Capítulo 13
CHRISTIAN
El bar junto al hotel Los Naranjos tenía una terraza modesta con mesas de plástico blancas, manchadas de tiempo y descuido, y sillas desparejadas que chirriaban al moverse.
Christian contemplaba el vaso de Coca-Cola con el hielo ya casi derretido, formando pequeñas burbujas que ascendían perezosamente antes de desaparecer.
La rodaja de limón flotaba en el vaso como un pequeño sol en el invierno valenciano.
Jugaba con la pajita girándola entre los dedos, mientras su mirada vagaba sin rumbo fijo entre las mesas vacías de la terraza y las palmeras que bordeaban la plaza.
El aire de diciembre tenía ese frescor del Mediterráneo, frío pero amable, con un toque salado del puerto.
Se había cambiado el uniforme en el hotel y ahora llevaba una chaqueta de cuero negra que ajustó por puro hábito, más que por frío. Cada segundo que pasaba sin que Adrian apareciera se alargaba indefinidamente.
Se fijó en un mensaje grabado con una llave en el borde de la mesa: «Te quiero, Sara. Manolo, 1995.» Christian pasó un dedo por las letras, acariciándolas con aire distraído, preguntándose si Sara habría leído aquella declaración de amor o si Manolo seguía viniendo al bar esperando una respuesta.
Un taxi frenó junto al pequeño hotel rompiendo el hilo de sus pensamientos.
Christian reconoció la silueta de Adrian inclinándose para recoger algo del asiento. Se levantó de golpe con una sonrisa que iluminó su rostro. Levantó la mano haciendo señas como un niño que ve a su héroe en una multitud.
Por un instante, Adrian pareció no verlo.
Cerró la puerta del taxi con un golpe seco y cruzó la calle con la maleta en la mano.
Su chaqueta se ajustaba al torso y su cabello, ligeramente despeinado por el viaje, le daba un aire aún más atractivo.
Dejó caer la maleta sobre la mesa que resonó más de lo esperado.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó con la voz cargada de irritación y cansancio.
—¿Te pido algo?
Adrian vaciló un momento antes de dejarse caer en la silla.
—¿Dónde está el arma?
Antes de que Christian pudiera responder, un joven camarero apareció junto a la mesa.
—¿Qué les pongo? —preguntó en español.
Era un chico de no más de veinte años con el cabello rizado y desordenado, como si acabara de salir de la cama o de una clase de arte. Su nariz recta y el ligero enrojecimiento de su rostro le daban un aire de seriedad que chocaba con su juventud.
Adrian lo ignoró por completo manteniendo su atención fija en Christian.
—Puedo pasar luego —insistió el camarero con un deje de duda.
— Gin-tonic —pidió Christian.
Adrian respiró hondo y alzó la mano.
—Dos.
—Que sean dobles —añadió Christian con una ligera sonrisa.
El joven camarero inclinó la cabeza y se dirigió de vuelta al bar.
Christian observó a una chica que salía disparada por la puerta visiblemente enfadada.
—¿Qué miras? —preguntó Adrian
Él volvió la mirada a la mesa esbozando una sonrisa burlona.
—Nada. La juventud… Siempre la misma historia. Chico busca chica, chica se pelea con chico, chico busca chico…
—¡Ja, ja, ja! Muy gracioso. Ahora dime: ¿qué has hecho con el arma?
El camarero regresó con las bebidas. Tenía las mejillas aún más rojas y su mirada parecía esquivar la de ellos como si algo lo incomodara.
Christian levantó una ceja y miró a Adrian con una expresión de «te lo dije» que no necesitaba palabras.
Mientras dejaba los vasos en la mesa, el camarero levantó la mano llamando la atención de alguien en la puerta del bar.
—¿¡Jerónimo!?
Christian siguió con la mirada al camarero mientras aquel nombre resonaba en el aire.
Adrian tomó su vaso y dio un largo sorbo antes de volver a clavar la mirada en su compañero.
—Espero que tengas una buena explicación.
Christian sonrió, pero esta vez su gesto era más calculado que espontáneo.
—Depende. ¿Prefieres la versión larga o el resumen?
La noche prometía complicarse aún más.