Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 19
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Capítulo 19

JERÓNIMO

Al despertar de la siesta, Jerónimo preparó algo rápido para comer, se duchó y salió del apartamento de la Avenida del Antiguo Reino de Valencia con dirección al barrio de Ruzafa.

Antonio, su padre, había sido trasladado a una nueva sucursal tras la expansión de la aseguradora donde trabajaba.

La mudanza había venido acompañada del alquiler de un apartamento en esa zona, algo modesto y funcional, tras divorciarse de la madre de Jerónimo.

Aunque gestionaba seguros para grandes empresas y particulares adinerados, lidiando con activos importantes y contratos de alto valor, su estilo de vida se mantenía sorprendentemente sobrio.

La sucursal estaba ubicada en una calle tranquila, con una fachada discreta marcada únicamente por el logotipo de la empresa en letras blancas sobre un fondo rojo. Desde el exterior, los grandes ventanales mostraban carteles promocionales con ofertas de seguros de salud.

Era la primera vez que Jerónimo visitaba esa oficina.

Al cruzar la puerta de cristal, se encontró con un espacio ordenado y pulcro, en marcado contraste con la vieja oficina donde su padre había trabajado durante años.

El suelo de baldosas grises brillaba bajo las lámparas y daba al lugar un aire frío y aséptico.

Las paredes blancas apenas estaban decoradas, salvo por unos pocos cuadros corporativos con imágenes de familias sonrientes, paisajes mediterráneos y eslóganes sobre protección financiera. El lugar olía a pintura fresca.

Detrás del mostrador, una mujer de mediana edad lo miró entrar sin el más mínimo interés. Tenía el cabello con mechas de un rubio apagado y raíces grises que asomaban sin pudor, recogido en una media melena que no le hacía ningún favor. Sus ojos lo miraron con apatía.

—¿Qué quieres? —preguntó con una voz cargada de indiferencia.

Jerónimo se acercó al mostrador.

—Busco a mi padre, Antonio. ¿Está en la oficina o fuera haciendo alguna visita?

La mujer arqueó una ceja y volvió la mirada a su ordenador, moviendo el ratón con una pereza exasperante.

—Está en casa —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Jerónimo parpadeó, sorprendido.

—¿En casa?

Ella asintió sin apartar la vista de la pantalla.

—Llamó ayer para decir que no se encontraba bien.

Un escalofrío recorrió a Jerónimo. Su padre no había pasado la noche en casa.

—¿Está enfermo?

—Eso parece —contestó señalando la pantalla con un dedo índice descuidado—. Aquí pone que trabaja desde casa. No ha pedido una baja oficial, así que debe de ser algo menor.

Jerónimo cerró sus manos en puños.

—No puede ser.

—Mira, chico, estamos en invierno. La gente se resfría. Seguro que mañana vuelve como nuevo.

—¿Y cómo puede estar segura de que solo es un resfriado? —insistió, tratando de contener la creciente frustración.

La mujer alzó la vista por primera vez, visiblemente molesta.

—Yo solo sé lo que pone aquí. Si fuera una baja oficial, estaría registrada en el sistema. Al no serlo, seguramente era algo menor y decidió quedarse en casa trabajando. Además, estamos en invierno.

«¿Estamos en invierno?», pensó Jerónimo, frustrado. Pero él sabía que su padre no estaba en casa.

No dijo nada, aunque una parte de él quería gritar que algo no cuadraba. No quería arriesgarse a meter a su padre en problemas con el trabajo. Salió de la oficina con más preguntas que respuestas.