Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 54
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Capítulo 54

JERÓNIMO

Puntos de luz bailaban en la oscuridad. Giraban y se fundían con las sombras de las calles vacías.

Entonces, Jerónimo sintió una mano que le agarraba el brazo y lo sacudía. La voz, distorsionada y profunda, como si hablara desde debajo del agua, intentaba decirle algo, pero no entendía.

Todo parecía irreal.

El agarre se hizo más fuerte, tirando de él, obligándolo a moverse. Su cuerpo estaba exhausto, pero sus piernas comenzaron a moverse, impulsadas por el instinto. Y entonces escuchó nuevamente la voz y la reconoció. Era la voz de Marcos, clara como si realmente estuviera allí.

—Vamos al bar, Jero —le dijo.

Por un instante, todo el ruido, el mareo, la confusión… se desvanecieron. El agarre lo guió hacia una puerta. Las piernas de Jerónimo se movieron torpemente, impulsadas más por la voz de Marcos que por su propia voluntad.

—Eso es, Jero. Un paso más.

El eco de esas palabras lo sostuvo, lo ancló a la realidad. Con cada paso que daba, la sensación de peso disminuía.

Alcanzaron la puerta.

Marcos tiró a Jerónimo de la muñeca y lo arrastró al interior del bar y cerró la puerta detrás de ellos. Bajó la persiana metálica con un golpe seco que resonó en el silencio de la madrugada.

Una parte de su mente sabía que no era posible que Marcos estuviera allí, pero no importaba. Se aferró a esa idea con todas sus fuerzas porque era lo único que lo mantenía de pie.

Cruzaron el umbral como si la atmósfera del bar lo abrazara con una calma pesada, pero acogedora. Adentro, una tenue luz iluminaba las mesas vacías.

Jerónimo sintió que su cuerpo cedía, incapaz de sostenerse más. El suelo parecía acercarse a él como un imán, pero justo antes de caer, unas manos firmes lo agarraron.

—Te tengo, Jero.

Se dejó llevar, cayendo en una especie de paz momentánea. Escuchar a su amigo lo salvaba de un abismo que creía inevitable. Por un momento, el miedo, la culpa y el dolor se desvanecieron.

—¿Qué coño te ha pasado? —preguntó Marcos, tirando de la muñeca de Jerónimo, tratando de sacarlo de su estado de shock . Sus ojos se posaron en la camiseta manchada de sangre—. ¿Estás bien, Jero? Jero, por favor, responde.

Jerónimo asintió varias veces con la mirada fija en el suelo y respirando con jadeos entrecortados. Intentó hablar, pero el nudo en la garganta lo mantenía mudo. Su cuerpo temblaba.

Marcos vio las lágrimas en los ojos de Jerónimo y lo llevó hacia el baño trasero del bar.

—Ven, quítate esa camiseta y esos pantalones. Te traeré algo de ropa que tengo en la taquilla.

Antes de que Marcos pudiera irse, Jerónimo se agarró a su mano con una desesperación casi infantil, como un niño que se aferra a su madre al cruzar la calle.

—Jero, ahora vuelvo… —intentó calmarlo.

—Me van a matar… Me van a matar…

—Nadie sabe que estás aquí —respondió Marcos, soltándose con suavidad, y agarró unas servilletas de papel—. No uses las toallas. Lávate la cara y los brazos y tíralos al váter. Ahora vuelvo con ropa limpia.

Marcos abrió el grifo y humedeció las servilletas, luego se las entregó.

—Toma, venga, muévete.

Jerónimo cogió las servilletas con manos temblorosas. Se frotó la piel con fuerza, como si quisiera arrancar la suciedad, el olor de la sangre y el peso de lo sucedido.

Marcos volvió al baño con un jersey gris, un pantalón limpio y un vaso de agua.

—Bebe.

Jerónimo obedeció y se bebió el vaso de un trago. Luego se lo entregó a Marcos y comenzó a cambiarse.

—Date prisa —insistió Marcos, echando una rápida mirada hacia la puerta. Metió la camiseta ensangrentada y los pantalones de Jerónimo en una bolsa de plástico.

—El club… —comenzó Jerónimo.

—Sh… —Marcos levantó una mano y lo calló—. He visto varios coches de la policía rondando. No quiero saber nada. —Sacó un sobre y lo puso en la mano de Jerónimo—. Esto es para ti.

Jerónimo miró el sobre lleno de billetes, sin saber qué decir. Parecía una gran cantidad de dinero.

—Ahora vete. Vete, pero no me digas dónde. Desaparece.

Atravesaron el patio interior del bar.

Jerónimo se quedó junto a la puerta trasera y observó a Marcos tirar la bolsa de ropa en un pequeño bidón.

Le prendió fuego. Las llamas parpadearon brevemente antes de consumir el silencio con un chisporroteo suave e iluminaron sus rostros.

El humo se elevó despacio hacia el cielo, mezclándose con el frío aire del amanecer.

Allí seguía la Vespa, apoyada en la pared, como una mala jugada del destino.

—¡Vete ya! —le ordenó Marcos.

Jerónimo se dio la vuelta, sin tiempo ni para darle las gracias.

Caminó rápido, casi trotando a la Plaza del Tossal. El frío cortaba su piel, pero Jerónimo apenas lo sentía.

El sonido de las sirenas de la policía se escuchaba a lo lejos, pero no se detuvo ni miró atrás. Aumentó el paso hasta llegar a las Torres de Quart. Se detuvo, jadeando, antes de llamar a un taxi.

Entró sin pensarlo.

—A la Estación del Norte, por favor.

El conductor, un hombre mayor de cejas pobladas y bigote gris descuidado, lo miró por el espejo retrovisor, pero no dijo nada. Solo puso el coche en marcha, alejándolo del Barrio del Carmen y de los fantasmas que dejaba atrás.