Capítulo 44
JERÓNIMO
Unas horas más tarde, Jerónimo se abrió paso entre los clientes y el humo de los puros habaneros. Allí estaba Teo, apoyado en la barra con una confianza arrogante, charlando con un cliente. El brillo de su chaqueta de terciopelo negro lo hacía destacar.
Jerónimo irguió la espalda y se acercó.
—Teo, ¿podemos hablar un momento?
—¿Qué pasa, xiquet ? —preguntó Teo, todavía sonriendo, mientras daba un sorbo a su copa.
—No puedo con ambos trabajos, la cafetería y esto. Si dejo los estudios, mi padre me mata… —Las palabras salieron atropelladas.
Teo inclinó ligeramente la cabeza y mantuvo una seriedad que Jerónimo no había visto antes.
Por primera vez, vio algo en su rostro que no era ni coquetería ni amabilidad; era algo más oscuro, más serio.
El aliento a whisky lo golpeó como un puñetazo.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente: el corazón comenzó a latirle con fuerza y un sudor frío le humedeció las palmas de las manos.
Tragó saliva y sintió una presión creciente en la garganta, como si algo invisible lo estuviera apretando.
La voz de Teo bajó una octava, grave y cargada de una intensidad que hizo que a Jerónimo se le erizara la piel.
—Por supuesto.
Teo dio un trago largo a su copa, se giró y retomó su conversación con el cliente, como si nada hubiera ocurrido.
Jerónimo se quedó inmóvil, viendo cómo Teo seguía hablando como si aquella breve conversación nunca hubiera existido.
Le llamó la atención que tenía los dedos manchados de algo.
Algo rojo oscuro. Retrocedió con pasos torpes, sin apartar los ojos de Teo, antes de regresar a la barra.
No había sido tan difícil, pensó, aunque el hormigueo en las manos no desaparecía.
Toda la adrenalina empezó a diluirse y formó una de sus mejores sonrisas cuando le sirvió un whisky a un turista con un parecido innegable a Elton John.
— Handsome .
Jerónimo le respondió con una sonrisa sin saber lo que le había dicho, esa que parecía decir «gracias», aunque en realidad no entendía nada.
El hombre deslizó un billete de mil pesetas por la barra, pero antes de que Jerónimo pudiera cogerlo, el turista puso su mano sobre la suya, le guiñó un ojo y añadió otro billete como propina.
Jerónimo tiró de los billetes y sintió asco.
Lucas servía bebidas a una pareja de hombres mayores, vestidos con corbata y chaqueta. Cada uno tenía un puro habanero en una mano y una copa de coñac en la otra, y disfrutaban de una tranquila conversación en francés.
Continuó sirviendo las copas con la misma eficiencia de siempre. Observó a Teo de reojo, que charlaba con los clientes como si la noticia de que no volvería a trabajar para él no tuviera ninguna importancia en su mundo.
Trini se sentó en la barra y le hizo una señal a Jerónimo para que se acercara. Con un gesto teatral, abrió una cajita de metal grabada con motivos florales y sacó un cigarrillo.
—Lo de siempre —le pidió a Jerónimo.
Jerónimo lo miró confuso.
—Vermut —le aclaró Trini—. Deberías saber lo que me gusta.
—Es mi segunda noche y la última.
Trini levantó una ceja.
—¿Lo sabe Teo?
Jerónimo asintió varias veces y sirvió el vermut con cuidado de no derramar una gota. Colocó la copa sobre un posavasos frente a Trini, que lo observaba con esos ojos cargados de un sarcasmo que parecía perforarlo.
—Claro.
Trini dio una larga calada al cigarrillo, exhalando círculos de humo que flotaron entre ellos antes de desvanecerse.
—¿Sabes? En este lugar, es fácil perderse. Como un pez en un río… que no sabe que está nadando hacia una red.
Jerónimo no respondió. No tenía el menor interés en averiguar a qué se refería.
Definitivamente, no quería que su padre se enterase de que estaba en un lugar como ese.
Cerraban pronto y con lo que estaba ganando esa noche, tendría suficiente para pagar el depósito de la Vespa PX150.
Marcos se la había reservado hasta después de Año Nuevo. Sería su regalo de Reyes.
Trini bebió un sorbo del vermut, dejando marcas de pintalabios en el borde de la copa. Se levantó con la lentitud de una diva de cine, dejando la copa en la barra. Entonces, soltó una risa repentina, aguda y vacía.
Jerónimo lo vio alejarse, tambaleándose, pero con esa teatralidad intacta, incluso en su borrachera.