Capítulo 22
CHRISTIAN
El proxeneta agitó la mano impaciente para que lo siguieran.
Christian volvió a intercambiar una mirada con Adrian antes de dar el primer paso.
Subieron por una escalera angosta y empinada. Cada paso hacía crujir la madera, como si la estructura estuviera a punto de colapsar. El aire olía a humedad y orines.
En el rellano del primer piso, un joven yacía en el suelo, recostado contra la pared en una postura antinatural. Su rostro huesudo mostraba una piel pálida y el cabello, grasiento y apelmazado, caía sobre una frente brillante de sudor.
El proxeneta pasó por su lado y le dio con el pie como si comprobara que seguía vivo.
El joven soltó un gruñido apenas audible antes de volver a su letargo.
—Te lo repito: no me gusta esto —murmuró Adrian.
Christian no respondió. Su mirada estaba fija en el pasillo sombrío y su mente, en calcular los próximos pasos.
Al final del corredor, una puerta dejaba ver una penumbra inquietante. El proxeneta la empujó con brusquedad y les hizo un gesto para que entraran.
Christian cruzó el umbral despacio, escaneando cada rincón de la habitación. Adrian lo siguió casi pegado a él.
Los muebles desvencijados y las manchas de humedad en las paredes narraban años de abandono y decadencia.
El aire estaba impregnado de tabaco barato y algo químico que quemaba la nariz.
En el suelo, colillas, papeles y pequeños charcos brillaban bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda que parpadeaba como si quisiera apagarse.
—¿Qué me ofreces? —preguntó Christian.
El proxeneta sonrió mostrando unos dientes amarillentos y torcidos.
—Te voy a ofrecer lo mejor de lo mejor.
De las sombras emergieron tres hombres que se posicionaron detrás de ellos, bloqueando la salida.
Dos de ellos vestían bombers negras gastadas y llevaban la cabeza rapada, mientras que el tercero lucía un tatuaje de una serpiente enroscada que subía por su cuello.
Este último, con movimientos casi teatrales, sacó un tubo metálico de una mesa mugrienta y aspiró una raya de cocaína.
— Very good —dijo, tendiéndole el tubo a Christian con una sonrisa perturbadora.
—No estamos interesados en drogas. Queremos un arma automática, algo compacto y fácil de ocultar.
El hombre del tatuaje frunció el ceño, como si no entendiera, y sacó una bolsita con polvo blanco que lanzó hacia Christian, pero que este ignoró y cayó al suelo.
La risa tensa del proxeneta resonó en la habitación. Sacó una navaja de su bolsillo y desplegó la hoja con un clic metálico que pareció cortar el aire entre ellos. Los otros dos hombres, con las bombers negras, hicieron lo mismo.
Christian levantó las manos con calma, manteniendo una expresión relajada.
—Pagar el doble no es problema, pero necesitamos ver el arma antes de cerrar el trato.
El proxeneta dijo algo en español, provocando risas entre sus hombres.
Adrian reaccionó en silencio cuando uno de los matones rapados intentó registrarlo.
Su codo se estrelló contra la mandíbula del hombre, derribándolo de inmediato.
El segundo matón, armado con una navaja, intentó atacarlo, pero Adrian lo desarmó con una llave rápida, torciendo su muñeca con precisión antes de lanzarlo al suelo.
Mientras tanto, el proxeneta avanzó hacia Christian, blandiendo su navaja con movimientos torpes. Pero Christian, sin perder la calma, lanzó una patada directa a sus testículos. El hombre se desplomó de rodillas, soltando una serie de maldiciones en español mientras se retorcía de dolor.
El tercer hombre, el del tatuaje, intentó sorprender a Adrian; sin embargo, este bloqueó el golpe con el antebrazo y respondió con una patada giratoria que lo estrelló contra un mueble. Cayó al suelo, gimiendo.
Cuando el primer matón intentó levantarse, Adrian lo derribó de nuevo, inmovilizándolo con una llave al cuello hasta dejarlo inconsciente.
El silencio regresó a la habitación, roto solo por los gemidos de los hombres tirados en el suelo y la respiración acelerada de Adrian.
—¿Estás bien? —preguntó, girándose hacia Christian sin bajar la guardia.
—Perfectamente —respondió, ajustándose la chaqueta con un gesto despreocupado.
El proxeneta, aún en el suelo, intentó arrastrarse hacia la puerta. Adrian lo detuvo con una pisada firme en la espalda.
—Ni lo intentes —le advirtió, arrebatándole la navaja—. Nos vamos, y si vuelvo, será para algo peor.
Atravesaron el pasillo y bajaron las escaleras. Al salir a la calle, inhalaron profundamente, dejando que el aire frío despejara la tensión acumulada.
—Bonita solución, ¿eh? —dijo Adrian mientras se limpiaba el sudor de la frente.
—Pasamos al plan C.
—¿Y cuál es tu plan C?
—Tomarme un gin-tonic doble.
Adrian sonrió y, aún sosteniendo la navaja, inspeccionó el mecanismo. El mango de fibra de carbono negra era ligero y el resorte desplegaba la hoja con un clic seco y elegante.
—¿Vas a pelar patatas? —preguntó Christian al notar su concentración en el arma.
Adrian cerró la navaja y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Nunca se sabe.
Pero Christian notó que Adrian sabía más de lo que quería admitir.
Buscaron un taxi y volvieron al hotel.