Capítulo 41
CHRISTIAN
Con un gesto sutil, Christian se deslizó al patio interior.
El aire fresco lo envolvió con un alivio momentáneo y la penumbra lo protegió. Macetas olvidadas con plantas marchitas y tallos quebrados se amontonaban en las esquinas del patio. Se oía la música caribeña del bar como un eco lejano. Christian se ajustó el auricular y susurró:
—Estoy en el patio. Veo el panel, al fondo, junto a unas cajas apiladas.
—Te estoy viendo —respondió Adrian al otro lado del auricular—. Ve con cuidado. Si haces ruido, alguien podría aparecer.
En un rincón de la pared había una caja metálica con una capa de pintura verde desconchada.
Christian sacó un destornillador de precisión de la chaqueta y abrió la tapa con cuidado.
Un leve crujido resonó en el patio y contuvo la respiración.
La luz que se filtraba por las rendijas iluminó los interruptores.
—He abierto el panel —susurró.
—Bien. Asegúrate de cortar solo las luces del primer piso. El resto del edificio debe seguir funcionando. Tienes muy pocos minutos.
Christian tragó saliva y respiró hondo. Sus dedos se movieron con destreza, bajando los interruptores que Adrian le había indicado.
De inmediato, las ventanas del primer piso quedaron a oscuras y un vacío momentáneo se apoderó del patio.
Cerró el panel con rapidez y se apartó hacia las sombras, pegándose contra la pared para no ser descubierto.
—Listo.
Se giró hacia la puerta que daba al interior.
—Perfecto —dijo Adrian—. Ahora vuelve al bar y mantente atento. Cuando vea a Teo bajar al patio, te aviso. Subes a la oficina, coges el carrete y escapas.
El corazón de Christian empezó a palpitar más rápido. Regresó al bar y se sentó en la mesa que había elegido antes.
A su izquierda, las escaleras al piso superior seguían despejadas. Se terminó el gin-tonic . El bar estaba lleno de gente bebiendo, fumando y disfrutando de la noche, ajena a todo.
Entonces, alguien bajó las escaleras con paso ligero.
Tensó la mandíbula y se puso alerta.
Era Teo. Su cabello era más blanco que en las fotos del informe que John le había pasado. Llevaba una chaqueta de terciopelo negro que parecía sacada directamente del vestuario de un mago de circo de barrio.
—Teo está en el patio. ¿Lo has visto? Voy a subir a la oficina —murmuró, levantándose de la mesa con cautela—. ¿Adrian? —Silencio—. Adrian, ¿me escuchas? —Christian frunció el ceño—. Adrian, ¿estás ahí? —preguntó de nuevo, pero no hubo respuesta.
No podía seguir esperando. El corazón le retumbaba en el pecho como un tambor de guerra. Comenzó a subir las escaleras, alerta a todo lo que se moviese a su alrededor. Ahora era un agente de campo y su mente se concentró solo en una cosa: conseguir el carrete, salir de allí y que no le atraparan.