Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 57
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Capítulo 57

CHRISTIAN

Con la mirada fija en el suelo, Christian caminaba por los pasillos del aeropuerto de Valencia. Cada paso era lento, pesado, como si arrastrara algo invisible pero imposible de ignorar. Era temprano y las pantallas aún mostraban vuelos cancelados o retrasados de la madrugada.

Llegó a los mostradores de Iberia, cerrados a esa hora. Las sillas estaban casi vacías, salvo por una figura que reconoció al instante.

Era el joven.

El mismo que hacía una hora estaba atado a una cama, vulnerable y drogado, mientras Christian hundía la navaja en Teo, consumido por la ira.

Llevaba un jersey gris de lana que le quedaba grande, con las mangas demasiado largas y los bordes deshilachados.

Estaba encorvado, con los codos apoyados en las rodillas, y su rostro, marcado por el agotamiento, tenía los ojos hundidos y la piel pálida.

A pesar de todo, era un joven atractivo, aunque parecía tan fuera de lugar como un niño perdido en un mercado abarrotado. Había algo desgarradoramente humano en esa imagen, algo que se le clavaba como una daga en el pecho.

Christian se detuvo en un pasillo lateral, observándolo desde las sombras, mientras la culpa lo golpeaba como una ola fría.

No podía dejar de recordar la navaja en sus manos y la sangre empapando las sábanas.

Si no hubiera matado a Teo… La policía habría llegado a tiempo.

Ese joven habría sido rescatado, llevado a un hospital, tal vez a su casa.

Pero ahora estaba allí, esperando lo que parecía ser su única vía de escape: un vuelo.

Chico listo, se dijo, aunque sintió un nudo en la garganta.

Sintió el impulso absurdo de acercarse, pero algo más fuerte —la culpa, el miedo— lo detuvo. En su lugar, se ajustó la corbata del uniforme de British Airways y entró por una puerta lateral que daba acceso a la oficina detrás del mostrador de Iberia.

La oficina era pequeña y estrecha, con un escritorio abarrotado de papeles, un corcho lleno de notas y un perchero del que colgaban abrigos y gorras del personal.

Christian dejó su maleta junto a la pared y se sentó en una silla de plástico.

Desde allí, tenía una vista clara del joven al otro lado del mostrador cerrado.

Jerónimo revisaba un sobre lleno de billetes.

Christian sonrió, cansado. Dinero suficiente para volar bien lejos.

Un ruido detrás de él lo hizo girarse. Una azafata de Iberia entró apresurada.

Era joven, quizá de poco más de veinte años, con el cabello pelirrojo recogido en un moño apresurado.

Sus labios, en forma de corazón, estaban pintados de un tono de rojo desvaído, y sus ojos, ligeramente juntos, le daban un aire aniñado.

—Buenos días —dijo con voz jovial, aunque su aliento delataba que había estado bebiendo la noche anterior.

Christian respondió con una sonrisa ensayada.

— Good morning .

Ella reparó en su uniforme y preguntó en inglés:

—¿De qué vuelo eres?

Christian improvisó.

—Londres. Estoy esperando confirmación para un asiento. ¿El supervisor ya está aquí?

—Todavía no. Llegará tarde, como siempre. —Se encogió de hombros y comenzó a rebuscar en los cajones.

Christian tuvo una idea repentina y absurda. Señaló hacia el mostrador.

—Por cierto, ¿ves al chico ahí afuera?

Ella se asomó con curiosidad.

—Sí, ¿qué pasa con él?

Christian tragó saliva y eligió sus palabras con cuidado.

—Es el hijo de un amigo de la familia. Va a tomarse un año sabático antes de la universidad porque no tiene las cosas claras de qué hacer con su vida. ¿Puedes asegurarte de que consiga asiento para Copenhague?

Ella lo miró con sorpresa.

—¿Cómo?

—¿No me crees?

—No.

—Pregúntale su nombre cuando se acerque al mostrador. Se llama Jeronimo .

La azafata cruzó los brazos.

—¿Y por qué debería creerte?

Christian sacó su billetera, extrajo dos billetes de diez mil pesetas y los colocó sobre el escritorio.

—Para que su madre duerma tranquila.

Ella soltó una risa nerviosa.

—¿Me estás sobornando?

—Llámalo como quieras. Mira, no te estoy pidiendo nada ilegal. Solo asegúrate de que suba al avión.

Ella se quedó callada con los ojos que bailaban de Jerónimo a la mesa con los billetes.

Christian siguió persuadiéndola.

—El chaval es mayor de edad y viene de familia con dinero. Quiere viajar y ser independiente. Nos ha pasado a todos. Dile que solo quedan plazas para el vuelo a Copenhague. Y luego llamaré a su madre, que está muy preocupada. Ok ?

Finalmente, ella suspiró y asintió lentamente.

—Vale, pero solo porque pareces demasiado insistente para que me estés tomando el pelo —dijo alargando la mano para coger el dinero.

—Gracias —dijo Christian con una sonrisa cansada.

—Además, me caso esta primavera.

—Los hay con suerte —le dijo guiñándole un ojo.

Ella sonrió coqueta mientras se arreglaba el lazo del uniforme y caminaba hacia la puerta del mostrador. Subió la persiana metálica con un estruendo.

Christian observó cómo Jerónimo se acercaba.

Cerró los ojos un momento, respirando hondo, antes de recoger su maleta y salir por la misma puerta por la que había entrado sin mirar atrás.

Había hecho lo que pudo, se dijo. Pero mientras se alejaba, una oleada de tristeza lo envolvió como un manto húmedo y sintió a Adrian a su lado, como un fantasma que nunca lo dejaría en paz.