mismo tono cortante—. Se ha ido a ver a la tía.

Jerónimo estaba a punto de contestar con más rabia, pero un sollozo inesperado al otro lado de la línea lo detuvo en seco.

—¿Qué pasa, Gabi? —preguntó suavizando la voz.

El silencio duró un segundo eterno.

—Papá… —murmuró Gabriel.

Un escalofrío recorrió a Jerónimo.

—¿Qué pasa con papá?

—Papá tuvo un infarto el fin de semana pasado.

Estaba en el pueblo. Lo llevaron al hospital de Valencia…

—La voz de Gabriel se quebró—. Mamá no quiso involucrarse.

Me dejó ir solo en autobús desde Castellón.

Cuando llegué, Miguel, su compañero de trabajo, ya estaba allí.

Me dijo que no me preocupara, que él se encargaría de todo…

El silencio se hizo aún más denso.

—Papá murió, Jero. Murió.

El mundo de Jerónimo se tambaleó. La cabina se encogió a su alrededor, aplastándolo como si fuera una prensa hidráulica. El frío ya no importaba. Las palabras de Gabriel eran un eco lejano.

Su padre. Muerto.

La última vez que hablaron, discutieron por una Vespa. Ahora, ya no habría más discusiones.

—No puede ser… —balbuceó.

Pero Gabriel lo interrumpió.

—¿Dónde estás?

Jerónimo cerró los ojos y apoyó la frente contra el cristal helado de la cabina. No podía decírselo. No podía contarle lo que había pasado, ni el porqué de su huida.

—Estoy de viaje. Papá lo sabía —mintió, buscando desesperadamente una excusa—. No te lo dijo porque no quería que mamá también lo supiera y se enfadara. Me dio permiso para venir aquí, para tomarme un tiempo.

Un silencio denso llenó la línea.

—¿De viaje a dónde?

—Copenhague. Estoy en Copenhague, Dinamarca. Quiero viajar, aprender idiomas… Ya se lo había dicho a papá, quería…

—Tienes que volver.

—No puedo… He estado en hospital. Nada grave. Ya estoy fuera. Comí algo en mal estado y…

—¡Eres un egoísta de mierda! —estalló Gabriel—. ¿Sabes que mamá tampoco va a ir al entierro? ¡Ni siquiera puede soportarlo! ¡Y ahora tú también te largas como si no importaran una mierda los demás!

Jerónimo apretó los dientes. Su hermano tenía razón, pero no podía contarle la verdad.

—Gabriel… hablaré con mamá más tarde, ¿vale?

Un clic seco marcó el final de la llamada. Jerónimo se quedó en la cabina, con el auricular aún en la mano, incapaz de soltarlo. El viento seguía soplando afuera y la ciudad parecía ajena a su dolor.