Capítulo 60
CHRISTIAN
Con un golpe seco, Christian cerró la puerta de la pequeña sala y avanzó en silencio hacia la mesa redonda de caoba, rodeada de sillas de cuero marrón oscuro. Arrojó el carrete sobre la superficie.
—Aquí tiene. Lo recuperé antes de la redada policial. Adrian murió en la misión. Ya he informado a su mujer.
John McCabe levantó la mirada con los ojos grises tan fríos como el acero. Permaneció en silencio, observándolo durante unos segundos con el rostro impasible.
—¿Quiere saber cómo…? —comenzó Christian, pero John alzó una mano para interrumpirlo.
—No. No quiero saberlo. Y no debió informar a su mujer. Así no hacemos las cosas. Se ha expuesto innecesariamente.
—Su mujer no tenía el menor interés en saber quién era yo.
—Quizás lo sabía mejor de lo que usted cree.
La respuesta dejó a Christian congelado por un instante. Sus dedos se crisparon sobre el borde del escritorio, pero decidió no insistir. Se dio la vuelta, dispuesto a marcharse sin esperar permiso.
—Christian —lo llamó John antes de que pudiera llegar a la puerta—. Dos cosas. Primero, gracias por recuperar el carrete. Y segundo… no vuelva a romper los códigos que sostienen nuestra organización.
Christian se giró con los ojos ardiendo de rabia contenida.
—¿Porque fui a darle el pésame a su mujer?
John negó con un gesto pausado, casi condescendiente.
—No. Porque mezcló el placer con el trabajo. Su mujer sabía perfectamente quién era usted.
Las palabras lo golpearon como un puñetazo en el estómago, dejándolo sin aliento. La sala pareció volverse más pequeña de repente, con las paredes cerrándose sobre él.
John continuó, implacable.
—Rompió uno de los principios fundamentales de nuestra organización. En cualquier otra circunstancia, le pediría que no volviera nunca más.
Christian apretó los dientes. La furia contenida lo impulsó a interrumpirlo antes de que pudiera terminar.
—¿Pero? —preguntó con desafío en la voz—. Déjeme adivinar: pero si yo no volviera, usted tampoco debería volver. Porque usted sabía exactamente lo que hacía cuando nos mandó a Valencia.
Un destello fugaz cruzó los ojos de John. Su sonrisa fue amarga, casi paternal.
—Tómese unas vacaciones, muchacho. Pase unos días en Dinamarca. Vea a su madre.
Christian se giró hacia la puerta y respondió sin mirarlo:
—Ella también murió.
Salió de la oficina sin esperar respuesta. Afuera, la luz grisácea del amanecer londinense bañaba la calle de Piccadilly, donde taxis negros y autobuses rojos circulaban con prisa. El bullicio matutino parecía distante, como si el mundo existiera en otra dimensión.
Con las manos en los bolsillos del abrigo, caminó hasta una cabina telefónica con pasos mecánicos. Decidió visitar Dinamarca. Pero no para ver a su madre.