Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 24
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Capítulo 24

JERÓNIMO

Al día siguiente, viernes, Jerónimo volvió a la oficina donde trabajaba su padre.

Esta vez no iba a hablar con la secretaria indiferente; quería respuestas.

Preguntó por Miguel, el compañero de confianza de su padre.

Sabía que Miguel, con quien Antonio mantenía una relación cercana desde hacía años, sería más directo que las excusas vagas de la recepcionista.

Después de unos minutos de espera, el compañero de trabajo de su padre apareció.

—Jerónimo, ¿qué tal? —saludó con una sonrisa cálida—. ¿Cómo llevas el instituto?

Miguel era un hombre de mediana edad, siempre impecable. Llevaba una camisa blanca perfectamente planchada y una corbata color burdeos. Su calvicie comenzaba a ser evidente y la luz fluorescente del despacho la hacía destacar aún más.

—Este año termino el C.O.U. ¿Está mi padre en la oficina?

Miguel arqueó las cejas, sorprendido.

—¿No está en su casa?

—No, y no me ha dicho nada de irse de viaje ni algo parecido.

Miguel se rascó la barbilla.

—Qué raro… Hablé con tu padre hace poco y me comentó que tenía días libres acumulados. Dijo que pensaba tomarse un descanso. Quería desconectar. Y siendo Antonio como es…

—¿Cuándo fue eso?

—El martes.

Jerónimo frunció el ceño.

—La recepcionista me dijo que llamó diciendo que no se encontraba bien y que trabajaría desde casa.

—Eso fue lo último que me comentó: que estaba pillando una gripe y que terminaría un par de cosas pendientes desde casa antes de tomarse unos días libres. Pero si no está en casa… —Miguel dejó la frase en el aire.

Jerónimo negó con la cabeza.

—No, no está.

Miguel bajó el tono de voz y se acercó más a Jerónimo.

—Mira, no te preocupes. Seguro que está bien. Ha sido una temporadilla difícil con todo eso.

«Todo eso» se refería al divorcio de sus padres, aunque ese episodio parecía haber quedado atrás.

—Antonio no es de los que se queda quieto. Si no vuelve hoy, pásate el lunes por aquí y hacemos algo.

—¿Me tengo que esperar hasta el lunes?

Él lo observó con ojos paternales.

—Tranquilo, chaval. —Cogió un bolígrafo y anotó su teléfono en un papel—. Si no aparece esta noche, llámame mañana por la mañana y vemos qué hacer.

Jerónimo asintió, algo más aliviado.

—Pero no quiero que se entere mi madre.

Miguel selló sus labios con los dedos.

—Ni una palabra, te lo prometo.

Le dio las gracias y salió de la oficina. Caminó por la calle con la mente hecha un lío. ¿Por qué no le había dicho nada?