Capítulo 35
JERÓNIMO
En una tienda de motos cerca de la casa de su padre, Jerónimo se compró un casco de moto muy barato de segunda mano.
Al regresar, se sentó en el suelo del salón, rodeado de botes de pintura y pinceles y pasó la tarde entera decorando el casco mientras esperaba que su padre regresara o que lo llamara.
El casco de moto era de color negro mate y estaba casi terminado.
Lo había pintado en rojo y blanco con un rayo que atravesaba el costado, inspirado en uno que había visto en una revista de motos.
En la parte posterior, había decidido pintar su inicial, una gran «J» en color plateado, brillando discretamente bajo la luz de la habitación.
Todavía no tenía la moto, pero ya se imaginaba conduciéndola por las calles de Valencia. Había acordado con su padre destinar una parte del dinero a la matrícula de la universidad y los libros, y el resto a la moto. Pintar el casco le daba un sentido de realidad a algo que aún no existía del todo.
Jerónimo sonrió ligeramente mientras dejaba secar la pintura, preguntándose cómo se vería bajo la luz del sol, cuando finalmente pudiera colocarlo sobre su cabeza y salir al mundo.
Su mente era un torbellino de dudas, pero lo único que realmente le martilleaba la cabeza era la Vespa.
Había encontrado la oportunidad perfecta: una Vespa PX150 de segunda mano en perfecto estado y a mitad de precio.
Pero su padre no daba señales de vida, y cada minuto que pasaba, la moto parecía alejarse un poco más de su alcance.
De repente, el teléfono fijo del apartamento sonó, rompiendo el silencio que dominaba el lugar.
El corazón de Jerónimo dio un vuelco. Se levantó rápidamente y lo cogió con la respiración contenida.
—¿Diga?
—Jerónimo, soy yo —era la voz de su padre al otro lado de la línea.
Se quedó inmóvil por un instante. El alivio inicial dio paso rápidamente a una mezcla de emociones: curiosidad, confusión e irritación.
—Papá… ¿Dónde estás?
—Te he llamado varias veces. La vecina Juana me dijo que habías llamado al bar del pueblo. Que habías llamado urgentemente preguntando por mí.
—Papá, has desaparecido sin decir nada.
—No es cierto. Estoy de vacaciones aquí en el pueblo. Desde que me mudé, has venido en contadas ocasiones. No esperaba que vinieras a verme tan pronto. —Terminó la frase sin esconder un tono de reticencia—. ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien.
—¿Entonces?
—¿Por qué no me avisaste? Llevo días sin saber nada de ti, y cuando fui a la oficina me dijeron que estabas enfermo. No entendí nada.
Hubo un momento incómodo de silencio antes de que su padre respondiera, como si buscara una excusa.
—Las cosas en el trabajo han estado pesadas últimamente, y… bueno, pensé que unos días aquí me vendrían bien. No sé a qué viene tanta urgencia. ¿Tu padre no se puede tomar unas vacaciones? ¿O es solo tu madre la que tiene derechos en esta vida?
Jerónimo notó su voz más irritada, sobre todo cuando metía a su madre en la discusión.
—Claro que puedes tomarte unas vacaciones. Pero hay algo importante que tengo que contarte y llevo días que quiero hablar contigo.
—¿Te pasa algo?
Jerónimo pensó en la Vespa.
También en los medicamentos.
—Encontré unas pastillas entre los papeles de la mesa…
—Ah, eso. Son para el colesterol. Me hago mayor.
Jerónimo esperó a que su padre diera alguna explicación adicional mientras observaba el brillo del casco sobre la luz de la tarde que entraba por la ventana, pero no dijo nada.
—¿Cuándo vuelves a casa?
—La semana que viene. Si hubiera sabido que ibas a pasar tan pronto te lo hubiera dicho.
—Vine porque alguien pasó por casualidad por la cafetería y me comentó que era cliente tuyo y había pasado por tu oficina para hablar contigo. Un tal Teo.
Hubo una pausa incómoda.
—Teodoro Montenegro —dijo su padre como si masticara las palabras—. ¿Qué te ha dicho?
—Papá, te lo acabo de contar. Me comentó que pasó por tu oficina y cuando fue, tú no estabas. Le dije que muchas veces estás fuera haciendo visitas a domicilio.
—¿Ha vuelto a pasar?
—No. —Ahora era Jerónimo quien no contaba toda la verdad. Técnicamente, Teo no había pasado por la cafetería.
—Mejor.
