Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 31
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Capítulo 31

JERÓNIMO

El aire fresco de la noche lo recibió como una bocanada de oxígeno tras contener la respiración durante horas cuando Jerónimo salió del club.

El lugar, cargado de humo y miradas que lo desnudaban más que el propio uniforme ajustado, quedaba atrás como un mal recuerdo.

Teo insistió en que Jerónimo cogiera un taxi que lo estaba esperando para llevarlo a casa.

—Es muy tarde para ir solo por estas calles —dijo mientras abría la puerta del coche.

Antes de que Jerónimo pudiera subir, Trini apareció y se detuvo a pocos centímetros de él.

—Tienes unos ojos verdes muy bonitos —murmuró arrastrando las palabras. Luego, sin previo aviso, se despidió con un beso.

El gesto lo desconcertó por dos razones. La primera, por la inesperada muestra de cariño. La segunda, porque el beso fue en los labios. Nervioso, Jerónimo retrocedió un paso y se metió en el coche. Teo, habitualmente atento, le cerró la puerta y se inclinó hacia la ventanilla.

—Te manejas bien en el bar. Eres rápido, eficiente. Justo lo que necesito. No cualquiera encaja aquí. Tienes algo distinto, algo que llama la atención. —Con un movimiento suave, le acarició la mejilla—. Mañana sábado, a la misma hora.

Jerónimo se quedó rígido y se esforzó por dibujar una sonrisa convincente.

—Claro. —Aunque en su interior era un rotundo «no».

Teo mantuvo la mirada, evaluándolo, antes de añadir:

—Con el dinero podrías invitar a tu padre a comer a algún restaurante. ¿Has hablado ya con él?

—Aún no...

—Pues si lo ves, le dices que me pasaré a última hora por su oficina.

El taxi arrancó suavemente y dejó atrás el club.

Jerónimo se hundió en el asiento con un suspiro cargado de tensión.

El aire fresco del interior del coche fue un alivio, pero no lo suficiente para despejar la confusión que sentía.

El recuerdo del beso de Trini, la mano de Teo en su mejilla y las miradas incisivas de los clientes…

todo se mezclaba en su cabeza y creaba una sensación de malestar que no lograba sacudirse.

El conductor, un hombre mayor con expresión cansada, lo observó por el retrovisor un par de veces, como si quisiera entablar conversación, pero finalmente se limitó a conducir en silencio por las calles vacías.

Mientras el taxi avanzaba, recordó al chico que había visto bajar de las escaleras. La camisa manchada y el cabello pegado por el sudor seguían grabados en su mente. Era una imagen que se retorcía como un mal presagio. Algo profundamente perturbador.

El taxi se dirigía al apartamento de su padre.

Jerónimo apenas parpadeaba, con la mirada fija en la bolsa negra que descansaba sobre su regazo.

Aquel chaleco apretado y ridículo lo había dejado expuesto como nunca antes.

Sentía las miradas de todos en el club, examinándolo, y él…

él solo había seguido las órdenes: servir copas y sonreír.

Sí, el uniforme era humillante, pero nadie le había pedido nada más allá de eso.

Teo le había hablado maravillas sobre el lugar, aunque omitió un detalle crucial: la clientela era hombres gays, muchos de ellos turistas.

Teo daba por sentado que a Jerónimo no le importaría.

No había visto drogas, pero no le habría sorprendido que algún madurito se hiciera una raya en el baño.

Aun así, Teo había cumplido su parte. El trabajo no había sido tan difícil y el dinero que ganó esa noche superaba con creces lo que podía ganar en varios días, incluso cerrando turno en la cafetería.

Pero el pensamiento de su padre lo inquietaba.

¿Qué diría si supiera que su hijo trabajaba en un club gay lleno de turistas maduros fumando puros habaneros?

La imagen de decepción en el rostro de su padre era algo a lo que no estaba dispuesto a enfrentarse.

Sabía que tendría que contárselo, aunque no quería que lo descubriera así.

Para Teo no había dudas: volvería al día siguiente, pero él sabía que no. Ni el club, ni Teo, ni esa noche encajaban en su vida. Todo aquello quedaría atrás. Su padre le ayudaría a comprarse la Vespa. Eso era lo que importaba ahora.

—Joven, hemos llegado —anunció el conductor sacándolo de sus pensamientos.

Jerónimo miró por la ventanilla el edificio, bajó y caminó hacia el apartamento. Esa noche, se quedaría allí, esperando su regreso.

Subió las escaleras y abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarlo en pijama, listo para alguna de sus charlas tardías. Pero el apartamento estaba exactamente igual que la noche anterior… y la anterior a esa.

El tendedero con la ropa colgada seguía inmóvil y la mesa del comedor continuaba cubierta de papeles desordenados. Todo estaba inalterado, como si el tiempo no hubiese avanzado.

Su padre no había aparecido por segunda noche consecutiva, y esta vez, un mal presentimiento le oprimió el pecho.

Retorció la bolsa negra entre las manos al llegar a la puerta, como si eso pudiera borrar cualquier rastro de lo que contenía.

Dejó caer su chaqueta en una silla y se sentó en el sofá, mirando alrededor.

Todo estaba igual de desordenado que la última vez que había venido y el vacío de la casa le pesaba más que nunca.

Sacó de los bolsillos las monedas y billetes que había acumulado. Era más de lo que ganaba en varios días en la cafetería, pero no sintió la satisfacción que esperaba.

Tuvo hambre. En la cocina, revisó el frigorífico y encontró algo de fiambre. Se preparó un bocadillo de jamón y chorizo, preguntándose por enésima vez: ¿Dónde se habrá metido su padre?

Con el bocadillo en la mano, regresó al comedor.

Empujó los papeles hacia un lado para hacerse un hueco.

Sus ojos se detuvieron en algo que lo hizo tensarse.

Encima de la mesa, justo al borde, había dos tiras de medicamentos, sueltas entre los papeles.

El estómago se le convirtió en un puño cerrado.

Bajó las manos y dejó el bocadillo en el plato.

Examinó las tiras. En una podía leerse Ramipril 5 mg; en la otra, Atorvastatina 10 mg. No había cajas ni prospectos que indicaran para qué servían. Siete pastillas faltaban en cada tira.

El Ramipril era una cápsula pequeña, blanca y sin inscripciones visibles. La Atorvastatina , más gruesa, tenía un tono rosado pálido.

Jerónimo se desplomó en el sofá con las tiras de medicamentos en las manos.

Las preguntas lo asaltaban: su trabajo, su padre…

Y la creciente sensación de que algo iba mal.

Estrujó la manta del sofá, intentando hallar algo de consuelo.

Tenía que hacer algo, se repetía. Pero el cansancio lo venció.

Antes de cerrar los ojos, decidió que lo primero sería llevar las pastillas a una farmacia y averiguar para qué servían.

Finalmente, el agotamiento lo venció.

Cuando despertó, la luz que entraba por el balcón era tenue. Estaba amaneciendo. Se frotó los ojos y al incorporarse, vio el bocadillo intacto sobre la mesa, junto con los papeles que no había terminado de ordenar.