Capítulo 16
JERÓNIMO
—¿¡Jerónimo!?
Él se giró y respondió:
—Sí, soy yo. Venía a ver la Vespa.
El joven camarero que servía las bebidas se acercó. Su expresión, seria al principio, se suavizó cuando se presentó.
—Soy Marcos. Pasa, la tengo en el patio.
Era delgado, de esos cuerpos que parecían mantenerse en pie gracias a una energía constante, como si no pudiera estar quieto demasiado tiempo. Tenía el pelo rizado y desordenado y su nariz recta le daba un aire de seriedad poco común para alguien tan joven.
Jerónimo lo siguió por la cocina del bar hasta un pequeño almacén lleno de cajas de bebidas, botellas de licor y barriles de cerveza apilados sin orden. Salieron a un patio interior que conectaba con otras viviendas.
Aparcada junto a una de las paredes, rodeada por un par de cajas vacías y algún trapo sucio, estaba la Vespa PX150 de color gris brillante.
El diseño era el clásico de las Vespas, con esas curvas suaves y una estética retro que evocaba un encanto atemporal.
El farol delantero redondo dominaba el frente con dos espejos retrovisores que sobresalían simétricos a cada lado del manillar.
Jerónimo se acercó despacio y pasó la mano por el asiento de cuero negro como si acariciara a una yegua de pura sangre.
La estructura era robusta, impecable salvo por un par de arañazos en la pintura que ya planeaba cubrir con un diseño propio. El logotipo de Vespa brillaba en la parte frontal, enmarcado por detalles cromados que acentuaban su estilo clásico. Parecía casi nueva.
—¿Qué te parece? —preguntó Marcos apoyándose contra la pared con los brazos cruzados.
—¿Cuánto pides? —respondió Jerónimo sin levantar la mirada de la Vespa.
—No es mía. La vende mi primo. Pide 250.000 pesetas. Apenas tiene kilómetros; te va a durar años.
—¿El precio es fijo?
—Se puede negociar, pero tendría que preguntarle a él. Ha llamado más gente interesada.
—¿La puedo reservar?
—50.000 y te la guardo.
—Tengo que hablar con mi padre.
Quedaron en que Jerónimo volvería al día siguiente con una respuesta definitiva.
—¿Te he visto antes por aquí? —preguntó Marcos de repente.
—¿Eres tú el que atiende los domingos de madrugada?
El bar donde trabajaba Marcos, junto con la panadería de la plaza del Tossal, eran los únicos sitios abiertos a esas horas. Jerónimo solía pasar por allí después de una noche de fiesta para comprarse una napolitana de crema o tomar un chocolate caliente con churros antes de volver a casa.
Marcos asintió, con una sonrisa breve que se desvaneció casi al instante.
—¿Y esa chica que salió antes con cara de pocos amigos? —preguntó Jerónimo.
—Mi novia. O exnovia. No sé qué somos todavía. Se enfada por nada y me tiene hasta los huevos. ¿Y tú?
—¿Yo? No tengo novia.
Marcos ladeó la cabeza estudiándolo con una curiosidad sin disimulo.
—¿Y novio?
Jerónimo sintió el calor subirle a las mejillas y apartó la mirada incómodo.
—Mi prima tiene amigos como tú —añadió Marcos.
—¿Tanto se me nota?
—¡Qué va! Pero muchos chicos que salen de la discoteca Venial pasan por aquí antes de volver a casa. Y tu cara me suena.
—Oye, no tiene que saberlo nadie.
Marcos encogió los hombros con indiferencia.
—Yo paso. Cada cual que haga lo que quiera. ¿Entonces te quedas con la moto?
—Hablo con mi padre y te digo algo.
—Si no es por mí. Es porque ya hay alguien más interesado.
—Lo entiendo. Te aviso mañana.
Jerónimo salió del bar con una sonrisa amplia que le iluminaba el rostro. Por fin estaba cerca de tener la Vespa PX150 que tanto había deseado.
Mientras caminaba por las estrechas calles del Barrio del Carmen, pensó en cómo convencer a su padre para que lo ayudara a comprarla. Si no se daba prisa, la perdería.
Ese sería su regalo de Navidad.
Volvió al apartamento de su padre, pero para su sorpresa, todo seguía igual. Su padre no había pasado la noche en casa.