Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 43
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Capítulo 43

CHRISTIAN

Al llegar al primer piso, Christian se detuvo unos segundos y adaptó la vista a la penumbra. Se aseguró de que no había nadie cerca.

La luz del bar abajo se colaba por el pasillo, suficiente para moverse sin hacer ruido. Solo se oía la música caribeña, distante.

Apretó el auricular contra su oído con más fuerza, como si de algún modo eso pudiera hacer que Adrian respondiera, pero no hubo señal. «O tal vez sí me está hablando, pero la señal no llega», pensó. «O se le han acabado las baterías. O este maldito cacharro se ha roto».

Palpó la pared con cuidado, buscando una puerta a la izquierda cuya habitación diera al patio interior.

Contó seis pasos hasta que llegó a una. Tenía que ser la oficina de Teo.

La puerta estaba semiabierta. Se asomó con cautela antes de entrar, asegurándose de que no había nadie dentro. El cuarto estaba vacío y oscuro.

Sacó una pequeña linterna del bolsillo de su chaqueta y la luz proyectó sombras que bailaban sobre las paredes del cuarto, distorsionando las formas de los objetos.

Un perfume caro invadió su nariz, una mezcla de cuero y madera quemada.

Era más un olor opresivo, como si el perfume no solo quisiera impresionar, sino también someter.

Observó el mobiliario, cada rincón. Caminó con cautela hacia la mesa de escritorio y su mirada recorrió el cuarto en busca de algún indicio de lo que había venido a buscar.

Se asomó por la ventana y vio la habitación de hotel a lo lejos donde se estaba quedando con Adrian. Lo sentía tan cerca de él…

Sobre la mesa de escritorio, varios vasos vacíos y sucios de bebidas se amontonaban junto a un par de bolsas de patatas fritas de la marca Matutano, aplastadas y abiertas.

El cenicero de metacrilato, grande y lleno de colillas, estaba junto a un bote de pintaúñas y un pequeño vasito con baratijas: pulseras, anillos y pendientes a cual más feo.

Al lado del teléfono, había un calendario de cartón con un soporte triangular.

Observó que varias fechas estaban marcadas con cruces rojas, pero lo que realmente le llamó la atención fue la imagen del mes de diciembre: un barco pesquero, con el lugar impreso encima Galicia . El nombre le sonaba, pero no podía recordar de dónde.

Un par de pasos más lo acercaron a lo que parecía el pasatiempo favorito de Teo.

A un lado, un pequeño espejo de mano, barato, de esos que se venden en los mercados de barrio, reflejaba la luz de la linterna.

Encima, una fina línea de polvo blanco reposaba junto a una tarjeta de crédito con los bordes doblados y una pajita de plástico, partida por la mitad, para aspirar cocaína.

Christian hizo una mueca de asco. Sin embargo, lo que realmente llamó su atención y lo puso nervioso por primera vez esa noche, fue lo que encontró junto al teléfono: una funda de arma vacía.

Era de un cuero negro, desgastado por el uso.

Una correa rota colgaba inútilmente a un lado, como si hubiera sido arrancada en un movimiento apresurado.

Su estómago se contrajo y una oleada de adrenalina lo invadió. Un regusto a bilis y gin-tonic le llenó la boca. Apretó los dientes y siguió buscando aquel maldito carrete.

Miró a su alrededor, su mente trabajaba a toda velocidad mientras sus ojos escaneaban la habitación. Pasó la mano por los bordes del escritorio hasta que llegó al cajón. Probó a abrirlo, pero estaba cerrado con llave.

Rodeó el escritorio e iluminó cada rincón con la pequeña linterna. Palmeó el cajón, pero no encontró ninguna llave. No le quedaba mucho tiempo.

Empezó a tirar fuerte. La madera crujió bajo su presión. Los músculos de sus brazos se tensaron. El sudor empapaba su frente, pero no podía dejar que eso lo detuviera.

Con un último esfuerzo, el cajón cedió. La cerradura se rompió con un ruido sordo que resonó por toda la oficina y Christian se quedó congelado por un instante, mirando el daño que había causado.

El ruido había sido fuerte.

Mierda. No podía permitirse que alguien lo oyera. Se concentró en escuchar a su alrededor. No había pasos, no había voces.

