Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 51
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Capítulo 51

CHRISTIAN

Las calles estaban desiertas a esa hora de la madrugada, envueltas en un silencio roto únicamente por el eco distante de las sirenas de la policía.

La redada había comenzado, tal como su jefe, John, le había confirmado antes de que todo se precipitara.

Encontrarían el cuerpo de Adrian en el contenedor de la basura y lo identificarían como Thomas Brown, un supuesto turista británico que había llegado a Valencia buscando diversión y compañía masculina.

Una historia sencilla. Perfecta. Diseñada para no levantar sospechas.

Pero Christian conocía la verdad, y esa verdad le aplastaba con el peso de mil secretos.

Llegó a la plaza con pasos rápidos y se detuvo junto a la fachada de un viejo edificio.

Apoyó la mano contra la pared y trató de recuperar el aliento.

Su mirada se clavó en el suelo, en un punto vacío, mientras la imagen de Adrian volvía a su mente, tangible como una herida abierta.

Sacudió la cabeza, apartando la nostalgia.

Evaluó el entorno.

Desde ese ángulo, algo llamó su atención: un bar que tenía la persiana medio bajada, pero una tenue luz se filtraba desde el interior.

Se quedó inmóvil por un momento, observando.

Unas piernas se movieron detrás de la persiana metálica. Luego, la figura se agachó para recoger algo del suelo y Christian distinguió el rostro del joven camarero que le había servido aquella tarde mientras esperaba a Adrian.

Un recuerdo lo golpeó como una corriente eléctrica. Cerró los ojos y la memoria se filtró en su mente como un río desbordado. Parecía estar viéndolo bajar del taxi con ese aire de confianza y seriedad que rozaba la melancolía. Y qué era la melancolía sino echar de menos algo que nunca pasó.

Adrian se sentó junto a él y se tomaron un gin-tonic . Justo ahí, en esa terraza, ahora vacía de sillas y mesas.

Estaba tan guapo enfadado que Christian no podía evitar reírse de la situación. Y consiguió lo que buscaba: sacarle una sonrisa a Adrian, tan escasa como cautivadora.

Abrió los ojos, sacudiéndose el momento de nostalgia.

Miró de nuevo la fachada del bar como si quisiera fotografiarla para el resto de su vida. Sería el único recuerdo que se llevaría de Adrian de ese lugar.

Un eco detrás de él lo sacó de sus pensamientos.

Notó una presencia y el cuerpo se le tensó mientras giraba la cabeza.

Alguien estaba a su espalda. Se movió con rapidez y se escondió en el portal más cercano, con la espalda pegada a una puerta de madera vieja y desconchada. Asomó la cabeza con cuidado.

Allí estaba: una figura desplomada en el suelo con las manos y las rodillas apoyadas en la acera. El joven parecía estar en estado de shock . Su cuerpo temblaba, los hombros subían y bajaban con un ritmo irregular, como si no pudiera controlar su respiración.

Lo reconoció de inmediato: era el chapero que estaba en la cama de Teo. Había escapado.

Si la policía lo pillaba, lo acusarían de asesinato y si conseguía escapar, la organización de Teo saldaría cuentas con él.

Las sirenas estaban más cerca y no podía permitirse ser visto.

Aquella noche había cambiado el curso de la vida de mucha gente.

Lo observó de nuevo. Ese pequeño desastre humano tirado en el suelo, y por un instante, la rabia que lo había consumido en la habitación de Teo dio paso a otra cosa: compasión.

—Levántate —murmuró Christian desde las sombras, más para sí mismo que para el joven.

El chico no reaccionó. Seguía allí, inmóvil, como si la ciudad lo hubiera devorado y ahora lo estuviera escupiendo.

Christian desvió la mirada.

No podía ayudarlo.

No ahora.

El joven tendría que arreglárselas solo, como él mismo había aprendido a hacerlo. Era hora de volver a Londres.

Con un último vistazo al chico, Christian se dio la vuelta y se dirigió al hotel. Era hora de dejar atrás Valencia y todo lo que esta ciudad se había llevado.

Adrian.

La misión.

El futuro.

Todo.

El vuelo a Londres lo esperaba.