Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 50
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Capítulo 50

JERÓNIMO

Como si emergiera de un sueño pesado y febril, Jerónimo despertó de nuevo, con un dolor punzante en la cabeza que se intensificaba con cada latido de su corazón.

Intentó moverse. Tenía los pantalones bajados. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su mano derecha estaba libre. Moverla lo sacó del entumecimiento. Abrió y cerró los dedos varias veces, tratando de recuperar algo de fuerza.

Entonces notó algo húmedo en su brazo. Al tocarlo, sus dedos encontraron una textura gelatinosa. El olor metálico lo envolvió. Palpó con cuidado la cama y sus dedos encontraron algo frío, sólido… una navaja.

El mareo regresó con más fuerza, mezclándose con el horror que lo estrujaba por dentro.

No necesitaba ver para saber lo que estaba sosteniendo.

Con movimientos torpes y desesperados, comenzó a desatar el nudo de su muñeca izquierda.

Su respiración se aceleraba mientras las cuerdas raspaban su piel con cada tirón.

Finalmente, consiguió liberarse y se llevó la mano al rostro, arrancándose el antifaz de los ojos.

La luz rojiza de la habitación lo cegó por un instante. Cuando su vista se adaptó, lo vio. Teo. Estaba boca abajo, sobre un charco de sangre que se extendía desde la cama hasta el suelo, empapando las sábanas.

El estómago de Jerónimo se contrajo con fuerza y tuvo que contener una arcada que subía desde lo más profundo de su ser.

El dolor de cabeza, el mareo, las imágenes confusas de Teo acercándose, la navaja… Nada tenía sentido, pero todo parecía demasiado real.

Tenía fragmentos de recuerdos que iban y venían: la conversación con Teo, el mareo, despertar atado a una cama, con Teo encima, ese olor nauseabundo a puro y sudor… y la desesperación por querer escapar.

Se llevó la mano a la boca para no gritar y notó cómo se manchaba la cara de sangre.

Lo había matado. Lo había matado… Aquellas palabras se repetían en su mente y giraban en círculos como un eco que no podía detener.

El hedor metálico de la sangre saturaba el aire y se hacía más intenso con cada respiración. Con las manos temblorosas, se desató las cuerdas de los tobillos. Se subió los pantalones y se tambaleó al levantarse. Se apoyó en la pared para no caer.

En la mesita de noche vio la bolsa negra con su uniforme y su cartera. Agarró solo la cartera instintivamente, aferrándose a ella como si fuera su única conexión con la realidad.

Tenía que salir de ahí, se dijo.

Se tambaleó hacia la puerta y sintió como si cada paso que daba lo arrastrara a un abismo. Salió de la habitación y llegó a las escaleras. Desde abajo se oían las voces de Trini y Lucas.

Volvió a entrar en el dormitorio. Al ver de nuevo el cuerpo inerte de Teo, bañado en sangre, su estómago no resistió y vomitó por primera vez.

Sentía el ácido en la garganta y el sudor frío le empapaba la frente.

Escuchó pasos subiendo las escaleras.

—¿Teo? —La voz de Trini lo llamaba, cada vez más cerca.

El corazón de Jerónimo se detuvo por un instante. Estaba atrapado. La adrenalina, sin embargo, comenzó a ganarle terreno a la droga que le recorría el cuerpo.

—¿Teo? —repitió Trini, ahora en la parte superior de las escaleras.

Jerónimo miró frenéticamente a su alrededor. Se fijó en la ventana abierta de la habitación que daba al patio interior y sin pensárselo dos veces saltó.

Cayó rodando sobre el suelo sucio. El impacto le arrancó el aire, pero estaba vivo.

Se levantó con dificultad con piernas temblorosas, y miró alrededor. Entre las sombras, le pareció ver una figura, pero no podía estar seguro de si era real o producto de las alucinaciones que aún lo atormentaban.

No miró atrás. Siguió adelante. Con un esfuerzo sobrehumano, cruzó el patio en la oscuridad, tropezando con un contenedor antes de llegar al portón. Lo empujó y, sorprendentemente, estaba abierto.

El grito de Trini rompió el silencio de la noche.

—¡Lo mataste!

El chillido resonó como un disparo en su mente y lo llenó de una mezcla de terror y desesperación.

Con la última chispa de energía, empujó el portón que, por alguna casualidad del destino, se lo habían dejado abierto, como si lo invitaran a huir. Salió a la calle corriendo, con las piernas temblorosas y el sudor y la sangre empapándole la camiseta.

Se lanzó a correr por las estrechas calles del Barrio del Carmen con la respiración entrecortada por el frío y el pánico.

La calle estaba desierta a esas horas de la madrugada.

La camiseta manchada de sangre se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sus piernas corrían por puro instinto. Al cruzar la esquina, se detuvo de golpe. Se dio cuenta de que no tenía dónde huir.

Todo estaba perdido. Si no lo atrapaban Trini y Lucas, lo atraparía la policía.

Pensó en su padre, que le advirtió de Teo, pero no le quiso escuchar.

Se quedó quieto en medio de la calle desierta.

Ya no huía de su destino.

Ya no tenía frío.