Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 10
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Capítulo 10

CHRISTIAN

Christian y Adrian se distanciaron unos metros al acercarse al control de seguridad. Primero pasó Christian. Mostró su acreditación y el agente apenas le prestó atención antes de permitirle cruzar.

Adrian, sin embargo, no tuvo la misma suerte.

—Buenos días —dijo presentando su tarjeta de embarque—, « the rain in Spain is mainly on the plain ».

El agente levantó la mirada visiblemente confundido.

—¿Perdón?

Christian, ya al otro lado, giró discretamente la cabeza. El agente no coincidía con la descripción que habían recibido: un joven de expresión seria que debía responder al código preestablecido. Este era mayor, de cabello gris y uniforme impecable con un aire de autoridad.

Adrian mantuvo la calma.

Christian fingió atarse los cordones y cruzó una mirada rápida con Adrian. Algo había ido mal.

La tensión en el aire parecía una cuerda tensa, lista para romperse.

—¿Motivo de su viaje? —preguntó el agente.

—Vacaciones.

—¿Viaja con esa maleta solo?

—Sí.

—Póngala en el mostrador para inspeccionarla.

Adrian frunció el ceño.

—¿Cómo dice?

—Su equipaje. Abra la maleta, por favor.

—No…

—Si prefiere, puedo llamar a mi superior.

Adrian respiró hondo con la mandíbula tensa. Con un gesto lento y deliberado, se rascó la oreja tres veces.

La alarma se encendió en la mente de Christian.

—Llame a quien quiera —replicó Adrian con tono desafiante—. No voy a mostrar mi ropa interior en público.

—Si lo prefiere, podemos pasar la maleta por rayos X, pero tendrá que hacer otra cola.

—Esto es ridículo.

—Como quiera.

El agente tomó el teléfono y comenzó a marcar.

La presión en el pecho de Christian crecía con cada segundo. Desde su posición, podía ver cómo Adrian apretaba los puños mientras mantenía su expresión neutral.

El agente colgó tras unos segundos sin respuesta.

—Espere aquí. Ahora vuelvo.

Llamó a un compañero para que lo reemplazara y se alejó por un pasillo lateral.

Christian, consciente de que el tiempo jugaba en su contra, lo siguió a una distancia prudente. El bullicio de la terminal se apagaba mientras avanzaba por el corredor trasero, hasta que el agente se detuvo frente a una puerta.

Era el momento. Con movimientos calculados, Christian se acercó en silencio.

Antes de que el agente pudiera girarse, lo inmovilizó.

Con una mano cubrió su boca mientras con el brazo presionaba sobre su cuello, justo donde las arterias carótidas transportaban la sangre al cerebro.

Había aprendido esa técnica en su entrenamiento: aplicada correctamente, bastaban segundos para interrumpir el flujo sanguíneo y provocar un desmayo.

Cualquier error, sin embargo, podría ser letal.

El hombre forcejeó unos segundos antes de desplomarse inconsciente.

Christian liberó la presión de inmediato y se aseguró de que el agente respiraba. Acto seguido, lo arrastró al interior de la oficina. Lo recostó con cuidado en una silla colocada en un rincón y lo ocultó detrás de una estantería abarrotada de carpetas desordenadas.

La habitación olía a té y pollo frito. Sobre el escritorio encontró un teléfono de línea interna y una lista de extensiones. Sus ojos recorrieron los números hasta localizar el del control de seguridad.

Marcó con dedos firmes y esperó.

—Control de seguridad puesto ocho, ¿sí?

Christian ajustó su tono para sonar autoritario:

—Aquí el Supervisor Turner. Deje pasar al caballero de inmediato. Es una orden prioritaria. Mentecato, ¿no sabe quién es?

El silencio al otro lado del teléfono fue un instante eterno.

—Sí, señor. Entendido, señor.

Christian colgó con un clic seco y dejó escapar un suspiro contenido. Respiró hondo de nuevo antes de salir de la oficina y cerró la puerta con cuidado.

Cuando regresó al área principal de la terminal, vio a Adrian recogiendo su tarjeta de embarque y su maleta.

Finalmente, había cruzado el control sin más incidentes.

Sus miradas se encontraron por un breve instante.

Adrian no mostró emoción, pero sus ojos brillaron con un leve destello de alivio.

Sin decir nada, caminaron hacia la puerta de embarque.

Aquello había sido solo el primer obstáculo.

La misión, pensó Christian, sería más peligrosa de lo que jamás había anticipado. Y aquello era solo el principio.