—Es que… —Jerónimo intentó buscar las palabras adecuadas para decirle que había aceptado un nuevo trabajo, pero desistió en el último momento e improvisó. No iba a volver al club de todas maneras—: Estaba preocupado.
—Jero, no hay nada de qué preocuparse.
—¿Las pastillas son solo para el colesterol? —insistió.
—Ya te he dicho que sí.
—¿Y las otras?
—¿Qué otras? Son para el maldito colesterol. Me las dejé olvidadas encima de la mesa y estoy mejor que nunca aquí en el pueblo. Escucha, si hay alguien que pregunta por mí, le dices que estoy en Madrid en un curso, que vuelvo en unos días. La gente es muy curiosa. Bueno, voy al bar a cenar.
—Eh…
—¿Qué?
Jerónimo deslizó los dedos por el casco con cuidado de no dejar marcas en la pintura fresca.
—Papá, ya tengo la moto que estaba buscando.
No es la Vespa PX200, pero es un modelo similar.
Es una PX150. Y lo mejor de todo es que al ser de segunda mano, solo cuesta la mitad.
Totalmente nueva porque ya he ido a verla.
Es una ganga, de verdad. Así que he hablado con el chaval que la vende.
Bueno, su primo, y hay otra gente interesada, así que la tengo que comprar ya.
Es que está a mitad de precio y muy chula… ¿Papá?
—Lo hablamos cuando vuelva.
Jerónimo no podía esperar
—Cuando vuelvas será tarde. Tengo que decirle algo o la pierdo.
—He dicho que lo hablaremos cuando vuelva. Parece que en Valencia hay más motos que coches…
—Ya lo hemos hablado. Me dijiste que me ibas a ayudar.
—Pero primero tenías que ahorrar para pagar la matrícula de la universidad y los libros.
—Si pido la beca, no tengo que pagar la matrícula, pero la moto se la llevan si no le digo nada —replicó.
—Y también hay tiempo para la moto.
—No me estás escuchando. Te estoy diciendo que es una ganga. Además, todos mis amigos tienen moto.
—Jerónimo —le cortó el padre—, lo de la moto lo miraremos para más adelante. Quedamos para después de Navidad.
—Pero papá, es que es una oportunidad muy buena y está como nueva a mitad de precio.
—Ya habrá otras.
—Tú dijiste que me ayudarías.
—Tendrías que pensar primero en terminar el C.O.U. y ahorrar un poco de dinero.
—Ya te he dicho que sí —dijo levantando la voz—, lo que pasa es que si no le digo nada, perderé la moto. Y es la que quiero.
—Lo miraremos cuando pasen las fiestas. No me puedo creer que tengamos esta conversación por teléfono.
—Pues entonces di que sí y se lo digo al dueño.
—Basta. Te estoy diciendo que lo hablamos cuando vuelva.
—Es que cuando vuelvas será muy tarde.
—Me cago en la puta. ¿Es que no hay más motos en Valencia?
—Pero no a ese precio. Siempre haces lo mismo.
—Vas a cumplir veinte años y tienes que madurar. Has repetido C.O.U., así que espero que cuando lo termines tengas claro lo que vas a estudiar.
Jerónimo apretó el teléfono.
—¿Y si no tengo claro lo que voy a estudiar?
—Algo tienes que hacer en esta vida.
—A lo mejor solo quiero trabajar.
—Tienes que sacarte unos estudios.
—Pues necesito una moto para ir a la universidad. —Hasta él notó su tono infantil al decir esto.
—¡Basta, Jerónimo! —gritó su padre—. Te he dicho que ya lo hablaremos. Ahí lo dejamos.
Aquellas últimas palabras avivaron el fuego que ya quemaba en el pecho de Jerónimo.
—¿Sabes qué? No necesito tu dinero para comprarme la moto.
He estado toda la noche sirviendo copas en un club gay de viejos que beben champán y fuman puros vestido con un uniforme ridículo, y he sacado en propinas lo que gano en varios días sirviendo cafés y me da igual lo que pienses.
—Las palabras salieron como golpes derribando las puertas de un armario cerrado hacía unos años.
Pero Jerónimo sabía que no le daba igual lo que pensara su padre. Sintió una mezcla de rabia y vergüenza por haber soltado todo aquello.
No hubo ninguna respuesta al otro lado de la línea.
Jerónimo sabía por qué y se dijo que era un cobarde.
Un cobarde porque su padre colgó con sus últimas palabras «ahí lo dejamos» y no escuchó la confesión de su hijo.
Al otro lado de la línea, solo quedaba el pitido monótono que marcaba el final de la llamada.