Respiró hondo y continuó con su misión. Iluminó el interior del cajón con la linterna mientras palpaba nervioso su interior. El cajón estaba lleno de un montón de facturas, papeles desordenados, un manojo de llaves y un bote de palillos del bar.

Sacó un sobre de papel amarillento. Pesaba más de lo que imaginaba para algo tan pequeño.

Abrió ligeramente la boca al descubrir que dentro había un fajo de billetes del grosor de un pulgar apretados a una goma elástica.

Se guardó el sobre en la chaqueta y se dijo a sí mismo que se lo quedaba por los inconvenientes.

Había otro sobre. Este era más grande, del tamaño de una hoja de papel y de color marrón y rugoso al tacto. Palpó el contenido y sintió una excitación al reconocer la forma del objeto pequeño, redondo.

Bingo.

Dentro estaba el carrete de fotos.

«Vaya aficionado…», se dijo.

Lo enrolló en forma de tubo, pero antes de cantar victoria, escuchó pasos en el pasillo.

Alguien se acercaba.

Apagó la linterna con rapidez y la tensión se instaló en el aire. Apretó el carrete en sus manos y se quedó inmóvil.

La habitación era pequeña y no había lugar para esconderse.

El sonido de los pasos aumentaba.

Su corazón palpitaba más fuerte. Se tumbó literalmente en el suelo detrás del escritorio y esperó a que la oscuridad lo escondiera. Una parte de su cuerpo quedó expuesta.

La puerta se abrió y un rayo de luz tenue cruzó el umbral, iluminando un fragmento del cuarto.

—¿Teo? —preguntó Trini sujetando el pomo y asomándose por la puerta.

Volvió a insistir, aunque Christian no entendía exactamente sus palabras. Probó varias veces a darle al interruptor de la luz, pero no funcionaba.

—¿Teo?

Christian no se movió ni respiró.

La habitación estaba a oscuras. Con algo de luz hubiera sido fácil que Trini hubiera reconocido la presencia de alguien dentro.

Solo pedía que no entrara o estallarían las alarmas y el trayecto para escapar estaría lleno de obstáculos y alguien lo pillaría con el carrete y con dinero suficiente para pasar un mes en las Bahamas.

Sabía que Teo tenía un arma y que en su oficina solo estaba la funda. Mantuvo la respiración como si estuviera debajo del agua.

Trini avanzó unos pasos hacia la mesa y Christian vio cómo sus ojos se deslizaban por el cuarto, inspeccionando cada rincón.

El corazón se le iba a salir del pecho.

Trini se quedó quieto unos segundos y terminó en un gruñido áspero y en una frase con tono enfadado en la que pudo distinguir el nombre de Teo y un taco español. Se dio la vuelta y salió de la oficina.

Christian se quedó en el suelo, esperando varios segundos antes de moverse. Su respiración, finalmente, volvió a un ritmo más normal. S e incorporó y respiró tan hondo que se le llenaron los pulmones del perfume de Teo.

Era hora de irse.

Asomó la cabeza al pasillo y entre la penumbra no vio a nadie. Caminó de puntillas y ligero hasta las escaleras. De repente, escuchó una voz detrás de él al otro lado.

—¡Eh!

Trini le estaba gritando y entendió que le pedía que se detuviera.

Christian bajó las escaleras de dos en dos. Cuando llegó al final, paró en seco y trató de caminar de forma normal, esquivando a los clientes como si estuviera nadando en un mar a contracorriente.

El bar estaba lleno, la música caribeña se mezclaba con las voces y risas de los clientes.

Nadie parecía notarlo, pero él sentía cada mirada como una amenaza.

Se giró y sus ojos se encontraron con los de Trini, que lo observaba desde las escaleras al otro lado del bar.

No gritó. No hizo nada. No querría provocar un escándalo en su negocio.

Christian aceleró el paso hasta que llegó a la entrada y salió disparado antes de que el portero se diera cuenta de lo que estaba pasando.

No se dio la vuelta.

Las luces de la calle eran como faros en la oscuridad, pero la adrenalina lo cegaba. Corrió por las calles oscuras del Barrio del Carmen de vuelta al hotel. Se detuvo, jadeando. Nadie lo seguía.

—Adrian… ¿Me oyes? Tengo el carrete. Estoy de camino.

Dobló la esquina y giró rodeando la manzana hasta llegar al hotel. Tenía el carrete y quería volver a Londres en el primer vuelo de la mañana.

Misión cumplida.