Capítulo 53
CHRISTIAN
Apenas había caminado unos metros cuando se detuvo y giró de nuevo para ver al joven que cerraba los ojos, casi con una calma resignada, como si aceptara que su destino ya estaba escrito.
Había algo inquietantemente hermoso en esa quietud.
Un destello de fragilidad humana que a Christian le sacudía la conciencia.
Ese joven no solo había sido drogado, atado y utilizado como objeto sexual, sino que por su culpa ahora también tendría que cargar con un asesinato que no cometió.
Para Christian sería otra víctima más a sus espaldas.
Adrian había sido su ancla, el único que alguna vez lo entendió sin necesidad de palabras. Pero ahora, Adrian era un recuerdo manchado de sangre y decisiones que no podían deshacerse.
El frío de la madrugada se mezclaba con el calor asfixiante del remordimiento.
No era un salvador, pero tampoco podía seguir mirando hacia otro lado. Nunca podría borrar el pasado, pero tal vez podía evitar que se repitiera. Tenía que improvisar algo. Algo desesperado.
Decidido, se ajustó la bufanda sobre su rostro para ocultarlo y avanzó con paso ligero al bar.
Al llegar, las persianas estaban medio bajadas, así que espió por las rendijas. Dentro, el joven camarero limpiaba la barra y colocaba botellas.
Christian deslizó una mano bajo la persiana con cuidado y se coló dentro.
El camarero levantó la mirada y se quedó congelado al instante. Sus ojos se abrieron como platos y el trapo que sostenía cayó al suelo.
Christian levantó la pistola, se acercó más a la barra y cogió un bolígrafo y una tarjeta del bloc de notas que descansaba junto a una bandeja.
Escribió el nombre de JERONIMO en letras mayúsculas, claras y concisas.
Extendió la tarjeta hacia él con un gesto firme, insistiendo con la mirada.
El joven camarero vaciló un segundo antes de cogerla con manos temblorosas y respiración errática.
Sus ojos recorrieron las letras mayúsculas como si no pudiera creer lo que leía.
Acto seguido, Christian sacó un sobre de su chaqueta con el dinero que había robado a Teo y se lo entregó también. No dijo nada. No podía. No hablaba español, pero tampoco era necesario. Sus gestos eran claros. Señaló la puerta del bar.
El camarero dudó un instante, como si intentara procesar la orden. Caminó hacia la puerta, tropezando con una silla.
Christian lo siguió de cerca, manteniendo el arma visible. Una vez fuera, le señaló la esquina al final de la calle, insistiendo con movimientos rápidos. El joven se giró hacia donde le indicaba y sus ojos se iluminaron de repente al reconocer a su amigo y echó a correr en su ayuda.
Christian se quedó observando. El reencuentro fue breve y caótico. Una punzada de algo que no quiso identificar le atravesó el pecho. Tal vez era alivio. Tal vez era redención. Tal vez era solo cansancio… y nostalgia.
Era hora de irse. Dio media vuelta y desapareció en la dirección contraria.
No había garantizado la seguridad del joven, pero al menos le había dado una oportunidad de huir.
Una posibilidad de escapar de ese infierno, de rehacer su vida lejos de esa noche que él mismo había ensuciado con sangre y decisiones desesperadas.
En su camino, se detuvo frente a un contenedor. Miró la pistola en su mano, limpió las huellas y marcas y la tiró escuchando cómo el metal resonaba al chocar con el fondo en un sonido hueco.
Por un instante, permaneció inmóvil, dejando que la oscuridad de la noche lo envolviera.