Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 29
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Capítulo 29

JERÓNIMO

Las luces tenues y el sonido suave de música caribeña llenaban el ambiente.

Llegaron más clientes al club. Eran dos hombres de traje con relojes que probablemente costaban más que el salario anual de cualquiera de ellos.

Uno llevaba un puro en la mano y el otro un bastón, que claramente era más un accesorio que una necesidad.

Lucas le dio un leve empujón a Jerónimo con el codo.

—Esos dos a menudo piden lo mismo. Whisky doble con hielo. Los vasos están ahí. Vamos, es tu turno.

Jerónimo tomó aire y se dirigió hacia los hombres, sintiendo el peso de sus miradas mientras se acercaba.

—Buenas noches, caballeros. ¿Qué puedo ofrecerles?

Uno de los hombres lo miró de arriba abajo antes de responder con una sonrisa curiosa.

— Whisky doble. Con hielo.

Jerónimo asintió y trató de mantener una sonrisa natural mientras regresaba a la barra para preparar las bebidas.

Lucas, desde el otro lado, le lanzó una mirada de aprobación.

—Vas bien, novato.

Jerónimo colocó los vasos en la bandeja, los llevó a la mesa y los dejó frente a los clientes con cuidado. Uno de ellos dejó un billete encima, doblado con precisión.

—Gracias, chaval —dijo mientras encendía su puro con calma.

Jerónimo regresó a la barra con el billete en la mano, disimulando su nerviosismo.

Lucas esbozó una sonrisa burlona.

—¿Ves? Es fácil. Ahora prepárate, la noche apenas comienza.

Jerónimo miró hacia la puerta, por donde seguían entrando clientes.

Poco a poco, llegaron más hombres. Todos parecían salidos de un anuncio de perfumes de alta gama: camisas de algodón, chaquetas de corte impecable, relojes de lujo y un aire de sofisticación propio de quienes no conocen la prisa.

Teo le había dicho que aquel era un club exclusivo, y lo era.

Pero omitió un detalle: lo era solo para hombres.

Lucas apenas le dirigía la palabra más allá de las indicaciones básicas.

Jerónimo, nervioso, servía whisky , ron añejo y, ocasionalmente, encendía algún puro.

Cada vez que dejaba un vaso en la barra y recibía propinas, las monedas o billetes que caían en su mano parecían multiplicarse en comparación con lo que solía ganar en la cafetería.

Vestido con el chaleco ajustado y el uniforme que aún le resultaba incómodo, intentaba moverse con naturalidad.

Sin embargo, no podía ignorar las miradas constantes de los clientes, ni las de Trini y Teo, que lo observaban desde un rincón con sonrisas cómplices, evaluándolo como si fuera un nuevo juguete en su colección.

De repente, Teo hizo un gesto con la mano.

—Jerónimo, ve a esa mesa del fondo —ordenó, señalando un rincón apartado del bar.

En la mesa estaba sentado un hombre de unos cincuenta años. Llevaba una camisa color hueso y un suéter negro atado con descuido alrededor de los hombros. Con el cabello entrecano perfectamente peinado y una postura relajada, irradiaba autoridad.

— Whisky y un puro Cohiba Espléndido —pidió el cliente, sin molestarse en mirarlo.

Jerónimo sirvió la bebida con cuidado, encendió el puro y observó cómo el hombre lo tomaba con calma, saboreando cada detalle del momento.

Luego puso unos billetes encima de la mesa.

—Esto es por el whisky y el puro, y estas mil pesetas son para ti. —Cuando el cliente deslizó los billetes, lo hizo con una lentitud estudiada, disfrutando del poder implícito en aquel gesto.

Jerónimo acercó la mano para recogerlos, pero el hombre no soltó los billetes. Sus miradas se encontraron. Había algo inquietante en los ojos del cliente, una mezcla de curiosidad y control que hizo que Jerónimo se quedara inmóvil, como si estuviera siendo diseccionado.

El perfume amaderado del hombre y el aroma del puro creaban una atmósfera densa y opresiva. El silencio entre ambos se alargó y la música caribeña, suave y constante, pareció desvanecerse. Finalmente, el cliente soltó los billetes.

—Gracias, chico —dijo con una voz grave y pausada que parecía arrastrar las palabras cargándolas de intención.

Con los billetes en la mano, Jerónimo se dio la vuelta y regresó a la barra, notando la mirada del hombre clavada en su espalda como una daga.

Lucas preparaba una bandeja de copas cuando lo observó de reojo.

—¿Qué pasa, novato? —preguntó colocando rodajas de limón en un vaso—. ¿Te ha asustado el caballero del fondo?

Jerónimo intentó parecer indiferente, aunque su voz lo traicionó.

—¿Quién es?

Lucas rio por lo bajo y lanzó una mirada rápida hacia la mesa del cliente.

—Ese es uno de los intocables. Mejor no preguntes demasiado. Sirve, sonríe y haz que se sienta como un rey. Si lo haces bien, te irá mejor aquí.

Oír, ver y callar.

Jerónimo asintió mientras su mano apretaba las mil pesetas. No le gustaba la idea de ser observado de esa manera, pero tampoco podía negar que las propinas le sabían a victoria y le recordaban por qué estaba ahí.

Teo, que observaba desde la distancia, se acercó con su característica sonrisa relajada y una copa de whisky en la mano.

—Jerónimo, lo has hecho bien —dijo, dándole una palmada en el hombro—. Ese hombre aprecia los detalles. Le gusta que todo esté perfecto. Y tú… bueno, tienes algo especial.

—Gracias —respondió Jerónimo, sin saber si sentirse halagado o preocupado.

—Ahora vuelve a la barra.

La noche avanzó y el flujo de clientes se mantuvo constante. Algunos eran habituales, otros nuevos. Todos parecían seguir el mismo ritual: una bebida, un puro y una conversación superficial.

Por el momento, decidió centrarse en el único motivo que lo había llevado allí: la Vespa. Si jugaba bien sus cartas, pronto la tendría en sus manos.