Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 17
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Capítulo 17

CHRISTIAN

El pequeño hotel Los Naranjos tenía una entrada estrecha con un cartel deslucido y unas letras rojas mal pintadas que anunciaban «Recepción» junto a un timbre antiguo.

Adrian caminó rápido con el ceño fruncido y la maleta balanceándose a su lado.

—Hay que llamar a John —dijo con firmeza—. Sin protección, no podemos seguir.

Christian, unos pasos detrás, se detuvo junto a él sin despegar la mirada del cartel de recepción.

—Soy yo el que me expongo.

—No, Chris, no lo has entendido. Exponemos toda la misión. No puedes entrar en ese sitio sin que yo pueda protegerte.

—Tampoco podría entrar si llevara un arma —replicó Christian.

Adrian resopló irritado.

—Ese era el plan. Yo me quedaría fuera para cubrirte, y ahora… en fin.

Un hombre delgado y pálido apareció detrás del mostrador. Su camisa blanca estaba arrugada y un bolígrafo azul había dejado un rastro de tinta en el bolsillo que parecía no importarle.

— Reservation number? —preguntó sin mucho entusiasmo.

Adrian sacó el pasaporte de su chaqueta y se lo entregó.

—Thomas Brown.

El recepcionista revisó los papeles y frunció ligeramente el ceño.

—La reserva es para una persona.

Adrian metió la mano en el bolsillo y sacó su cartera. Dejó unos billetes sobre el mostrador con un gesto deliberado.

—Ahora somos dos. ¿Algún problema?

El recepcionista miró los billetes, los tomó sin cambiar de expresión y les entregó una llave con un llavero de plástico raído.

—Segundo piso, habitación 207.

Subieron por una escalera estrecha y ligeramente curva con un olor persistente a humedad mezclado con lejía.

La habitación era pequeña y funcional. Dos camas individuales separadas por una mesita de noche ocupaban casi todo el espacio. Los muebles, de un falso tono caoba, añadían un aire lúgubre. En una esquina, una televisión pequeña con una antena torcida descansaba sobre una mesa rayada.

Christian dejó caer su chaqueta en la cama junto a la puerta y se acercó a las cortinas.

Las abrió y se encontró con un callejón estrecho y un contenedor de basura al final. Más allá, al otro lado, se extendía un patio interior descuidado y cubierto de maleza.

—Esto es lo más cutre que he visto en mi vida —dijo mientras se sentaba en la otra cama.

El colchón se hundió más de lo esperado.

—Vaya porquería de habitación. Pensé que la organización tenía mayor presupuesto.

Adrian dejó su maleta junto a la cama más cercana al exterior. Sacó unos prismáticos compactos, se acercó a la ventana y apartó las cortinas con cuidado.

—¿Qué haces? —preguntó Christian levantándose con curiosidad.

Adrian no respondió de inmediato. Sus ojos escrutaban el patio interior del club.

—¿Recuerdas la descripción del lugar? —dijo finalmente—. Este hotel está perfectamente situado para vigilar el patio trasero del club.

Christian se acercó hasta la ventana.

—Mira ahí.

El patio estaba descuidado, con cajas apiladas de forma caótica, barriles de cerveza vacíos y botellas desparramadas. Una luz amarillenta iluminaba parcialmente el lugar, dejando muchas sombras en los rincones.

—Tienes razón —dijo Christian con un suspiro levantando el teléfono de la habitación—. Es hora de llamar al jefe.

Se sentó en la cama, marcó el número y esperaron mientras daba señal.

—¿Han identificado el lugar? —preguntó John al otro lado de la línea.

—Sí, jefe —respondió Christian—, coincide con el informe.

—Perfecto.

Adrian tomó el auricular.

—Tenemos un problema. No tenemos protección. —Explicó lo ocurrido en el control de pasaportes y cómo Christian se deshizo del arma—. ¿Podemos solicitar refuerzos?

John se quedó callado durante unos segundos.

—No hay tiempo —dijo finalmente—. Las autoridades españolas planean una redada este fin de semana. Hay que actuar antes de que el material sea confiscado.

Christian, con un gesto rápido, cogió el auricular.

—¿Es necesaria un arma?

—Ese fue mi requisito para aceptar la misión —respondió Adrian tajante.

—¿Cuál es su posición? —preguntó John.

Adrian se levantó de la cama con el teléfono en la mano y se dirigió hacia la ventana.

—Nuestra posición es excelente para maniobrar.

Desde aquí puedo observar el patio interior del club sin ser detectado.

Las habitaciones están alineadas en dos plantas y un corredor exterior que facilita seguir cualquier movimiento en los pasillos.

Las entradas principales se encuentran en la fachada del edificio.

Si hay guardias, probablemente centren su vigilancia en la entrada principal, no en esta zona más apartada.

—Dejó caer la cortina y giró hacia Christian—.

Como le he dicho, el problema no es la ubicación.

Es la falta de protección. Sin un arma, estamos completamente expuestos.

Christian estará solo en el interior, y si algo sale mal, no tendré forma de intervenir.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, el tipo de pausa que John usaba para procesar, evaluar y decidir.

—No hay tiempo para un refuerzo. Tiene que estar en nuestras manos antes de que esa rata sea arrestada y confisquen todo su material. No pueden volver a Londres sin ese puñetero carrete. Tendrán que improvisar.

Adrian cerró los ojos y soltó un suspiro.

—Entendido.

Colgó el teléfono y se volvió hacia Christian, que lo observaba con los brazos cruzados.

—Hay algo raro.

—¿Raro? —preguntó Adrian.

—En otras circunstancias, John habría cancelado la misión. Quiere que sigamos, pase lo que pase.

—Ya lo has oído. Hay una redada este fin de semana y tenemos que recoger el carrete antes de que intervenga la policía. Por mi parte es cuestión de principios. No quiero fracasar esta vez.

Christian entrecerró los ojos.

—¿Esta vez?

Adrian no respondió y Christian, sin más, se dio la vuelta hacia el baño.

—Necesito una ducha.

El sonido del agua llenó la habitación.

Cuando salió, envuelto en una toalla, su cabello mojado caía sobre su frente. Varias gotas de agua se deslizaban lentamente por su pecho.

Adrian lo miró con deseo. Lo cogió de la muñeca y lo empujó hacia la cama.