Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 26
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Capítulo 26

JERÓNIMO

Era la primera noche de trabajo en el club y Jerónimo no sabía muy bien qué esperar.

El Barrio del Carmen era un laberinto de calles estrechas y sinuosas.

Sus edificios, marcados por un pasado vibrante, parecían atrapados en una maraña de tiempo.

Las fachadas alternaban entre restauraciones elegantes y decadencia melancólica, reflejo de una ciudad indecisa entre avanzar o quedarse atrapada en su propia nostalgia.

La fachada del club destacaba en medio de esa ambigüedad.

Restaurada con esmero, lucía un emblema dorado sobre una puerta de caoba: dos habanos cruzados bajo una «C» en cursiva, rodeada por laureles dorados.

«El Club La Habana» presumía de ser el único lugar en Valencia donde se podía disfrutar de puros habanos en un entorno discreto y exclusivo.

Jerónimo rodeó el edificio para llegar a la entrada trasera, tal como le había indicado Teo.

La puerta gris, reforzada con enrejados decorativos propios de las antiguas casas señoriales de Valencia, se alzaba imponente.

Golpeó con los nudillos y esperó.

Unos segundos después, un hombre apareció en el umbral.

Era alto, enjuto y tenía una apariencia andrógina.

Un cigarrillo colgaba de sus dedos como una extensión de su cuerpo, mientras el humo se enroscaba en el aire como si obedeciera su voluntad.

Lo más llamativo, sin embargo, eran sus labios pintados de un rojo fresa que contrastaban con una piel pálida, inmaculada, como si nunca hubiera sido tocada por el sol.

—¿Tú eres el nuevo? —preguntó con voz ronca, mirándolo de arriba abajo.

Jerónimo asintió.

—Vengo de parte de Teo.

El hombre inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, evaluándolo como si Jerónimo fuera un cuadro cuyo valor estaba por determinar.

—Pues entra. —Dio un paso atrás, dejando la puerta abierta.

Jerónimo cruzó el umbral y se encontró con un patio interior donde plantas secas y mustias languidecían en macetas esparcidas por las esquinas.

—¿Qué sabes hacer? —preguntó el hombre, apagando el cigarrillo contra una de las macetas.

—Bueno, en la cafetería donde trabajo, preparo cafés, limpio la barra, atiendo a los clientes, hago inventario… lo normal.

El hombre levantó una mano y lo detuvo antes de que pudiera seguir.

—Vale, ya me hago una idea. —Se giró hacia una puerta interior y señaló con la cabeza para que lo acompañara.

Jerónimo lo siguió a través de un salón donde sofás negros desgastados se alineaban bajo una luz tenue. El ambiente olía a puro, cuero viejo y un leve rastro de humedad. Una barra de caoba brillante dominaba el espacio.

—Primero, lo primero —dijo aquel hombre delgado como un esqueleto, deteniéndose junto a la barra—. Las botellas están todas mal puestas. No mezcles los whiskies buenos con la baratija. ¿Entiendes? Los clientes con dinero saben la diferencia y no van a pagar más por algo de baja calidad.

Antes de que Jerónimo pudiera responder, el hombre continuó con sus instrucciones:

—Los baños. —Hizo un gesto hacia una puerta al fondo del salón—. Mármol, grifos dorados, espejos. Todo tiene que brillar. Y si encuentras algo… desagradable, lo limpias. Es tu problema ahora.

—¿Desagradable?

El hombre hizo una mueca burlona.

—Te acostumbrarás. —Se dio la vuelta y continuó dando instrucciones—. El suelo también. Límpialo a fondo. Quiero que las baldosas de mármol brillen para los clientes que lleguen. Nada de pegotes ni marcas de vasos.

—¿Dónde… dónde está el material de limpieza?

—Obviamente, en el cuarto de la limpieza. —Señaló hacia una puerta estrecha al final del salón—. Tienes tres horas antes de que abramos. ¿Alguna pregunta?

—¿Puedo hablar con Teo?

—Viene más tarde.

—¿Cómo te llamas?

—Me puedes llamar Trini.

Sin esperar respuesta, aquel hombre con nombre de mujer salió al patio y encendió otro cigarrillo.

Jerónimo se dirigió al cuarto de limpieza.

Era poco más que un armario desordenado, con botellas de lejía medio vacías y un cubo de fregar que parecía tan cansado como las plantas del patio.

Suspiró, echó un vistazo al caos que lo rodeaba y empezó a trabajar.

Primero ordenó las botellas por tipo y precio.

Luego, pasó al baño, donde el olor a desinfectante pronto llenó el aire mientras limpiaba los espejos y fregaba el suelo.

Mientras trabajaba, sentía la mirada furtiva de Trini desde el patio, evaluando si el novato merecía su tiempo. Cuando terminó, regresó al salón principal. Una vitrina de cristal exhibía puros habanos con nombres que le sonaban a lujo: Cohiba, Montecristo, Romeo y Julieta.

Trini apareció de repente, dejando la puerta entreabierta tras de sí. Paseó una mirada por el lugar.

—Abrimos en media hora. Estás detrás de la barra. Si te sonríen, sonríe. Si te hablan, les hablas. Haz que se sientan cómodos.

—¿Y las propinas?

Trini se acercó y le pellizcó la mejilla con un gesto inesperadamente juguetón.

—Eso depende de ti y de tu encanto. —Y se giró hacia la puerta.