Capítulo 39
CHRISTIAN
Aquella noche de diciembre, Christian cruzó la acera adoquinada de una de las sinuosas calles del Barrio del Carmen y se detuvo frente al local.
Un letrero elegante en la entrada anunciaba «El Club de La Habana», con un emblema dorado de dos habanos cruzados bajo una «C» en cursiva, rodeados por laureles.
El portero, de hombros anchos como una puerta y la piel curtida como cuero viejo, se echó a un lado para dejarle entrar.
Christian cruzó el umbral.
El humo de puros caros y una música caribeña le dieron la bienvenida. Una barra de caoba junto a una vitrina de cristal mostraba puros habaneros: Cohiba, Montecristo y Romeo y Julieta, que se exhibían como tesoros en un museo.
Las paredes estaban decoradas con cuadros de paisajes tropicales y fotografías en blanco y negro de las calles de Santiago de Cuba una noche de verano, y unos sofás de cuero negro rodeaban mesas bajas de vidrio.
A lo largo de la sala, había una colección dispar de hombres que conversaban entre risas, humo y alcohol. Algunos clientes lo siguieron con miradas entre coquetas y lascivas. Su chaqueta ajustada y su porte seguro atraían más atención de la que deseaba.
Una figura se cruzó en su camino, alta y dramática. Un cigarrillo se balanceaba en sus dedos como si fuera parte de una actuación perfectamente ensayada.
Era un hombre vestido de mujer.
— My name is Trini… The boss —dijo levantando la mano con un gesto teatral para que Christian la besara.
Él le siguió el juego.
Trini soltó un comentario en español con voz ronca e insinuante. Christian respondió con una sonrisa vaga, fingiendo entender la broma, y siguió caminando. Buscaba el lugar más cercano a los baños, que daban a las escaleras del piso superior.
—Dime qué ves.
Escuchó la voz de Adrian a través del auricular. Christian bajó ligeramente la cabeza, ocultando los movimientos de los labios.
—Clientes dispersos. Dos en la barra, varios grupos sentados en la zona de mesas.
—¿Y la seguridad?
Christian barrió con la mirada el lugar.
—Solo el gorila de la puerta, creo.
—Perfecto.
—También he identificado a un travesti llamado Trini. Ronda como una diva supervisando el local. No me gusta nada.
Se ajustó la chaqueta y con su gracia natural se sentó en la mesa más cercana a los baños, desde donde tenía una vista clara de las escaleras que llevaban al piso superior.
Se acercó un joven camarero con pecho trabajado en un gimnasio, una sonrisa mecánica y unos ojos oscuros vacíos de inocencia.
— Gin-tonic Bombay Sapphire… uno Cohiba —pidió Christian en un español forzado, levantando el dedo para enfatizar su pedido.
A los pocos minutos llegó la bebida.
Christian bebió su gin-tonic mientras el camarero encendía el Cohiba con una habilidad ceremonial. Le dejó una generosa propina y aspiró el humo, dejando que se mezclara con el sabor seco de la ginebra.
—¿Buscas compañía? —le preguntó el joven en inglés con una sonrisa ensayada.
Christian copió la sonrisa mientras negaba con la cabeza.
—Más tarde, quizás —le dijo.
El camarero asintió y volvió a la barra.
—¿Qué ves ahora? —preguntó Adrian de nuevo.
—Me estoy tomando un gin-tonic . La verdad es que tiene encanto el lugar.
—Chris, céntrate. ¿Cuándo podrás maniobrar?
—Ese encanto de travesti va y viene, dando la bienvenida a los clientes. Sale al exterior cada quince minutos para revisar al orangután de la puerta.
—Está bien. Teo sigue en la oficina, sin movimiento en la planta baja. Avanza, pero mantente discreto.
Dio otro trago y aparentó disfrutar del ambiente.
—Estaba pensando… —comenzó Adrian—. Quería decirte que me he acordado del día que nos conocimos —dijo al final.
Christian se quedó quieto por un instante. Sus dedos juguetearon con el borde de la copa.
—Cuando supuestamente tropezaste con el carrito de bebidas y derramaste champán sobre mí.
—¿Supuestamente?
—Venga Christian. Un día confesarás la verdad.
Él sonrió y se olvidó de la misión que tenían esa noche.
—Luego me entró la risa. No era mi intención reírme, pero estabas tan rígido, tan… tú. En mi defensa, diré que la servilleta era todo lo que tenía a mano.
Adrian hizo una pausa al otro lado del auricular y su voz bajó un tono, adquiriendo una calidad más reflexiva.
—Y me diste el número de teléfono para que te contactase y hacerte responsable de la limpieza del traje. Lo hiciste a propósito.
—No lo hice a propósito —dijo con una suave sonrisa en los labios.
—Ese día, algo cambió. Tú cambiaste algo en mí. No siempre es fácil dejar atrás quién eres. Mi familia, mi trabajo… Nunca pensé que podría ser honesto conmigo mismo. Pero entonces apareciste tú.
El corazón de Christian se aceleró, pero no dijo nada.
—Solo quería decirte que si algo sale mal esta noche… quiero que sepas que no me arrepiento de nada. De haberte conocido. De que entraras en mi vida.
Christian cerró los ojos un instante, intentando procesar lo que estaba escuchando.
—¿Qué demonios estás diciendo? —susurró consciente de no llamar la atención de la gente que había en el bar.
—Nada. No sé lo que estoy diciendo. Venga, ahora, vamos a concentrarnos en el plan. ¿Ha salido ya el travesti a la calle?
—Adrian…
—El travesti, ¿dónde está?
Christian carraspeó.
—No está. Salió al exterior.
—Pues es tu oportunidad. Ve al patio y haz tu parte. No tenemos tiempo que perder.
Christian se levantó de la mesa, dejando el gin-tonic a medias.
Mientras se dirigía al baño, giró al patio con la sensación de que había algo que se le escapaba. Algo que no encajaba en el plan, y fue la primera vez que tuvo unas ganas tremendas de terminar con la misión y reunirse con Adrian de vuelta a Londres.
Tenía tanto por vivir que no quería perder un minuto.