Capítulo 27
JERÓNIMO
Más tarde, Trini bajó de la primera planta con una bolsa negra con ropa.
—Ponte esto —ordenó.
Jerónimo metió la mano con curiosidad y no le gustó lo que encontró.
—¿En serio? ¿Es… es esto el uniforme?
—No es una opción. Es lo que hay. Así que cámbiate. —Trini encendió un cigarrillo, dejándolo colgar de sus labios.
Jerónimo apretó los dientes, agarró la bolsa y se dirigió al baño.
Cerró la puerta y la apoyó contra el marco como si necesitara prepararse para lo que estaba a punto de hacer. Lo que sacó de la bolsa se parecía más a un disfraz de Halloween que a un uniforme de camarero.
Primero sacó el chaleco negro. Lo sostuvo frente a él, observando los ribetes blancos que intentaban simular la elegancia de un esmoquin.
Aunque bien alineados, los botones eran meramente decorativos y el profundo escote dejaba claro que la prenda estaba diseñada más para exhibir que para cubrir.
Cuando se lo puso, la tela le quedó tan ajustada que parecía que se estaba probando una prenda dos tallas más pequeña.
No había camisa y el pantalón, si es que podía llamarlo así, era una prenda mínima: unos bóxers de rejilla negra que apenas cubrían lo necesario.
El toque final fue una pajarita negra con destellos brillantes y unos puños de camisa blancos con pequeños botones negros que se colocaban en las muñecas.
Jerónimo se miró al espejo y sintió vergüenza.
Parecía que iba vestido como uno de esos bailarines de discoteca, pero este era un club exclusivo.
Gente adinerada. Quizás alguna vieja rica alemana con mirada lasciva y él tendría que aprender a concentrarse en su trabajo.
Nadie lo obligaba a quedarse, pero la curiosidad de las propinas era muy tentadora.
Pensó en la Vespa y apretó la mandíbula frente al espejo.
Una noche y a ver qué tal, se dijo mientras se ajustaba la pajarita.
El chaleco estaba tan apretado que cada movimiento amenazaba con hacer saltar las costuras.
Salió del baño y sintió que todos los ojos del mundo se clavaban en él, aunque el lugar estaba vacío.
—El chaleco me queda demasiado pequeño.
Trini lo examinó de arriba abajo.
—La talla es perfecta. Deberías acostumbrarte. Cuanto más ajustado, mejor te queda. Yo también tengo que cambiarme. Termina los espejos y ahora vuelvo —le ordenó sin esperar respuesta. Se dio la vuelta y subió las escaleras.
Observó a Trini subir y se preguntó qué habría en la planta superior.
El silencio del club amplificaba cada sonido: desde el eco de los pasos de Trini hasta el crujir de las escaleras.
Terminó los espejos con movimientos automáticos, pero no podía dejar de pensar en lo que significaba este trabajo y quiénes eran las personas que llegarían esa noche.
Cuando terminó con los espejos, se quedó un momento inmóvil frente a uno de ellos.
Observó su reflejo con detenimiento. El chaleco, los bóxers de rejilla y la pajarita eran un atuendo completamente ajeno a lo que había imaginado cuando Teo le habló del club.
Se sintió expuesto, como si cada costura del uniforme revelara más de lo que quería mostrar.
Apretó los puños. Solo una noche, se repitió.
Mientras guardaba los trapos y el limpiador, escuchó pasos descender de las escaleras. Trini apareció con un cigarrillo en la mano y una sonrisa burlona en la cara.
—¿Por qué yo tengo que ir así? —preguntó Jerónimo.
—Porque tú eres nuevo, y los nuevos tienen que ganarse el puesto. —Dio una calada antes de continuar—. Además, créeme, este uniforme no es para siempre. Es solo… una primera impresión.
Jerónimo frunció el ceño.
—¿Qué clase de primera impresión?
Trini se inclinó hacia él, acercando su rostro lo suficiente como para que Jerónimo pudiera notar el perfume dulce y fuerte que llevaba.
—Una que haga que los clientes quieran verte más tiempo, querido. Este club es exclusivo porque los clientes pagan por sentirse especiales. Y tú… bueno, tú eres parte del paquete.
Un escalofrío le recorrió la espalda, obligándolo a tensar los hombros, aunque mantuvo el silencio.
—Mira, no te pongas filosófico ahora. Haz lo que tengas que hacer, sonríe y recoge las propinas al final de la noche. Si no te gusta, no vuelves. Pero si te funciona… créeme, no querrás irte.
Dicho esto, Trini se dio la vuelta y caminó hacia la barra. Jerónimo lo siguió con la mirada, intentando procesar sus palabras.
En ese momento, escuchó el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta principal. Ambos se giraron.
—Ahí viene Teo —dijo Trini con una sonrisa irónica—. Prepárate para la fiesta.