Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 36
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Capítulo 36

CHRISTIAN

La suave luz de la tarde se filtraba por las cortinas entreabiertas y dejaba la habitación del hotel en penumbra.

Christian pasó el día tumbado en la cama entre pequeñas siestas y el ritmo monótono de la radio. Cada canción y anuncio se entrelazaba en su mente como un ruido de fondo que apenas registraba. Pero el ambiente cambió cuando Adrian rompió el silencio:

—Movimientos mínimos. Una furgoneta llegó hace una hora. Descargaron algo, pero nada más. —Su voz era baja y precisa, como si estuviera informando a un superior en una operación militar.

Christian se incorporó lentamente y estiró los brazos con un bostezo.

—Es la hora —dijo con voz algo ronca por la siesta.

Cogió la bolsa con la ropa y caminó hacia el baño con pasos lentos.

La colocó sobre el lavabo y se miró al espejo.

Se puso una camisa entallada de algodón satinado azul oscuro, con un corte moderno y cuello italiano que brillaba sutilmente bajo la luz.

Siguió con un pantalón negro ajustado que tenía un leve brillo en la tela.

El cinturón era de cuero liso con una hebilla plateada.

Optó por una chaqueta de diseño contemporáneo, con cremalleras finas y un corte entallado que marcaba su figura.

Finalmente, se puso unos zapatos de cuero negro impecables, brillantes, pero sin detalles ostentosos.

Lo suficientemente cómodos para salir corriendo. Se inclinó hacia el espejo.

—Espejito, espejito mágico… —dijo sonriéndose a sí mismo. Pasó una mano por su cabello, despeinándolo ligeramente para añadirle un toque casual pero cuidado—. Listo —anunció saliendo del baño.

Adrian se giró y se quedó observándolo con curiosidad.

—Te ves… convincente. Pareces más… más…

Christian alzó una ceja.

—Dilo. Más marica. ¿No es esa la intención?

—¿Te has puesto maquillaje?

—Brillo en los labios.

Adrian se acercó más mirándolo con curiosidad.

—¿Y eso otro? —preguntó señalando su rostro.

— Foundation —explicó Christian—, para dar más uniformidad al rostro.

—¿El qué?

—Déjalo.

Adrian sacó de la maleta un pequeño micrófono con forma de botón. No era más grande que la uña de un pulgar. Negro mate y conectado a un transmisor compacto.

—Quítate la camisa.

Christian sonrió con burla.

—Adrian, no es el momento…

—No digas tonterías. Llevarás esto.

—¿Un micrófono? —preguntó acercándose.

—Es discreto y tiene alcance suficiente para mantenernos en contacto mientras estés dentro.

Se lo pegó en el pecho de Christian con un pedazo de cinta.

—¿Y el receptor? —preguntó, ajustando el micrófono.

—Aquí. —Adrian señaló un pequeño transmisor que había dejado sobre la mesa.

Era del tamaño de un paquete de cigarrillos con una pequeña antena que apenas sobresalía.

—No necesitas hacer nada. Este pequeño transmisor envía la señal a mi receptor aquí en la habitación. Mientras te mantengas dentro del rango, podré escucharte. Si te alejas demasiado, perderé la señal. Así que, por favor, no te pongas a correr maratones por el club.

Christian dejó escapar una risa suave.

—No prometo nada.

Adrian suspiró, cogió el auricular diminuto y se lo entregó.

—Y este es para ti. Ponte esto en el oído derecho. No lo toques a menos que sea absolutamente necesario. Si algo va mal, te daré instrucciones.

Christian tocó el micrófono por un instante, como si quisiera asegurarse de que estaba bien colocado.

—¿Y si se me cae o alguien lo nota?

—No se caerá si no empiezas a saltar como un idiota —respondió con tono seco—. Y nadie lo notará a menos que se fijen demasiado. En ese caso, improvisa, como siempre haces. Ahora eres un agente de campo.

Christian ajustó el auricular y se miró de nuevo en el espejo.

—¿Qué tal me veo? ¿Espía profesional o camarero desesperado?

—Pareces alguien que no debería estar haciendo esto. No tienes entrenamiento suficiente para manejar una confrontación física en ese ambiente, y yo no puedo cubrirte sin una herramienta básica como un arma. Solo puedo comunicarte lo que veo desde aquí.

