Capítulo 32
MIGUEL
Miguel disfrutaba de un raro momento de calma en casa. Sentado en su sillón favorito junto a la ventana, la luz cálida del mediodía iluminaba un crucigrama a medio resolver. El bolígrafo descansaba en su mano, y desde la cocina, llegaba el aroma de la comida que preparaba su mujer.
En el salón, las voces de los niños llenaban el aire con una interminable discusión. El más pequeño quería ver Bola de Drac , mientras que el mayor insistía en un programa de deportes.
El timbre del teléfono fijo rompió la escena con su sonido insistente. Miguel frunció el ceño y dejó el bolígrafo a un lado.
—Deja a tu hermano pequeño que vea los dibujos animados y tú te quedas más tarde viendo la tele si quieres, que es fin de semana, pero os calláis ya.
Acto seguido cogió el teléfono.
—¿Miguel? Soy Jerónimo, el hijo de Antonio.
Miguel se incorporó de inmediato.
—¿Está todo bien?
—No. No ha vuelto. He estado toda la mañana esperando y no hay señales de mi padre. ¿Qué hago?
Miguel se pasó una mano por su frente, donde la calvicie ganaba cada vez más terreno. Se levantó del sillón, alejándose del ruido de los niños, y fue a la cocina. Desde allí, lanzó una mirada a su mujer, que lo observó brevemente antes de volver a remover la olla.
—Ayer hice un par de preguntas en la oficina. Ya sabes, por si alguien sabía algo más de tu padre.
—¿Y?
Miguel tragó saliva y cerró los ojos un instante. Había oído rumores: un compañero le comentó que la policía había estado en contacto con Antonio, posiblemente en relación con pruebas de algún cliente suyo. Al día siguiente, Antonio se quedó en casa con la excusa de un catarro.
—No mucho más de lo que ya sabes —dijo finalmente, eligiendo cada palabra con cuidado—. Tu padre está de vacaciones.
—¿Y si le ha pasado algo? —insistió Jerónimo.
Miguel respiró hondo.
—Escúchame. Tu padre es precavido. Si se tomó unos días, es porque necesitaba despejarse. Últimamente estaba… cargado.
—¿Cargado? No entiendo.
Miguel apoyó la espalda contra la pared.
—Estaba algo más estresado que de costumbre, pero siempre ha sabido cuidar de sí mismo. Lo mejor que puedes hacer ahora es no preocuparte de más. Si mañana no hay noticias, me llamas de nuevo y lo resolvemos juntos, ¿de acuerdo?
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Finalmente, Jerónimo aceptó.
—Gracias, Miguel. Te llamaré.
—Hazlo. Pero no te preocupes más.
Miguel colgó el teléfono y se quedó inmóvil, con la mirada perdida en el crucigrama que había dejado a medias. ¿Por qué Antonio no le había dicho nada a su hijo?
—¿Todo bien? —preguntó su mujer desde la cocina.
—Sí, sí… todo bien —respondió Miguel, volviendo al sillón.
Durante la comida, Miguel no logró sacudirse la sensación de que algo no encajaba.