Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 49
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Capítulo 49

CHRISTIAN

Christian empujó la puerta trasera del club con cuidado. El chirrido metálico rasgó el silencio de la noche sin que nadie lo notara.

Dentro, el bar estaba cerrado y vacío, aunque el aire seguía cargado con un hedor rancio de tabaco, alcohol derramado y sudor impregnado en los muebles.

A su izquierda, Trini estaba apoyado en una mesa cerca de la ventana.

Su cabeza descansaba sobre sus brazos, como si estuviera profundamente dormido o en una borrachera interminable.

La luz de la calle se colaba a través de los cristales, iluminando la línea torcida de su peluca despeinada y el maquillaje corrido en su rostro.

Christian lo observó desde las sombras, evaluando si representaba algún peligro. Estaba durmiendo la mona.

Detrás de la barra, el joven camarero de ojos oscuros y sonrisa mecánica que antes le había ofrecido sus servicios, trabajaba en silencio. Organizaba botellas y copas con movimientos monótonos, casi automáticos.

Pero no había rastro de Teo.

Avanzó con sigilo, bordeó las sombras hasta llegar al pie de las escaleras y miró hacia arriba.

El pasillo superior estaba iluminado solo por un par de bombillas desnudas que parpadeaban débilmente.

Comenzó a subir los escalones uno a uno, con movimientos precisos, procurando no hacer ruido. Al llegar al primer piso, un sonido rompió el silencio: gemidos.

Se detuvo en seco.

El ruido provenía de una de las habitaciones al final del pasillo.

Su cuerpo se tensó y sus ojos se entrecerraron para adaptarse a la tenue luz que parpadeaba sobre las paredes desconchadas.

Con pasos calculados, se acercó a la puerta entreabierta de donde salían los gemidos.

Posó la mano en el marco de la puerta y la empujó muy despacio, lo justo para poder mirar al interior.

La habitación estaba iluminada con un tono rojizo, como si un pañuelo de seda carmesí cubriera una lámpara.

Y allí estaba Teo. Tenía la camisa desabrochada y estaba tumbado en la cama encima de otro hombre, que yacía atado a la estructura metálica del somier y con una venda negra cubriéndole los ojos.

El joven tenía los pantalones por las rodillas y la camiseta remangada hacia arriba.

Gemía de placer, perdido bajo los efectos del alcohol y alguna droga de diseño… o tal vez gemía de pura desesperación.

Quizás lo primero. Aquel agujero era un prostíbulo, después de todo. O quizás estaba viendo lo que él quería ver.

Una oleada de asco lo paralizó. Le daba igual. En ese momento, la rabia lo cegaba.

El aire era denso, saturado de tabaco, alcohol y el perfume acre de Teo, que estaba demasiado absorto para notar la presencia de Christian. Estaba de espaldas completamente entregado a su propia vileza.

La furia de Christian se encendió como un fuego salvaje. Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en la mesita de noche.

Había una bolsa negra, una cartera de cuero marrón con cierre de broche, una pistola… y la navaja de Adrian, que descansaba sobre una toalla manchada de sangre seca. La misma navaja que Adrian se llevó la noche que estuvieron en ese barrio de putas y drogadictos.

Adrian…

La rabia hervía dentro de Christian. Las palabras de John McCabe resonaron en su cabeza: «Y lo más importante: no se involucre emocionalmente. Los lazos, las dudas, el miedo… no pertenecen aquí. Las emociones hacen ruido, debilitan». Pero ya era demasiado tarde para él.

Teo se giró y sus ojos se encontraron con los de Christian.

Por un instante, el tiempo se detuvo. Vio algo en los ojos de Teo: miedo.

Christian sintió una oleada de rabia que lo inundó de pies a cabeza. Un odio visceral que casi lo dejó sin aliento.

Teo intentó moverse, pero fue demasiado tarde.

Con una precisión casi automática, Christian se abalanzó hacia la mesita, agarró la navaja y, en un movimiento rápido, tiró del pelo de Teo hacia atrás, exponiendo su cuello.

Teo gruñó, confuso, pero no tuvo tiempo de reaccionar.

Christian apretó los dientes y hundió la navaja en su pecho con saña.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Hasta que perdió la cuenta.

La sangre brotó a borbotones como una bota de vino agujereada, empapando las sábanas y salpicando al chapero que estaba atado a la cama. El cuerpo de Teo se sacudió, pero no hubo gritos, solo un gorgoteo sordo antes de quedar inmóvil.

Christian no se detuvo. Hundió la navaja de nuevo en el estómago, dejando salir todo el dolor, la rabia y la pérdida que lo consumía. Finalmente, soltó el cuerpo, que cayó sobre la cama como un muñeco de trapo.

Se quedó ahí, respirando con dificultad con la navaja aún en su mano. Su mirada se posó en el joven atado, quien comenzaba a moverse débilmente como despertando de un trance.

El muchacho murmuró algo en español que Christian no entendió.

Esa cara le resultaba familiar. La había visto antes en algún sitio. Recordó que era aquel joven amigo del camarero del bar donde estuvo esperando a Adrian la primera noche en Valencia.

¿ Hero … algo así? Jeronimo , como el protagonista de la película que vio sobre indios americanos.

Su mente, aún nublada por la furia, apenas registró lo que estaba sucediendo. Le pareció escuchar un eco distante que lo devolvió a la realidad: sirenas. Aún lejanas, pero cada vez más claras.

Christian dejó caer la navaja en la cama.

Tenía que irse. Pero no podía dejar pistas. No podía permitirse errores.

Improvisó.

Desató una de las manos del joven, dejando que su brazo cayera inerte. Luego, colocó la navaja en su palma y cerró sus dedos alrededor del mango. Sintió el peso del metal, pero también el peso de su decisión. Era lo que debía hacer.

O al menos, eso quería creer.

Dio un paso hacia atrás.

La escena era un desastre, pero parecía creíble: un ajuste de cuentas, un asesinato fruto de una pelea entre un chapero y su proxeneta.

Era la primera vez en esa misión que seguía a rajatabla los principios de la organización.

«Recuerde nuestro mantra: si alguien pregunta, no estuvo allí; si alguien sospecha, era solo una sombra.

La discreción es nuestra prioridad. Nos movemos en silencio, hacemos el trabajo y desaparecemos sin dejar huella».

Nadie buscaría más allá, pensó.

Abrió la ventana que daba al patio trasero.

El frío de la noche le golpeó el rostro, pero apenas lo notó.

Calculó la distancia. Casi tres metros. Se guardó la pistola, respiró hondo y saltó, aterrizando en cuclillas.

Atravesó el patio en la oscuridad, abrió el portón desde dentro y salió a la calle.

Primero caminó rápido, luego echó a correr.

Las luces de Valencia parpadeaban a lo lejos, indiferentes a lo que acababa de suceder.

Sabía que había cruzado una línea.

Lo que acababa de hacer no era justicia.

Lo que acababa de hacer era venganza.

Y ya no había vuelta atrás.