Capítulo 52
JERÓNIMO
Las luces tenues de la calle se movían como luciérnagas libres que bailaban en la noche.
Es curioso cómo funciona el cerebro, cómo busca protegerte incluso en los momentos más desesperados. En medio del caos, Jerónimo creyó escuchar la voz de su padre que lo llamaba.
—Jero.
Sonaba tan real que, por un momento, pensó que lo buscaba para sacarlo de allí, para decirle que todo estaría bien. Se giró hacia el sonido, pero no había nadie.
No era real. Lo sabía. Era su mente, intoxicada y agotada, intentando darle algo a lo que aferrarse. Pero en ese momento, Jerónimo no tenía nada a lo que aferrarse.
Todo estaba perdido.
El frío dejó de importarle.
Sus piernas dejaron de correr.
Se quedó inmóvil en el centro de la calle, con la sangre seca en su piel y el corazón martillándole los oídos.
No estaba huyendo.
Simplemente, estaba allí, esperando lo inevitable, aceptando el peso de su destino. Por un instante, en medio de esa calma desesperada, esas luciérnagas imaginarias le mostraban que, en su última hora, incluso el caos podía tener un destello de belleza.
Un último suspiro de vida.
Y entonces, cerró los ojos esperando a que la policía llegara y lo arrestara.