Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 28
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Capítulo 28

JERÓNIMO

—¡Jerónimo, chico! —exclamó Teo mientras se acercaba, acompañado por otro joven que lo seguía en silencio.

Teo llevaba una chaqueta de terciopelo negro que reflejaba las luces cálidas del club, combinada con una camisa que revelaba una cadena de oro.

Sus pantalones ajustados y unos zapatos de charol relucían con cada paso.

Irradiaba confianza como si fuera el anfitrión de la noche.

Sin esperar respuesta, Teo lo abrazó con efusividad, como si fueran amigos de toda la vida.

—¡Qué alegría verte aquí! Sabía que tomarías la decisión correcta. Déjame verte… —Lo sujetó por los hombros y lo giró ligeramente para evaluarlo—. Estás perfecto, tal y como lo imaginé.

Mientras hablaba, el joven que lo acompañaba empezó a desvestirse sin reparos, quitándose la camiseta y desabrochándose los pantalones con movimientos rápidos y seguros, como si formara parte de una rutina diaria.

Jerónimo no pudo evitar sentirse fuera de lugar, observando cómo el chico se ponía el mismo uniforme que él llevaba. Se sintió como un niño intentando jugar en un mundo de adultos.

Teo, indiferente al desconcierto en su rostro, continuó con su monólogo:

—Te irá bien, ya lo verás. Este sitio… tiene potencial. Y tú encajas a la perfección. —Su mirada aguda recorrió nuevamente a Jerónimo mientras se rascaba la nariz—. Estilo, elegancia y ese toque… inocente.

Sacó un purito de una pitillera de plata que brilló bajo las luces y lo colocó en sus labios, mirando a Jerónimo como esperando algo. Jerónimo lo observó, confundido.

—Venga —dijo Teo haciendo un leve gesto con la cabeza.

El joven que lo acompañaba, ahora vestido con el uniforme, se acercó con un mechero y encendió el purito. Teo aspiró profundamente y exhaló el humo con un placer teatral.

—Eso es —dijo con una sonrisa entre dientes, dando una palmada en el hombro del joven—.

Este es Lucas. —Señaló al joven, que permanecía inexpresivo—.

Va a ser tu compañero en la barra. Es un buen chico.

Ya se ha hecho a la vida aquí. Aprende de él y no te preocupes, entre los dos lo haréis de maravilla.

Lucas, un joven de complexión fuerte y ojos oscuros, lo miró con una expresión más fría que amistosa.

Teo les dedicó una última sonrisa antes de continuar:

—Este club, Jerónimo, no es cualquier cosa.

Es único en Valencia. Aquí ofrecemos lo que no encontrarás en ningún otro sitio: exclusividad, lujo y los mejores habanos traídos directamente de Cuba.

—Aspiró otra bocanada de humo—. Pero bueno, ya irás entendiendo cómo funciona. Tengo cosas que hacer. Os dejo.

Se dio la vuelta y desapareció con la misma seguridad con la que había llegado.

Lucas no perdió el tiempo. Señaló la barra y comenzó a hablar con tono práctico:

—No es complicado. Aquí están los vasos, las bandejas y las botellas.

Todo tiene su sitio. Que no se te ocurra mezclar las marcas caras con las más baratas.

Hay clientes que lo notan. Y otra cosa: tienes que tratar a los clientes con respeto, entender lo que buscan.

Algunos solo quieren un trago, otros simplemente charlar. Como en las películas.

—Como en las películas… —repitió Jerónimo, sin entender del todo a qué se refería.

Lucas se inclinó hacia él y bajó la voz:

—Mira, te lo voy a dejar claro. Aquí se gana bien, pero hay reglas. La primera: oír. La segunda: ver. La tercera: callar. ¿Entendido?

Él asintió lentamente mientras la advertencia de Lucas se quedaba flotando en el aire como una nube densa de humo.

Oír, ver y callar.

Lucas no parecía molesto ni agresivo; simplemente hablaba con la experiencia de alguien que ya conocía las sombras que envolvían aquel lugar.

—Tranquilo —añadió bajando la intensidad de su tono—. El primer día es siempre el más raro. Pero si haces lo que te digo, todo irá bien.

Jerónimo se acercó a la barra, siguiéndolo.

Se quedó mirando las botellas y trató de recordar lo que Trini le había dicho sobre no mezclar marcas.

Su mirada se posó en un grupo de vasos cuidadosamente alineados en un estante superior.

Todo parecía perfectamente calculado, como si estuviera diseñado para impresionar.

Lucas organizó las bandejas y repasó dónde estaba cada cosa.

—A ver, esto es fácil. Tú céntrate en servir y recoger.

Yo me encargo de los pedidos más complicados.

Y si alguien te pide un cóctel raro, me lo pasas directamente a mí.

No inventes, que aquí no les gusta que les sirvan cualquier cosa.

Si te ganas al cliente, las propinas no serán un problema.

A algunos les gusta sentirse atendidos. Otros solo quieren alguien con quien hablar.

Tú, sonríe y asiente. Eso ya es la mitad del trabajo.

Jerónimo asintió de nuevo, sin saber qué más decir.

—Primero llegarán los que solo quieren tomar algo y fumar. Esos son los fáciles. —Lucas se inclinó hacia él y habló más bajo—. Pero más tarde… bueno, ya verás.

Antes de que Jerónimo pudiera preguntar a qué se refería, Teo regresó acompañado de Trini.

Trini, que había desaparecido antes subiendo las escaleras con aire indiferente y un cigarrillo colgando de sus dedos, volvió transformado.

Ahora lucía un abrigo de visón oscuro que caía sobre sus hombros con una elegancia ostentosa.

Sin embargo, lo que capturaba las miradas era el vestido morado ceñido que delineaba cada curva, evocando a una vedette de los años setenta.

El maquillaje estaba impecable y los labios, pintados de un rojo intenso, añadían un contraste casi dramático con su piel pálida.

—¿Listos, chicos? —anunció Teo con una amplia sonrisa, como si aquella extravagancia fuera lo más natural del mundo—. Esta noche promete.

Teo cruzó el salón con pasos seguros y abrió la puerta del club.

Lucas reaccionó de inmediato, sirviendo un whisky para Teo y un vermut para Trini.

Ambos tomaron sus copas al unísono, con una sincronía que parecía ensayada.

Encendieron sus respectivos puros y exhalaron el humo al mismo tiempo, mientras intercambiaban sonrisas cómplices, como amantes que compartían un secreto.

Fue en ese momento cuando Jerónimo empezó a preguntarse si esa clientela adinerada era mixta o exclusivamente masculina. La respuesta no tardó en llegar.

Entró la primera pareja de clientes. Parecían sacados de un catálogo de Lacoste: camisas impecables, peinados perfectos y un aire despreocupado.

—Una botella de champán Moët & Chandon y dos copas. Toma, quédate la vuelta —dijo uno de ellos, dejando un billete sobre la barra.

Lucas los atendió con eficiencia, manteniendo una sonrisa profesional. Dejó a un lado una moneda de quinientas pesetas y dos de veinticinco. Jerónimo, que observaba en silencio, hizo cálculos mentalmente: aquella propina equivalía a casi una hora de su trabajo en la cafetería.

Lucas lo notó y le guiñó un ojo.

—Bienvenido al club, novato.