Capítulo 18
ADRIAN
Adrian pasó el día vigilando el patio trasero de aquella vieja casa convertida en un club.
Mientras tanto, Christian había salido con la excusa de explorar la zona, buscar ropa más adecuada y «prepararse mentalmente» para su visita al lugar. No podían hacer nada hasta que cayera la noche.
Sentado junto a la ventana, llevaba horas con los prismáticos en la mano y una libreta sobre la mesita de noche, donde apuntaba cada movimiento que consideraba relevante.
Desde esa altura, el patio trasero del club era un caos disfrazado de discreción: cajas apiladas sin orden y barriles de cerveza vacíos.
Tomó un sorbo del café que había pedido al servicio del hotel, amargo y aguado.
—Ni siquiera esto es bueno aquí —murmuró para sí mismo mientras volvía a levantar los prismáticos.
Abajo, un hombre con un abrigo gris y un paquete bajo el brazo cruzó el patio y desapareció en un corredor exterior del segundo piso. Adrian siguió cada movimiento, notando cómo el hombre se perdía entre las sombras.
El teléfono de la habitación sonó y lo sacó de su concentración.
—¿Adrian? —La voz de Christian sonó al otro lado de la línea.
—¿Dónde estás? —preguntó sin apartar los ojos del patio.
—En el Mercado Central, tomándome un café. ¿Me echas de menos?
—¿Cuándo vuelves?
Christian ignoró la pregunta.
—Tengo algo que contarte —dijo con un tono alegre que irritó a Adrian.
—Y yo tengo hambre. ¿Pasas por alguna pizzería y me traes algo de comer?
—¡Ah, vale…! A sus órdenes.
La línea se cortó antes de que Adrian pudiera añadir algo más.
Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a enfocar su atención en el patio.
Afuera, un coche negro se detuvo en el callejón trasero.
Un hombre bajó del vehículo: pelo blanco, abrigo largo y una bufanda ridícula de colores vivos que desentonaba con el tono sombrío del lugar.
Adrian lo siguió con los prismáticos estudiando cada movimiento. Su pulso se aceleró.
—¿Eres tú, cabrón? —Apretó los prismáticos como si fueran el cuello del hombre.
La rabia burbujeaba en su interior, cruda y visceral.
No había pedido el arma solo por proteger a Christian.
No. Había otra razón. Estaba allí para ajustar cuentas.
No volvería a Londres hasta que matara a Teodoro Montenegro, el chivato que había provocado la emboscada y la muerte de sus compañeros en la costa gallega.
Media hora más tarde, unos golpes rítmicos en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.
Dejó los prismáticos y cruzó la habitación en dos zancadas. Al abrir, allí estaba Christian, cargado con varias bolsas de El Corte Inglés en una mano y una caja de cartón grasienta en la otra.
— Pizza Margarita. Un poco aburrida, pero sé que te gusta —anunció, dejando la caja sobre una silla y las bolsas bajo el escritorio.
—Gracias —murmuró Adrian y regresó a su puesto junto a la ventana.
Christian se dejó caer en la cama con un suspiro exagerado, estirando las piernas y observando a Adrian mientras cogía un trozo de pizza .
—Estás más callado de lo habitual desde que llegamos.
Él apartó las cortinas con un dedo y volvió a mirar el patio trasero.
—Es la misión, Chris. Solo quiero asegurarme de que salga bien. ¿Dónde has estado todo el día?
—Explorando, como dije. Pasé por el Mercado Central y me perdí un rato por las callejuelas. Valencia es un laberinto, pero tiene su encanto —Se sentó, sonriendo como si acabara de tener una gran idea—. Estaba pensando… Cuando termines de comer, damos un paseo.
—¿Un paseo?
—Al barrio del Cabanyal. Allí venden drogas, sexo y, con suerte, armas.
Adrian frunció el ceño.
—¿Un barrio rojo?
—Un mendigo que soborné me dijo que era un barrio marginal, un barrio chino, un arrabal.
—¿Y te lo dijo un mendigo?
—No con esas palabras, pero más o menos lo entendí así. Mi plan es pasar por allí antes de entrar al club. Quizá consigamos un arma.
Adrian lo miró, evaluando la propuesta.
—Ya te he dicho que por mí no hace falta un arma —añadió Christian.
—No, no —le cortó—. Está bien. Es muy buena idea.
—¿«Muy buena idea»?
—Sí, sí.
Este arqueó una ceja, sorprendido.
—Eso es nuevo.
—Bueno, es una idea un poco loca…
Christian se levantó y cogió su chaqueta con un movimiento teatral.
—¿Loca? Como le dijo Obi-Wan Kenobi a Han Solo: «¿Qué es peor, un loco o el loco que sigue a un loco?».
—Eso no fue así. Obi-Wan se lo dijo a Luke.
—Sea como sea, un hombre sabio. —Se acercó y le guiñó un ojo con esa sonrisa segura y traviesa—. Relájate. Todo saldrá bien. Tú lo sabes, yo lo sé. Ahora, ¿puedes dejar de mirarme como si fuera el enemigo?
Adrian lo observó en silencio antes de responder.
—No eres el enemigo, pero a veces no sé si eres consciente de todos los riesgos.
Sin previo aviso, Christian se inclinó y lo besó. Fue un beso largo e intenso.
Adrian cerró los ojos, atrapado en el instante.
Cuando Christian se separó, sonrió con aire triunfante.
—Vamos. El Cabanyal nos espera.