Christian se giró hacia Adrian.

—Bueno, eso me tranquiliza. Nada mejor que empezar una misión con confianza.

Adrian lo ignoró y señaló la ventana.

—Desde aquí, podré ver el patio y las habitaciones.

—¿Qué hay del carrete? ¿Dónde debería buscarlo exactamente?

—El objetivo es la oficina en la primera planta. Según el informe, debería estar en uno de los cajones. Solo entra, búscalo y sal. Nada de héroes.

Christian observó el equipo una última vez.

—No me van los héroes.

—Una última cosa —dijo, sosteniendo la mirada de Christian, quien ya estaba en la puerta—. Vas a necesitar distraer a ese Teo. Si lo mantienes fuera de la oficina durante un rato, será más fácil para ti buscar sin interrupciones.

Christian lo observó con cautela.

—¿Y cómo se supone que debo distraerlo? Lo lógico es que yo espere a que baje al bar. Ese lugar está lleno de distracciones. Cuando él esté allí, subo a la oficina, busco el carrete y salgo sin que nadie note nada. Fácil.

Adrian bajó los prismáticos y lo miró con una mezcla de incredulidad y paciencia.

—¿Fácil? ¿Y qué pasa si ese cabrón no baja al bar? ¿Si decide quedarse en la oficina toda la noche? ¿O si alguien más sube mientras tú estás allí? No puedes improvisar en esto.

Christian resopló y se cruzó de brazos.

—Vale, supongamos que no baja. ¿Cuál es tu brillante plan, entonces?

Adrian dejó los prismáticos sobre la mesa y se giró hacia él con esa autoridad que siempre irritaba a Christian, pero que en el fondo le atraía.

—Tú no esperas a que Teo baje al bar. Yo te aviso cuando él esté solo en la oficina, y entonces tú sales al patio y manipulas el panel de control.

Provocas un apagón solo en el primer piso, donde está su oficina.

Las luces del resto del edificio seguirán funcionando, lo que hará que el apagón no parezca algo general.

No parece el tipo de hombre que delegue estas cosas.

Si las luces de su oficina fallan, él mismo bajará al patio para solucionarlo.

Christian lo observó desconfiado.

—¿Y mientras él baja, yo subo y entro en la oficina?

—Exactamente. —Adrian asintió con firmeza—. Su atención estará en resolver el problema. No sospechará que alguien esté dentro.

Christian se quedó pensando.

—No entiendo por qué complicarlo tanto. Basta con esperar a que salga. Con tanta gente en el bar, tarde o temprano bajará.

—Porque no quiero dejar nada al azar.

Christian suspiró.

—Bien. ¿Cómo manipulo el panel de control?

Adrian se acercó a la mesa y sacó del bolsillo un destornillador pequeño y un esquema que había dibujado mientras había pasado horas observando el patio.

—El panel está en el patio, dentro de una caja metálica en la pared del fondo.

Usando los prismáticos pude comprobar que es un sistema viejo y sencillo.

Abres el panel y solo necesitas apagar los interruptores marcados con estas etiquetas.

—Señaló con el dedo una serie de marcas en el esquema—.

Eso cortará las luces del primer piso, pero dejará el resto del edificio funcionando.

Christian guardó el destornillador y examinó el esquema.

—¿Y si alguien me ve allí abajo?

—No lo harán. Estaré observando desde aquí. Si algo parece ir mal, te aviso por el auricular.

Christian levantó la mirada del esquema, aún con dudas.

—Y después, ¿qué pasa cuando Teo baje?

—Tú concéntrate en la oficina. Busca el carrete y sal lo más rápido posible. Yo me encargo del resto.

—¿El resto…?

Adrian se quedó callado.

Christian abrió la boca para preguntar, pero su tono le indicó que no obtendría respuestas.

—De acuerdo —dijo finalmente.

Adrian asintió, tomando los prismáticos de nuevo mientras se giraba hacia la ventana.

—Confía en mí. Todo saldrá bien.

Christian se puso de pie y ajustó los puños de la camisa una última vez.

Salió de la habitación con la sensación de que el plan de Adrian sonaba más a un capricho suyo que a un plan práctico.