Capítulo 59
CHRISTIAN
Inmóvil frente a la puerta de la casa de Adrian, Christian observó el barrio: un cliché de la vida suburbana londinense con casas adosadas idénticas, jardines de césped milimétrico y algún que otro Ford Mondeo aparcado como adorno obligatorio.
Todo estaba absurdamente ordenado, como si ese orden pudiera contener las frágiles vidas de sus habitantes.
Respiró hondo, levantó la mano y llamó con dos golpes.
La puerta se abrió y la mujer de Adrian apareció en el umbral.
Su mirada era gélida, cargada con una mezcla de sospecha y cansancio.
Era más joven de lo que Christian había imaginado, quizás en sus treinta y pocos.
Su cabello castaño estaba recogido sin esmero y vestía unos vaqueros gastados y un jersey azul oscuro que hablaban más de funcionalidad que de moda.
—Usted debe de ser Christian —dijo ella sin preámbulos.
Él asintió.
—Quiero hablar de Adrian.
—Sé lo que va a decir. —Lo interrumpió sin vacilar y cerró parcialmente la puerta, como si pudiera proteger su hogar de lo que estaba por oír—. Está muerto.
Las palabras cayeron como una losa. Christian abrió la boca, pero no consiguió articular nada.
—¿Cree que no lo sabía cuando lo vi llegar? —continuó ella, su voz afilada como un bisturí—. Sería la única razón para que visitara esta casa.
—No es lo que piensa —murmuró Christian.
—¿Ah, no? Entonces dígame, ¿quién es usted? ¿Un amigo? ¿Un amante? ¿El hombre que lo convenció de vivir esa vida de mierda?
Las preguntas caían como piedras en la conciencia de Christian. Intentó hablar, pero sus palabras salieron quebradas:
—Vine porque pensé que merecía saber la verdad.
—¿La verdad? ¿Qué verdad? —replicó ella, con una amargura helada—. ¿Que Adrian dejó de ser mi marido y el padre de mi hija mucho antes de morir? ¿Que la única persona que lo llorará probablemente sea usted?
Una voz infantil resonó a lo lejos, a espaldas de Christian.
—¡Mamá!
La mujer enderezó la espalda de inmediato.
—Es mi hija, Natalia —dijo en un susurro, sin mirarlo—. No quiero que lo vea aquí.
Pero ya era demasiado tarde. Natalia apareció en la entrada con la mochila escolar colgada de un hombro y el cabello despeinado. Era el vivo retrato de su madre, con la misma mirada inquisitiva que parecía capaz de atravesar mentiras.
—¿Quién es él? —preguntó la niña, señalando a Christian con curiosidad.
—Nadie —respondió su madre rápidamente—. Ya se va.
Christian intentó seguirle el juego.
—Gracias por dejarme inspeccionar la licencia de su televisor —dijo intentando parecer convincente.
Pero Natalia no prestó atención.
—¿Ha llamado papá? —preguntó mientras cruzaba el umbral.
La mujer cerró la puerta a medias, bloqueando a Christian.
—Preguntas todos los días. Papá está de viaje. Llamará cuando pueda.
La mentira salió de sus labios con una frialdad que hizo que Christian sintiera un escalofrío. Cuando Natalia desapareció por el pasillo, la mujer volvió a mirarlo. Su rostro había cambiado, pero no para suavizarse. Ahora era una máscara de resentimiento.
—Por lo que a mí respecta, Adrian no murió este fin de semana. Murió el día en el que nos abandonó a mi hija y a mí.
Christian intentó explicar qué pasó, pero las palabras no llegaron y terminó en una pregunta absurda.
—¿Qué va a hacer ahora?
Ella bufó con desdén.
—Eso es asunto mío. He vivido feliz en la ignorancia durante estos años y es lo mínimo que puedo hacer por mi hija. —Hizo una pausa—. Márchese. Y no vuelva nunca por aquí.
Christian asintió, incapaz de replicar. Dio un paso atrás y la puerta se cerró con un golpe seco.
Se quedó allí un momento, mirando la puerta como si esperara que volviera a abrirse. Pero no lo hizo. Suspiró y comenzó a caminar hacia la acera. Sintió el peso insoportable de la soledad. Adrian estaba muerto y la vida que había dejado atrás era un testimonio amargo de sus decisiones.
Mientras avanzaba por las calles idénticas del barrio, Christian deseó llorar. Pero aunque no lo hizo, una sensación lo siguió como una sombra: el fantasma de Adrian, que le recordó en silencio todo lo que nunca podría olvidar.