Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 14
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Capítulo 14

JERÓNIMO

Al terminar su turno en la cafetería, Jerónimo se sentó en un banco de la plaza del Ayuntamiento.

El aire frío de diciembre lo envolvía, pero tenía la atención puesta en el periódico Levante que había recogido de la basura el día anterior.

Hojeó rápidamente las páginas hasta llegar a la sección de compra y venta de motos y coches.

Su mirada se detuvo en los clasificados, en una pequeña columna casi escondida:

Aunque el anuncio tenía días, Jerónimo decidió probar suerte. Caminó hacia una cabina telefónica cercana, sacó unas monedas y marcó el número.

—Hola, llamo por la Vespa del anuncio.

Al otro lado de la línea, una voz le dio la dirección de un bar en el Barrio del Carmen y le confirmó que podía pasar en un rato.

Su pulso se aceleró mientras apuntaba la dirección en el dorso de la mano.

Era uno de los modelos que llevaba tiempo buscando: una Vespa PX150.

No era tan potente como la PX200, que le habría encantado comprar completamente nueva, pero esa tendría que esperar a que sus ahorros crecieran.

En cambio, este modelo parecía una oportunidad perfecta.

Precio negociable. En perfecto estado.

El anuncio se repetía en su cabeza como un mantra mientras salía de la cabina. El frío le cortaba la cara, aunque la emoción le daba calor.

Siguió la dirección hacia el Barrio del Carmen por calles estrechas y adoquinadas.

Llegó al lugar: un bar de fachada desgastada y cartel descolorido que le resultaba familiar.

Recordaba que lo había visitado antes, después de salir de fiesta los fines de semana.

Solía terminar allí tomando chocolate con churros antes de volver a casa, exhausto, pero satisfecho de su independencia desde que compartía piso y nadie le decía a qué hora regresar.

Una chica joven salió disparada del bar, con un gesto de enfado que parecía envolverla por completo mientras murmuraba algo entre dientes.

Afuera, en la terraza, solo una mesa estaba ocupada.

Una pareja que, a primera vista, le pareció de turistas: uno era rubio, alto, con una chaqueta de cuero negra y un aire despreocupado; el otro tenía el cabello oscuro, tez clara y rasgos marcadamente anglosajones.

Sobre la mesa descansaba una maleta de mano.

El camarero estaba sirviendo gin-tonics , una elección que Jerónimo asoció más con una tarde calurosa de verano que con una noche fría de invierno en Valencia. Guiris, pensó, sin prestarles demasiada atención mientras cruzaba la terraza hacia la puerta del bar.

Antes de entrar, alguien lo llamó.

—¿¡Jerónimo!?