Capítulo 20
CHRISTIAN
El Cabanyal de los años noventa era un barrio que llevaba las cicatrices de un pasado de gloria.
El taxi frenó con un chirrido seco junto a la acera en la avenida Blasco Ibáñez. El conductor, sin apartar las manos del volante, lanzó una rápida mirada al espejo retrovisor antes de señalar con la barbilla hacia una calle de fachadas pintadas de colores.
Christian pagó y al salir, el taxista resopló y agitó una mano como si se librara de una carga.
—El taxista no quería entrar en el barrio —comentó Adrian mientras cerraba la puerta.
Christian miró a su alrededor y absorbió el ambiente del lugar.
Las fachadas lucían apagadas por el tiempo, con tonos verdes, amarillos y rojos.
Muchos azulejos tenían grietas; los balcones de hierro forjado estaban oxidados, y las ventanas protegidas por barrotes o persianas de madera envejecida.
En la planta baja, puertas y escaparates cerrados con persianas metálicas pintarrajeadas de grafitis añadían un aire de abandono a un barrio que alguna vez fue vibrante y lleno de vida.
El aire salado del mar traía también el hedor agrio de basura acumulada.
La noche envolvía las estrechas calles, y Christian y Adrian avanzaban despacio con los sentidos alerta.
En un callejón, un joven con un chándal viejo y zapatillas sucias estaba inclinado sobre algo en el suelo. Al verlos pasar, levantó la vista rápidamente y escondió lo que parecía ser un pequeño paquete en el bolsillo de su sudadera.
Más adelante, una mujer apoyada contra una pared de azulejos descoloridos exhalaba el humo de su cigarrillo mientras inclinaba la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto un cuello delgado y surcado por las huellas del tiempo.
Su cabello, teñido de un rubio artificial casi platino, estaba suelto y desordenado, revelando raíces oscuras.
Vestía un ajustado vestido que había perdido su brillo y sandalias de tacón alto.
—Espera aquí —le dijo Christian a Adrian antes de acercarse a la mujer.
La prostituta alzó la vista y sus labios pintados de un rojo intenso se curvaron en una sonrisa que pretendía ser seductora, pero reflejaba el cansancio de demasiadas noches como esta. Le acarició la mejilla mientras murmuraba frases en español, de las que Christian solo captó palabras sueltas.
—Rubio… guapo —murmuró ella, acariciándole la mejilla con dedos fríos.
Christian mantuvo la calma y le devolvió la sonrisa.
La mujer volvió a hablar, mezclando palabras en español y un inglés rudimentario mientras enumeraba sus servicios:
— Erotic massage , handjob , blowjob , straight , greek …
— Ok , cariño, ya me hago una idea.
— Condom, always condom .
Acto seguido, la prostituta levantó los dedos haciendo el gesto de dinero y Christian entendió la palabra «pesetas».
—No, no… —corrigió Christian levantando la mano para que parare de vender sus servicios. Finalmente, formó una pistola con los dedos y dijo, casi en un susurro—: bang-bang .
La mujer lo miró, confundida al principio, hasta que un brillo de comprensión cruzó sus ojos, pero en lugar de responder, se encogió de hombros e ignoró a Christian.
Él sacó un billete de cinco mil pesetas y lo extendió hacia ella.
— Bang-bang —repitió con énfasis.
Ella dudó por un momento antes de coger el billete y lo deslizó con descaro en el escote de su vestido. Luego hizo un gesto hacia un hombre que emergió de las sombras de una esquina cercana.
Era robusto y sucio, con una chaqueta raída que parecía haber sobrevivido a más noches de las que podía contar.
Sus ojos pequeños y hundidos destilaban desconfianza.
Sin intercambiar palabra, el hombre extendió la palma hacia la prostituta y ella, con una mueca de disgusto, sacó el billete de su escote y se lo puso en la mano con resignación.
Christian avanzó un paso y preguntó:
—¿Hablas inglés?
El hombre asintió lentamente, su boca curvándose en una sonrisa maliciosa.
—Quiero comprar un arma —dijo Christian.
Este asintió sin mostrar sorpresa y señaló un edificio al otro lado de la calle: un bloque ruinoso con balcones oxidados y persianas rotas que colgaban como heridas abiertas en la fachada.
Sin decir más, hizo un gesto para que los acompañara.
—No me fío —susurró Adrian, tensando la mandíbula mientras miraba al hombre.
—Yo tampoco —respondió Christian—, pero no veo otra opción.
Cruzaron la calle y se dirigieron hacia la entrada oscura del edificio.
La puerta, astillada y llena de marcas, parecía más una advertencia que una entrada.
Sin mirar atrás, Christian respiró hondo y entró primero, seguido de Adrian con los ojos alerta como si esperara una emboscada en cualquier momento.