Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 34
47%

Capítulo 34

JERÓNIMO

Con el teléfono apoyado en la palma de su mano, Jerónimo se sentó en el borde del sofá. Marcó el número de la casa del pueblo y esperó a que diera señal.

Uno, dos, tres tonos.

Contuvo el aliento, esperando oír la voz de su padre al otro lado.

Cuatro, cinco, seis.

Finalmente, tras un largo minuto, colgó el teléfono con un suspiro frustrado.

Entró en la cocina y buscó un paquete de galletas.

Sentado en el sofá, miró la nada mientras masticaba mecánicamente.

Cuando llegó a la quinta galleta, tuvo una idea.

Se levantó, dejó el paquete de galletas a un lado y fue hasta el mueble del comedor.

Allí estaba la vieja guía de las páginas amarillas. La ojeó rápidamente hasta encontrar el número del bar del pueblo donde su familia solía cenar en las calurosas noches de verano. Marcó el número, sintiendo una ligera esperanza. Tras unos tonos, alguien contestó la llamada.

—Bar El Rincón, ¿dígame? —se oyó una voz ronca y enérgica al otro lado.

—Hola, buenas tardes. Soy Jerónimo, el hijo de Antonio… —empezó, titubeando un poco.

—¿Antonio? ¿Qué Antonio?

—Mi padre, Antonio, el que tiene la casa en el camino de la ermita… A menudo comemos allí cuando estamos de vacaciones en el pueblo. ¿Se acuerda?

El dueño del bar permaneció en silencio unos segundos.

—Aquí vienen muchos Antonios, chaval. ¿Tiene bigote?

—No, no, mi padre no tiene bigote. Mi padre tiene una vieja casa cerca del camino de la ermita…

Tiene un Renault 25 rojo. Siempre lo aparca en la plazoleta al lado de la tienda de María —explicó Jerónimo, recordando que no podía aparcar en la puerta de la casa porque la calle era muy estrecha y lo dejaba unos metros más abajo al terminar la calle que daba al bar El Rincón.

—¡Ah, sí, me acuerdo! Ahora sí que sé quién es. Ese Renault 25 rojo. Se las veía putas para aparcar.

—¡Sí, ese! —respondió Jerónimo con una mezcla de alivio y urgencia—. Estoy intentando localizar a mi padre. No responde al teléfono y me preguntaba si podría hacerme el favor de pasar por la casa para ver si está.

—A ver, hijo, estoy aquí en el bar y pronto se llena de gente… No puedo dejar esto ahora mismo.

—¿O en algún momento del día?

—Espera, sí. Mando a mi nieta que está a punto de llegar, a ver si echa un vistazo y te llamo luego, ¿qué te parece?

—Se lo agradecería mucho, de verdad.

—Vale, vale, chaval, no te preocupes. Le digo a la niña que se acerque en un rato, ¿eh? Cuando sepa algo, te llamo. Pásame tu número.

—Gracias.

—Nada, nada.

Jerónimo le dio el número de teléfono y se dejó caer en el sofá. El paquete de galletas quedó olvidado a un lado mientras su mente corría en círculos esperando a que la nieta del dueño le diera una respuesta. Continuó con la sexta galleta.

Una hora más tarde, el sonido del teléfono interrumpió el silencio pesado que llenaba el comedor. Jerónimo, que se había quedado medio dormido en el sofá con la guía de teléfonos aún abierta en su regazo, dio un respingo y se apresuró a contestar.

—¿Sí?

—Soy Manolo del bar El Rincón. Ya le dije a la niña que pasara por la casa de tu padre.

—¿Y? ¿Está allí? —interrumpió Jerónimo.

—Bueno… Mi nieta me ha dicho que la casa está cerrada y no hay señales de tu padre ni del coche.

—Gracias, y perdone las molestias…

—Quieto parao . —El tono brusco del hombre lo detuvo—. Tiene mucha prisa esta juventud. La niña habló con la vecina, y, según ella, el coche estuvo aparcado allí un par de días, pero ya no está. Así que tu padre está por aquí.

Una garra invisible le estrujó el estómago, comprimiendo el paquete de galletas.

—¿Habló mi padre con alguien?

—Pues… Eso no lo sé, pero la vecina Juana va a estar atenta. Mi nieta le dijo que avisara a tu padre de que lo estás buscando y que te llame a casa en Valencia.

—Gracias, de verdad. Me quedo más tranquilo.

—No te preocupes, chaval. En cuanto sepa algo la Juana, te avisa.

Jerónimo colgó y dejó el teléfono sobre la mesa. El silencio volvió a llenar la casa, mientras él se llevaba las manos a la cabeza. Saber que su padre no estaba en la casa del pueblo, pero que el coche había estado allí unos días, lo inquietó aún más.

El coche había estado aparcado, lo que significaba que su padre había pasado un tiempo en el pueblo. Quizá simplemente había querido desconectar. No era algo raro en él.

Pero la medicación lo complicaba todo. Volvió a mirar las pastillas sobre la mesa, como si estas pudieran ofrecerle una respuesta que no llegaba. No le preocupaba que su padre estuviera en el pueblo, sino si seguía el tratamiento. No debería mezclar las dos cosas, pensó.

Se tumbó en el sofá y mientras terminaba las últimas galletas se le ocurrió cómo pasar el tiempo mientras esperaba a que su padre diera señales de vida. Con el dinero que había ganado extra, salió de casa para comprarse un casco de moto, sin escuchar la segunda llamada del teléfono.