Capítulo 58
CHRISTIAN
Londres.
Christian cruzó la entrada del tanatorio de Richmond con pasos lentos, cada uno más pesado que el anterior. Un leve olor a cera y flores marchitas flotaba en el aire, mezclado con un silencio opresivo que parecía aferrarse a las paredes.
Una recepcionista de cara inexpresiva levantó apenas la mirada y señaló con un gesto breve una puerta al fondo del pasillo. Él asintió y avanzó.
La sala era austera, casi fría, iluminada por una lámpara amarilla cuya luz parecía cansada, como si también estuviera de luto. En el centro, descansaba un ataúd cerrado. La pequeña placa dorada grabada en él decía: «Thomas Brown, 1960-1998».
Christian cerró la puerta tras de sí y avanzó con los hombros caídos hacia el ataúd. Se detuvo frente a él y sintió cómo el vacío de la habitación se reflejaba en su interior.
—Adrian… —susurró, con la voz apenas audible—. Nunca fui bueno para las despedidas.
El silencio lo envolvió como una manta helada. Sus ojos se posaron en una flor marchita y la tristeza lo embargó por completo.
—Recuerdo la primera vez que me miraste con esos ojos tuyos —continuó, esbozando una sonrisa que no llegó a florecer—.
Siempre tan serios, como si estuvieras desafiándome a entenderte.
Yo hacía bromas, intentaba sacarte una sonrisa…
pero tú solo me observabas, buscando algo que nunca supe qué era.
Y eso me hizo querer quedarme cerca de ti.
Hizo una pausa y pasó una mano temblorosa por su cabello desordenado. Una risa amarga escapó de sus labios.
—¿Sabes? —dijo con una voz que se quebraba levemente—.
No fue hasta aquella noche, cuando me dijiste que habías dejado todo por mí, que entendí el peso de lo que llevabas dentro.
Pensé que teníamos tiempo. Tiempo para resolverlo, para hablar, para entendernos.
Pero ahora… ahora nuestro tiempo murió contigo.
El nudo en su garganta se hizo más fuerte, pero no dejó de hablar.
—Te fallé, Adrian. Te fallé esa noche en Valencia. No vi lo que estabas planeando. Pensé que seguíamos el mismo plan, pero tú… tú siempre ibas un paso más allá. Quisiste enfrentarte solo a tus fantasmas y yo no estuve ahí para detenerte. Ahora… aquí estamos. Y tú… tú no estás.
Sus dedos rozaron la superficie de madera del ataúd. Estaba fría, impersonal, tan distinta de lo que Adrian había sido. Tragó saliva y cerró los ojos hasta que las lágrimas acumuladas se desbordaron finalmente.
Sacó un pañuelo del bolsillo, pero cambió de idea y limpió su rostro con la manga de su abrigo, como si el acto de llorar lo avergonzara.
—Gracias, Adrian. Por todo. Por cada mirada, cada sonrisa, cada instante. Gracias por ser mi verano, aunque haya durado tan poco.
Retrocedió un paso y luego otro. Su mirada permaneció fija en el ataúd como si estuviera grabando esa imagen en su memoria. Finalmente, se dio la vuelta y salió al pasillo.
El viento sopló con fuerza cuando salió a la calle. Le azotó el rostro, le despeinó el pelo y se llevó consigo las palabras que no se atrevió a decir en voz alta:
«Te amé».