Capítulo 21
JERÓNIMO
Jerónimo pasó cerca de la casa de su abuelo materno, una vivienda de pescadores con azulejos desgastados y un aroma a salitre que impregnaba las paredes desde siempre.
Desde que el abuelo falleció, la casa había permanecido cerrada, como si guardara luto por el fin de una era.
Jerónimo dejó que los recuerdos lo envolvieran por un instante: las tardes haciendo los deberes en la trastienda del restaurante donde su madre trabajaba como cocinera, o jugando en la playa con Gabriel, ignorando el bullicio de turistas que llenaban la terraza.
Ahora su madre y Gabriel ya no vivían en Valencia.
Después del divorcio de sus padres, su madre había pedido una baja indefinida y se había mudado a Castellón, a la casa de una hermana suya.
Decía que la zona ya no era un buen lugar para vivir y la excusa era perfecta para mantener a Gabriel lejos de su padre.
Jerónimo, que era muy cabezón (y mayor de edad) no estaba dispuesto a abandonar Valencia.
Estaba descubriendo un nuevo mundo de libertad y de independencia que no cambiaría por nada.
Lo llamaban «salir del armario», pero para él era más que eso: era abrir puertas que habían estado demasiado tiempo cerradas.
Así que después del dramático divorcio de sus padres, su madre se llevó las llaves y cerró así una etapa de su vida.
Sacudió la cabeza y volvió al presente. Apretó los puños en los bolsillos de su chaqueta y caminó por la Avenida del Puerto hacia la playa.
El frío de diciembre lo acompañaba, pero no logró enfriar el entusiasmo que lo empujaba hacia el bar cuyo nombre figuraba en la tarjeta que Teodoro, cliente de su padre, le había dado días atrás.
Quizá allí estaba la oportunidad que necesitaba para comprarse la Vespa antes de que otro se la llevara.
Hubiera esperado a hablar con su padre primero, pero ¿qué le costaba entrar y preguntar por el trabajo?
El precio de la Vespa era perfecto, aunque Marcos le había dicho que había más gente interesada.
Quizás solo era un farol, pero la idea de perder la oportunidad le ponía nervioso.
Con lo que ganaba en la cafetería, ahorrar el dinero llevaría unos meses.
Si las propinas eran tan buenas como Teo prometía, podría comprarse esa Vespa PX150 de segunda mano mucho antes de lo previsto.
Llegó a un bar modesto con un toldo a rayas crema y rojo que hablaba de mejores tiempos. Vaciló un momento y pensó en hablar primero con su padre, pero decidió entrar. Después de todo, preguntar no le costaba nada. Guardó la tarjeta en su chaqueta y empujó la puerta.
Al entrar, un olor denso a fritura y tabaco le golpeó la nariz.
Las paredes estaban adornadas con calendarios pasados y algún póster de fútbol descolorido.
El bar era pequeño y estrecho, con una barra de metal desgastada que mostraba los signos de años de uso.
Detrás de la barra, un hombre mayor y bajito, con un bigote bien cuidado, estaba sentado viendo la tele.
—Eh, ¿está Teodoro?
El hombre apenas desvió la mirada del televisor.
—¡Teo! Alguien te busca.
Al fondo del bar, una puerta entreabierta revelaba una pequeña habitación trasera. Desde allí, apareció Teodoro, frotándose la nariz. Sus ojos estaban enrojecidos y llevaba un jersey negro de cuello alto con una mancha blanca de polvo en el hombro derecho.
—El hijo de Antonio —dijo Teo con una sonrisa ladina mientras hacía un gesto para que Jerónimo se acercara—. Pasa, pasa.
—Podría volver en otro momento…
—No, hombre, no. Siéntate. ¿Qué quieres tomar?
—Una Coca-Cola.
Teo se giró hacia el hombre de la barra:
—Vicent, ponle al xiquet una Coca-Cola.
Jerónimo cruzó hacia la parte trasera, donde un hombre de hombros anchos, con la piel curtida como cuero viejo, estaba sentado en una mesa contando montones de billetes de mil pesetas.
Teo le señaló una silla.
—Siéntate. Nos has pillado haciendo la caja. Este es Tomás.
Tomás no levantó la vista, como si estuviera concentrado en una especie de rezo silencioso.
Jerónimo se sentó con cautela, intentando no mirar demasiado los billetes sobre la mesa.
—No te asustes —dijo Teo con una sonrisa—. No todos vienen de aquí. Ya te he dicho que llevo varios negocios.
Le abrió la Coca-Cola y se la pasó, luego le ofreció un purito que Jerónimo rechazó con una sonrisa nerviosa.
—Me parece que estás perdiendo el tiempo en esa cafetería, ¿no crees?
—No es fácil encontrar algo mejor.
Teo se frotó la nariz otra vez y comenzó a hablar rápido:
—A ver, te cuento. Lo que te quiero ofrecer no es cualquier cosa. Necesitamos gente joven, guapa y con buena presencia para un club privado exclusivo. Nada complicado, solo poner copas y asegurarte de que los clientes estén cómodos. Las propinas te dejarán boquiabierto.
Jerónimo frunció el ceño, pero Teo continuó sin pausa.
—Es como lo que haces ahora, pero con alcohol y gente que sabe gastar su dinero. Pocas horas, buenas ganancias. ¿Qué dices?
—¿Solo poner copas? —preguntó intentando no sonar tan incrédulo como se sentía.
Teo lo miró fijamente midiendo sus palabras.
—Sí. Poner copas. Mantener la barra en orden, sonreír y llevarte tus propinas. Nada más.
Jerónimo bajó la mirada lamiéndose los labios. La oferta era tentadora.
—¿Cuánto se puede ganar exactamente?
Teo dio una última calada a su purito antes de responder.
—Depende de ti, muchacho. Pero te aseguro que en una buena noche podrías ganar más de lo que haces en una semana en esa cafetería franquiciada.
Jerónimo asintió lentamente, mientras Teo se inclinaba hacia él con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.
—Pásate mañana por la tarde. Antes de que abramos, mi asistente te enseñará cómo va todo. Si no te gusta, no pasa nada. Lo pruebas y ya está. ¿Trato hecho? —Y le extendió la mano.
Después de unos segundos de duda, Jerónimo la estrechó, sintiendo el apretón firme del hombre.
Teo sacó un billete de mil pesetas.
—Un adelanto. Confío en ti.
—No puedo aceptarlo…
—Claro que sí, hombre —insistió Teo, apretando el puño de Jerónimo para que aceptara el dinero—. Le das recuerdos a tu padre y le dices que paso mañana sin falta por su oficina. No te preocupes, vas a estar bien. Confía en mí.
Jerónimo salió del bar con el billete en el bolsillo, un cosquilleo extraño en el estómago y una sonrisa tímida en los labios.
El frío de la noche le despejó la mente camino a la parada del autobús. Por un lado, el dinero fácil parecía demasiado bueno para ser verdad. Por otro, la posibilidad de salir de su rutina y ganar lo suficiente para la Vespa lo hacía irresistible.
Mientras el autobús lo llevaba de regreso, Jerónimo decidió pasar de nuevo por casa de su padre. Necesitaba despejar las dudas y asegurarse de que estaba tomando la decisión correcta.