Capítulo 46
JERÓNIMO
Eran altas horas de la noche del sábado a la madrugada del domingo. En el club solo quedaban restos del humo de los puros y la suave música caribeña impregnando cada rincón del local.
Acababa de irse la última pareja de clientes, unos alemanes de aspecto corpulento y pelo rubio cenizo tirando a blanco. Se diferenciaban porque uno llevaba gafas de montura fina y el otro se apoyaba en el brazo de este y lo seguía con la inercia de un borracho que mantenía el equilibrio.
El suave resplandor de las lámparas colgantes se reflejaba en las superficies de las mesas, ahora desiertas. Solo quedaban copas vacías y ceniceros rebosantes de colillas.
Jerónimo se quitó el incómodo uniforme en el baño y se puso su propia ropa. Al volver a la barra, Teo se le acercó, invadiendo su espacio. El aliento cargado de alcohol y tabaco de Teo le golpeó el rostro, obligándolo a retroceder unos centímetros.
—Lucas. Jerónimo. Haced el cierre —ordenó.
Lucas dejó la barra y cerró la entrada.
Jerónimo se quedó detrás de la barra para organizar las bebidas y lavar las copas.
Sintió una pequeña alegría dentro. En menos de una hora, volvería a casa con dinero suficiente para reservar la que sería su primera moto.
—Tómate algo.
—Tengo que cerrar. No tomo alcohol mientras trabajo.
Teo soltó una carcajada
—Ya hemos cerrado y yo soy el jefe. Si yo digo que te tomas algo, te lo tomas —ordenó y levantó la mano—. Lucas, ven aquí. Ponle un whisky a Jerónimo. Se nos va.
—Lo puedo hacer yo.
—No. Lo va a hacer Lucas.
Jerónimo asintió lentamente.
Lucas se acercó con una bebida y la dejó frente a él.
Jerónimo aceptó el vaso con una sonrisa forzada.
Teo levantó la copa para brindar y Jerónimo hizo lo mismo.
Luego se la llevó a los labios y los mojó apenas, como si hubiera bebido de verdad.
Sería cuestión de una copa más y Teo caería borracho al suelo.
Jerónimo se preguntó si Teo estaba preocupado por algo más que su ausencia.
Fue ahí cuando observó que había una mezcla de nerviosismo y frustración en el rostro de Teo que iba más allá de su decisión de no volver a trabajar en el club y sintió ganas de irse de allí.
Se quedó observando cómo Lucas cerraba la puerta cuando la voz de Teo atrajo de nuevo su atención.
—Tu padre me debe un favor, ¿lo sabías?
Entendió que Teo lo había estado manipulando para acercarse a su padre.
—No… No lo sé. ¿Qué favor?
—Unos seguros de no sé qué. Ni yo lo entiendo. Bebe —insistió—. Me has prometido una copa, luego haces el cierre y vuelves a casa y tan amigos.
Jerónimo hizo como le dijo Teo. Se tomaría algo rápido, limpiaría la barra y volvería a casa.
El segundo trago de whisky le dejó un escalofrío en la nuca, que bajó como un latigazo hasta convertir sus piernas en gelatina.
Teo se puso de pie y levantó la copa de nuevo.
—Salud y que nunca falte el trabajo.
Jerónimo lo imitó.
Teo se terminó la copa de un trago y clavó la mirada en él, que se forzó en hacer lo mismo. Dejó la copa en la barra y se oyó un golpe de cristal.
La garganta le ardía, las piernas le temblaban y un mareo aún más grande se hacía dueño de él.
Empezó a sentir que la barra, el club, las luces…
todo comenzaba a girar a su alrededor. Se esforzó por fijar la mirada en las botellas alineadas detrás de la barra, pero todo se deformaba como sombras en el agua.
El calor en su cuerpo aumentaba y su mente se enturbiaba.
Teo lo miraba en silencio con ojos de lobo.
Jerónimo se agarró a la barra. Se dijo que una copa de whisky no podía tener ese efecto tan fuerte en él. Solía beberse un par de cubatas los fines de semana. A veces llegaba hasta cuatro y sabía bien lo que hacía.
—Este whisky está fuerte— balbuceó agarrándose a la barra.
—Relájate, muchacho, que solo es una copa —dijo Teo, que lo observaba con una sonrisa maliciosa en los labios.
Jerónimo veía las cosas literalmente dobles.
Teo seguía hablando, pero no entendía bien lo que decía.
Era un whisky añejo, pero una copa no podía tener ese efecto tan devastador en él. A menos que le hubieran puesto algo en la bebida.
Teo levantó la copa por tercera vez, pero no bebió. Su sonrisa se ensanchó con una mezcla de satisfacción y amenaza.
—¿Sabes, Jerónimo? Siempre me han gustado los chicos listos como tú.
Rápidos, eficientes, discretos… Pero, sobre todo, los que no hacen preguntas.
—Se inclinó un poco más, casi rozando el rostro de Jerónimo con su aliento impregnado de alcohol—.
¿Sabes qué es lo más importante en la vida?
El control. El hacer que las cosas vayan como tú quieres, mientras todos los demás solo siguen el juego. Como tú.
Jerónimo intentó enfocarse en las palabras, pero el mareo le hacía cada vez más difícil seguirle.
—Tu padre… tu querido padre. Ese hombre ha intentado jugar conmigo, pero ¿sabes qué?
Nadie juega conmigo sin pagar el precio.
Yo no soy un hombre paciente, Jerónimo. Yo decido cuándo y cómo se hacen las cosas.
Y tu padre… él ha estado retrasando algo importante para mí.
—Teo hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran en la mente nublada de Jerónimo—.
He sido bueno hasta ahora. He dejado que él se tome su tiempo, que juegue a ser honrado, a ser el tipo correcto. Pero eso se acabó.
Se acercó aún más.
—Si tu padre no hace lo que le pido, entonces buscaré otras formas de conseguir lo que quiero.
Y tú, muchacho… tú eres la mercancía. Él no querría que te pasara nada, ¿verdad?
—Le acarició la mejilla con una suavidad perturbadora—.
Estoy seguro de que no le has dicho a tu padre que trabajas para mí en este lugar lleno de hombres maduros con los bolsillos llenos de billetes…
¿Verdad que no? Al final, todos obedecen. Tú, tu padre… todos.
Jerónimo intentó apartarse, pero su cuerpo no respondió.
Teo lo miró, complacido por su vulnerabilidad. Levantó la copa una última vez, sin esperar un brindis de Jerónimo. Su sonrisa era ahora una sombra oscura bajo las luces bajas del club.
—Salud, muchacho. Salud por los que saben cuándo rendirse.
El corazón de Jerónimo latía con fuerza.
Su vida estaba en peligro; solo había sido otra pieza más en el tablero de Teo.
Su cuerpo cedía al vértigo y, antes de reaccionar, todo a su alrededor se oscureció y cayó lentamente en el abismo de la inconsciencia mientras la sonrisa de Teo se desvanecía en la penumbra.
Lucas le agarró del brazo y la mente de Jerónimo divagó recordando las palabras de su compañero: oír, ver y callar.
Pero recordó que era miedo lo que había en la voz de su padre cuando Jerónimo le mencionó el nombre de Teodoro Montenegro.
Entonces perdió la conciencia.