Capítulo 23
JERÓNIMO
Pasaban de las diez de la noche cuando Jerónimo regresó al apartamento de su padre.
—¿Papá?
Cruzó el pasillo con pasos ligeros. Entró al dormitorio y se detuvo en el umbral, observando con atención.
A simple vista, todo parecía en orden: la cama doble con su colcha azul oscuro algo arrugada.
Sin poder evitarlo, se acercó, tiró de la colcha y la dejó perfectamente estirada, sin una sola arruga.
Algo en ese gesto lo tranquilizaba, como si enderezar el desorden del entorno le ayudara a ordenar el caos de sus pensamientos.
Sobre la mesita de noche, una caja metálica de galletas llamó su atención. La reconoció al instante: una de esas cajas en las que en lugar de galletas, guardabas fotos.
Se sentó en el borde de la cama y abrió la caja. Dentro, un revoltijo de fotografías le devolvió fragmentos de un pasado lejano: cumpleaños, excursiones, reuniones familiares, hasta que sus dedos se detuvieron en una imagen en particular.
En la foto, su padre sostenía una paella recién hecha con una sonrisa orgullosa y una gorra torcida por el sol de verano. Era una de esas fotos que nunca salían perfectas, pero que conservaban un encanto entrañable y quedaban como una prueba tangible de días felices.
Jerónimo acarició el borde de la foto con los dedos.
Allí estaban él y su hermano Gabriel, sentados alrededor de una mesa plegable en el campo. Aquella imagen pertenecía al verano que lo cambió todo: el internado, la distancia de los amigos (y enemigos) del pueblo, y la sensación de empezar de cero en un lugar por el que no sentía ninguna conexión.
Guardó la foto en la caja, cerró la tapa y la devolvió al cajón de la mesita de noche.
Algo lo impulsó a abrir el armario. Deslizó las puertas y unas cuantas perchas vacías se balancearon, golpeándose entre sí con un sonido hueco. Se quedó inmóvil y observó el interior. Faltaban varias camisas y un par de chaquetas que solían estar allí.
Se agachó y revisó el fondo del armario. Lo único que encontró fue un par de zapatos viejos, alineados como soldados olvidados. Pero lo que realmente le inquietó fue la ausencia de la maleta de viaje de su padre. Aquella que siempre llevaba a sus cursos en Madrid.
Abrió los cajones de la cómoda. Faltaba ropa interior y unos cuantos pares de calcetines. Se enderezó lentamente con el peso de las incógnitas apretándole el pecho. ¿Por qué no le dijo nada?
Intentó buscar una explicación lógica. Quizá su padre había salido de viaje de improviso. Pero recordó la conversación en la oficina: nadie mencionó que estuviera en Madrid. Según ellos, estaba trabajando desde casa.
Se apoyó en el borde de la cómoda mientras los pensamientos caóticos chocaban entre sí en su mente. Desde el divorcio de sus padres, apenas había pasado tiempo con él. ¿Era posible que su padre pensara que volvería antes de que Jerónimo lo notara? ¿O tal vez no quería que lo supiera?
El apartamento estaba en silencio, un vacío que pesaba con cada minuto. Cerró el armario y volvió a sentarse en la cama. Había llegado en busca de respuestas, pero lo único que había hallado era más preguntas.