Capítulo 47
CHRISTIAN
Con movimientos rápidos, Christian se puso la chaqueta, la bufanda y la gorra antes de salir de la habitación del hotel.
Sabía que no podía volver al club por la entrada principal; Trini estaría alerta y cualquier paso en falso podría hacer que todo se desmoronara.
En lugar de cruzar la puerta del pequeño hotel que daba a la calle, giró hacia un pasillo estrecho iluminado por una luz fluorescente parpadeante y encontró la salida trasera que daba al patio interior.
Empujó la puerta con cuidado y salió al aire fresco de la noche valenciana.
El sonido distante de una moto Vespa cortó la quietud por un instante.
El patio era un espacio cuadrado y angosto, rodeado de paredes encaladas que mostraban manchas de humedad en sus esquinas.
Las cuerdas de tender cruzaban de un lado a otro, cargadas con sábanas y camisetas que se mecían suavemente con la brisa nocturna, como si estuvieran vivas.
Christian escudriñó el patio buscando un punto de acceso.
Frente a él, una tapia baja separaba el patio del hotel de otro contiguo.
Con un impulso, apoyó las manos en la tapia y la saltó con agilidad para aterrizar en el patio vecino.
Macetas rotas se apilaban en un rincón junto a una bicicleta oxidada.
La luz de una bombilla parpadeante colgaba de un cable iluminando apenas el espacio.
Más adelante, una segunda pared, esta vez de ladrillos sin revocar, marcaba el límite del siguiente patio. Detrás de ese último estaba el club.
Christian se ajustó la chaqueta y, con movimientos calculados, subió a un barril volcado que encontró en un rincón. Con un leve gruñido, se impulsó hacia la cima y aterrizó en el tercer patio entre cajas de madera que crujieron bajo su peso.
Finalmente, llegó al último. Este era más amplio, con montones de bolsas de basura y cajas apiladas junto a un contenedor verde metálico. El aire estaba impregnado del hedor agrio de los desperdicios.
Colocó un pie en una grieta del muro con las manos firmes en la tubería como apoyo y comenzó a trepar. Cuando alcanzó la cima, asomó la cabeza. Desde allí, pudo ver el patio interior del club iluminado por la luz de las farolas de la calle.
Ya no se oía la música, las voces y las risas de los clientes. El bar había cerrado y amanecería en unas horas.
Christian se dejó caer con cuidado, aterrizando en cuclillas. Se pegó a la pared para que nadie lo viera y controló su respiración agitada.
Lo había conseguido. Ahora, solo tenía que encontrar a Adrian antes de que fuera demasiado tarde.
La luz amarillenta de las farolas de la calle apenas iluminaba los rincones. Macetas rotas y contenedores de basura se amontonaban en las sombras.
Christian avanzó con cautela, escuchando cada sonido.
Su corazón latía con fuerza mientras buscaba con la mirada alguna señal de Adrian.
Se detuvo frente a un grupo de contenedores de basura al fondo del patio.
Algo llamó su atención: un destello, un reflejo tenue que parecía provenir de uno de ellos.
Avanzó con cautela hacia el contenedor más grande, cuya tapa estaba ligeramente abierta. Cuando levantó la tapa, el mundo se detuvo.
Christian no respiró. No porque no quisiera, sino porque su cuerpo simplemente olvidó cómo hacerlo.
Adrian estaba ahí.
Su cuerpo yacía doblado en una posición antinatural, con la cabeza inclinada hacia un lado y la mirada vacía clavada en algún punto más allá de este mundo. La sangre empapaba su camisa y formaba un charco oscuro en el fondo del contenedor.
Christian retrocedió tambaleándose. El frío le recorrió la espalda mientras su mente intentaba procesar lo que estaba viendo.
Esto no podía estar pasando.
Pero estaba pasando.
Esperó lágrimas que no llegaron.
Era como si su cerebro anestesiara el dolor que vendría luego inevitablemente.
Se acercó una vez más, inclinándose sobre el contenedor. Le apartó el flequillo con delicadeza, como si quisiera borrar todo lo que había pasado.
No es real, se dijo.
Esto no estaba pasando.
No podía estar pasando.
Se inclinó y acercó sus labios a los suyos.
Se dio cuenta de que en el bolsillo asomaba el pasaporte con el que Adrian había volado a Valencia bajo el nombre de Thomas Brown. Se le escapó una sonrisa tan triste que se desvaneció antes de llegar a los labios.
Con Adrian, nada era casualidad. Lo tenía todo planeado.
La venganza, pensó Christian, siempre es personal y Adrian lo sabía mejor que nadie.
Pasara lo que pasara, había diseñado su plan de forma que no involucrara ni a Christian ni a la organización, como si desde el principio hubiera aceptado cargar solo con las consecuencias.
Los recuerdos de su primer encuentro en el avión lo atravesaron como cuchillas: el champán derramado, la sonrisa sorprendida de Adrian y el inicio de todo.
Nunca creyó que ese momento cambiaría su vida como lo hizo. Que alguien como Adrian, tan serio y controlado, terminara robándole el corazón.
El vacío lo golpeó como una ola fría. La forma en la que le susurraba su nombre en la cama como si fuera un secreto. La sensación de sus labios, de sus manos, de su presencia. Todo eso estaba enterrado ahora y no había forma de recuperarlo.
Christian retrocedió hacia atrás, con la respiración entrecortada, hasta chocar contra la pared del patio. Sus manos buscaron apoyo en el frío y áspero ladrillo. Apretó los dientes y luchó por no dejarse vencer.
No lo consiguió.
—Teo…
El nombre salió de sus labios como un gruñido ronco.
La furia comenzó a crecer. Quería gritar con todas sus fuerzas, pero se contuvo. Apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se hundieron en la piel, dejando un rastro de dolor que apenas podía distraerlo de la tormenta que rugía en su pecho.
Era él.
Sabía que era él.
La puerta trasera estaba entreabierta como una invitación burlona.