Capítulo 56
JERÓNIMO
El primer golpe emocional fue el miedo. Un miedo visceral que lo había hecho correr como un loco por las calles del Barrio del Carmen. Pero ahora, sentado en el taxi, otro sentimiento comenzaba a apoderarse de él: la culpa.
El vehículo avanzaba por las calles vacías de Valencia, mientras su cabeza giraba como un torbellino de imágenes y emociones. Había matado a Teo. Cerraba los ojos y lo veía allí, inmóvil, en un charco de sangre. La imagen se repetía una y otra vez, como una pesadilla que no podía detener.
Los gritos de Trini seguían resonando en su cabeza y las sirenas de la policía parecían acercarse más con cada recuerdo. Pensó en su padre y en las advertencias que no quiso escuchar. Todo encajaba ahora como un castigo que, en el fondo, sentía que merecía.
Teo estaba muerto y Jerónimo sabía que lo buscarían. Si la policía no lo encontraba, Trini y Lucas seguramente lo harían primero. No podía quedarse en Valencia.
Madrid era la única opción lógica: una ciudad grande, donde podía desaparecer. Abrió el sobre que le dio Marcos y vio una cantidad de dinero mayor de lo que imaginaba. Sintió las palmas sudorosas pegándose al papel, mientras las palabras de Marcos resonaban en su mente: «desaparece».
El tren. Tenía que llegar a la Estación del Norte, tomar el tren hacia Madrid y desaparecer.
El taxi serpenteó por las calles desiertas, ajeno al caos que envolvía a Jerónimo.
Miró por la ventanilla. Las luces de las farolas parpadeaban e iluminaban las calles.
Atravesaron la plaza del Ayuntamiento y pronto divisaron la Estación del Norte.
La fachada modernista, con sus decoraciones de cerámica colorida, parecía apagada bajo la penumbra de la madrugada.
La plaza frente a la estación estaba casi desierta, salvo por algunos taxis detenidos.
Los minutos se alargaron mientras Jerónimo permanecía atrapado en sus pensamientos: su padre, Teo, la sangre que no podía borrar de sus manos.
Y entonces algo cambió. Como si una mano invisible tirara de su instinto de supervivencia. Madrid no sería suficiente.
Abrió los ojos de golpe y se inclinó en el asiento del taxi. De repente, la idea de subirse a un tren le pareció suicida. Si llegaba a Madrid, seguirían su rastro. Lo encontrarían. Necesitaba algo más. Algo definitivo.
Salir del país.
Escapar.
Huir a un lugar donde nadie lo conociera, donde nadie pudiera relacionarlo con lo que acababa de pasar. Francia. Tal vez algún otro país de Europa. No importaba. Lo único que sabía era que tenía que estar lo más lejos posible de Valencia.
Su decisión fue instantánea. Apretó el sobre con los billetes, sintiendo el peso de la única oportunidad que tenía para salvarse.
—Lléveme a Manises, al aeropuerto —dijo con voz decidida.
El taxista lo miró por el espejo retrovisor, notando su nerviosismo. No dijo nada, solo asintió y giró el volante, cambiando de rumbo.
Jerónimo respiró hondo. No sabía adónde iría ni qué haría después, pero una cosa era segura: Madrid ya no era una opción. Tenía que salir de España. Y tenía que hacerlo ahora.