Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 45
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Capítulo 45

CHRISTIAN

Con el entusiasmo de un niño que acaba de marcar el gol de la victoria en un partido de fútbol durante el recreo, Christian entró en la habitación del hotel. Cerró la puerta tras de sí con una sonrisa dibujada en los labios. Pero la sonrisa no tardó en desvanecerse.

—¿Adrian?

La habitación estaba vacía.

Se dirigió al baño y abrió la puerta de golpe. Vacío. Se quedó quieto unos segundos, intentando captar alguna señal. No había notas en la mesa, ni en la almohada, ni en ninguna parte. Miró el auricular que llevaba puesto y lo arrancó de su oído con frustración. Funcionaba perfectamente.

—¿Adrian…? —susurró.

Respiró hondo tratando de calmarse. Los pensamientos se aceleraron, uniendo piezas sueltas, intentando encontrar sentido a la situación.

Era curioso cómo funcionaba el cerebro. Era un caos ordenado, un laberinto de recuerdos, asociaciones y emociones.

En su inmensa red de conexiones, los detalles pequeños y aparentemente irrelevantes encontraban su lugar como piezas de un rompecabezas que, a simple vista, no tenían sentido.

Entonces, como una bofetada, recordó el almanaque en la oficina de Teo: un barco pesquero bajo un cielo gris con las letras «Galicia» impresas en un rincón. Había visto otros objetos más y la verdad es que la foto del almanaque fue la menos impactante.

Galicia. El nombre rebotó en su mente.

Adrian había estado en Galicia. Se lo mencionó aquella noche en Londres, mientras compartían una botella de vino en el sofá. La operación fallida. Los compañeros caídos. La traición. El cerebro de Christian unía piezas sueltas buscando sentido a la situación.

La comunicación se había cortado justo cuando Christian le había confirmado que Teo había salido al patio.

El «caprichoso» plan de Adrian, se dijo. Y entonces fue como si algo encajara en su mente con un clic y su corazón cayó en vertical a más de cien kilómetros por hora. No era un capricho. Era premeditación. Todo había sido meticulosamente planeado y él no lo vio venir.

—¡Maldita sea!

Tiró las sábanas al suelo, revolvió el armario, volcó la maleta de Adrian y rebuscó entre las prendas. Pero no encontró nada.

Se pasó las manos por el pelo mientras el sudor empezaba a empaparle la frente.

—¡¡Adrian!! —gritó y su voz resonó en las paredes como un eco vacío.

Teo no era solo el objetivo de la misión; era el objetivo personal de Adrian. El chivato que había provocado la emboscada y aquella carnicería en las costas gallegas había sido Teo. Y Adrian no tenía intención de volver a Londres con las manos vacías. ¿Cómo no lo había visto venir?

Todo estaba ahí: el arma que insistió en llevar, el plan cuidadosamente calculado para sacar a Teo de la oficina. Pero lo que lo golpeó como un puñetazo en el estómago fue darse cuenta de lo que faltaba en la habitación.

La navaja.

La había visto antes, en el bolsillo de Adrian. La misma navaja que ahora no estaba en ninguna parte.

Las palabras de Adrian resonaron en su mente: «Si algo sale mal esta noche, quiero que sepas que no me arrepiento de haberte conocido».

No era una confesión casual. Era una despedida.

Las uñas se le clavaron en las palmas mientras apretaba los puños con rabia contenida.

No podía quedarse quieto. Si Adrian hacía lo que sospechaba, arruinaría la misión. Tenía que detenerlo antes de que fuera demasiado tarde.