Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 48
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Capítulo 48

JERÓNIMO

Con un dolor punzante en la cabeza y una sensación de mareo que lo hacía sentir como si flotara en un limbo oscuro, Jerónimo despertó lentamente.

Intentó abrir los ojos, pero solo encontró oscuridad.

Un cosquilleo extraño recorría su cuerpo y al tratar de mover los brazos, descubrió que estaban inmovilizados.

Algo frío y rígido rodeaba sus muñecas y tobillos: estaba tumbado, con su camiseta y sus pantalones, atado a una cama.

Las cuerdas raspaban su piel. Trató de girar la cabeza, pero una venda gruesa le cubría los ojos.

La droga seguía en su sistema, desdibujando los límites entre lo real y lo imaginario. Cada segundo que pasaba parecía eterno, mientras el mareo le golpeaba con fuerza, acompañado por un sudor frío que recorría su frente.

Intentó calmarse, pero su corazón retumbaba como un tambor roto y cada latido le golpeaba las costillas. La claustrofobia comenzó a apoderarse de él, invadiendo su pecho como una ola que lo dejaba sin aire.

Fragmentos del último momento cruzaron su mente: el whisky , el calor extraño que lo invadió y la sonrisa de Teo. Esa sonrisa maliciosa que no podía borrar de su mente.

Con esfuerzo, comenzó a mover las muñecas, intentando encontrar una debilidad en las ataduras. Las cuerdas le mordían la piel con cada tirón, pero la idea de quedarse quieto le aterrorizaba más.

De repente, un ruido interrumpió su lucha. El sonido de pasos suaves llegó como si alguien hubiera dejado abierta la puerta.

Jerónimo se imaginó que estaba en una de esas habitaciones del primer piso del club.

—¿Hay alguien…? —balbuceó, pero su voz salió ronca y se quedó atrapada en la garganta.

Los pasos se acercaron y Jerónimo sintió cómo la tensión en el ambiente crecía. Su cuerpo entero se tensó, esperando algo que no podía anticipar.

Entonces, un golpe seco en el costado lo hizo arquearse de dolor. Un gemido escapó de sus labios antes de que una voz se colara en su oído, fría y susurrante:

—Oír, ver y callar.

El pánico lo invadió cuando sintió una lengua húmeda pasearse por su mejilla.

Era Teo.

—¿Teo…? —intentó decir, pero apenas fue un murmullo entrecortado.

No estaba seguro de si era realmente él o solo una distorsión de su mente. Se estremeció y luchó contra las ataduras con más fuerza, pero su cuerpo no respondía del todo. La droga aún lo controlaba.

—Estamos solos, mi inocente Jerónimo —susurró entre jadeos de excitación.

Sintió el peso de Teo sobre él, su respiración áspera y gemidos sordos. Sus manos se deslizaban por su cuerpo como tentáculos.

El olor a sudor, a alcohol y a tabaco era insoportable.

Su corazón latía a toda velocidad, golpeando contra sus costillas como si intentara escapar de su propio cuerpo. La bilis le subía por la garganta, pero no lograba liberar el vómito que se acumulaba en su estómago. Intentó gritar, pero su voz no salió.

—Sh… Tranquilo. No te va a doler… —Emitió un sonido que era mitad risa, mitad susurro espeluznante—. Si te relajas…

Algo frío le rozó el cuello: una navaja. El filo le raspó la piel. Las lágrimas brotaron bajo la venda y quemaron los ojos mientras intentaba contener el sollozo que luchaba por escapar de su garganta.

—¿Ves? Así está mejor. Tu padre aprenderá que no se juega conmigo —le susurró Teo con una calma que helaba más que el acero de la navaja.

El cuerpo de Jerónimo temblaba. Balbuceó algo, suplicó, pero la oscuridad volvía a ganarle terreno. El mareo regresó con más fuerza, como una marea implacable que lo arrastraba lejos. Y volvió a perder la conciencia.