Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 37
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Capítulo 37

JERÓNIMO

El aire frío de la noche le golpeó la cara, despejando ligeramente la niebla mental que lo acompañaba desde hacía horas. Sentía el roce incómodo de las miradas. Las sonrisas forzadas y los comentarios insinuantes seguían pegados a su piel como una sombra.

¿Qué tenía de malo? Solo servía copas, nada más.

Que el club fuera gay y lleno de turistas maduros era irrelevante, ¿no?

Para cuando su padre volviera, la moto sería suya, al menos temporalmente.

Podría ir a un banco y pedir un préstamo privado para cubrir el resto.

No tendría que saber que había estado trabajando en ese lugar.

Metió las manos en los bolsillos y caminó hacia el club con paso firme. Aguantaría una noche más, ganaría el dinero necesario y no volvería.

Solo una última vez, repitió para convencerse.

La brisa nocturna le despeinó el pelo. Por un instante, todo pareció estar en calma. Pero en su pecho, la rabia, el orgullo y la determinación no dejaban de latir con fuerza.

Jerónimo regresó al Club La Habana por segunda vez, decidido a sacar buenas propinas y a fingir que todo estaba bien.

La idea de volver le repugnaba, pero el dinero… el dinero que ganó la noche anterior era demasiado tentador. La oferta de Teo seguía resonando en su cabeza: ocho horas de trabajo por lo que sacaría en varios días de duro esfuerzo en la cafetería. Había hecho las cuentas: la balanza era clara.

Si su padre hubiera cumplido su palabra, no estaría ahí, pensó mientras se acercaba a la puerta trasera del club. ¿No era él quien siempre decía que un hombre debía cumplir con lo que prometía? Pues así lo haría él.

Era sábado y llegó unas horas antes. Entró por el patio trasero y se encontró a Trini, apoyado en la pared con un cigarrillo en la mano como la noche anterior, y con el humo escapando en silbidos por sus labios.

Llevaba un suéter negro de cuello alto y unos pantalones de pitillo que lo hacían parecer una sombra alargada en la tenue luz.

—Vaya, vaya, vaya… Mira a quién tenemos aquí. —dijo Trini. Tiró el cigarrillo al suelo—. Está todo manga por hombro.

Jerónimo asintió sin mucho interés y se dirigió al interior del local. Allí, comenzó a organizar lo necesario antes de que el club abriera: vasos, cubiteras, servilletas. Todo debía estar en su sitio.

Unas horas más tarde, cuando llegó el momento, Jerónimo entró en el baño para cambiarse. Se puso el chaleco ajustado y los pantalones cortos de rejilla que tanto detestaba. Se ajustó la ropa con un gesto resignado frente al espejo. El reflejo le hizo torcer el gesto, como si mirara a un extraño.

Cuando salió, se encontró de frente con Lucas, que lo miró con una mezcla de curiosidad y una ligera sonrisa.

—Has vuelto.

—Sí, he vuelto —respondió Jerónimo sin mucho entusiasmo.

Se agachó y dejó su bolsa con la ropa debajo de la barra.

Todo estaba listo para abrir el club. Jerónimo respiró hondo. Una noche más, el dinero en el bolsillo y nunca volvería a ese lugar.