Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 9
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Capítulo 9

CHRISTIAN

Christian llevaba el uniforme de tripulante de cabina de British Airways: un traje azul marino oscuro con botones dorados, una chaqueta de solapa estrecha y un pañuelo rojo que añadía un toque de distinción en el bolsillo superior.

La tarjeta de identificación colgaba del cuello, moviéndose con el balanceo del coche.

A su lado, Adrian hojeaba el informe que John les había entregado. Vestía una chaqueta de cuero negra sobre un jersey gris de lana, vaqueros y botas negras cómodas para el viaje.

—Teodoro Montenegro —leyó en voz alta—. Cuarenta y cinco años, nacido en Valparaíso, Chile, pero ha vivido toda su vida en España.

Ahora «empresario» de bares y discotecas en Valencia.

Fraude de seguros, lavado de dinero, negocios de fachada…

La policía le sigue de cerca, pero hasta ahora ha evitado problemas mayores.

—Adrian pasó la página con gesto pensativo—.

Según pone en el informe, un periodista chileno olvidó la cámara durante una fiesta privada en uno de sus clubes.

Un empleado la encontró y se la entregó directamente a Montenegro.

—¿Y qué hizo con ella?

—La guardó en un cajón de su oficina y no le dio importancia. Es probable que ni siquiera haya revelado el carrete. Está ahí por pura coincidencia. Es como un ladrón de poca monta que robó un Monet por accidente.

Christian asintió con la mirada abstraída en la carretera.

—¿Y qué pasó con el periodista? —preguntó sin mucho entusiasmo.

—Lo arrestaron por consumo de drogas y conducción temeraria. Lo metieron en un avión de vuelta a Chile.

—¿Y no intentó recuperar el carrete?

—¿Cómo? Algo difícil desde una punta del Atlántico a la otra. ¿No te parece? Quizás fue una trampa para deshacerse de un periodista entrometido. Sabía más de lo que debía. O tal vez no era solo sobre Pinochet. No tenemos más información…

Christian se quedó callado. Miraba fijamente el asfalto mojado con los dedos tensos sobre el volante y el rostro preocupado.

—Chris, ¿me estás escuchando?

—Anoche dijiste que lo de vivir juntos era temporal —dijo girando la cabeza hacia él.

Adrian cerró el informe con calma y se tomó un momento antes de responder.

—Anoche pasaron muchas cosas —murmuró—. Me gustaría hablar de eso cuando volvamos.

El silencio los envolvió. Solo el sonido rítmico del limpiaparabrisas rompía la quietud y marcaba un compás que parecía sincronizarse con sus respiraciones.

—Cuando volvamos, tienes que ver a tu mujer —dijo Christian de pronto.

—¿Por qué dices eso?

—Uno no puede desaparecer así, sin más. Hay personas que te quieren. Ella te quiere.

—Es una mujer práctica. El día que nos veamos será para que firme los papeles del divorcio.

Christian esbozó una sonrisa ladeada.

—Por algo se empieza.

Adrian le susurró al oído:

—¿Te he dicho que tienes unos ojos muy bonitos?

Él encogió los hombros fingiendo indiferencia.

—Vaya… No eres el primero. Ya me lo han dicho antes.

Adrian le acarició suavemente el rostro.

—¿Y siempre te pones tan nervioso?

—No estoy nervioso. —Su voz traicionó la mentira—. Estoy… emocionado por la misión.

—Ya…

El resto del trayecto transcurrió en un silencio cómodo.

Al llegar al aeropuerto, Christian aparcó en el estacionamiento de la Terminal 4.

Salieron del coche y caminaron bajo una marquesina metálica que protegía a los viajeros de la llovizna.

Los taxis y coches formaban filas frente a las puertas de salida, mientras pasajeros y empleados del aeropuerto arrastraban maletas hacia el vestíbulo.

Christian se detuvo un momento y observó la terminal.

—Echaré un vistazo antes de subir al avión por si necesitas algo.

—Sé cuidarme solo.

Christian lo sujetó por la muñeca y, con calma, llevó su mano a la oreja, apenas rozándola.

—Aquí —le dijo—. Ráscate tres veces si necesitas mi ayuda. Yo te seguiré en la distancia hasta que entres en el avión.

—No es mi primera misión de campo.

—Pero sí la mía. ¿Me vas a obedecer?

Él mostró una expresión de irritación y ternura al mismo tiempo.

—Si no lo hubiera hecho ya, estaría en mi casa con mi mujer y mi hija.

Christian lo siguió con la mirada mientras desaparecía tras las puertas automáticas con la maleta de mano balanceándose a su ritmo.

Adrian caminaba con esa confianza contenida que siempre lo caracterizaba, como si nada pudiera desviar su atención.

Pero Christian sabía que bajo esa fachada, Adrian cargaba con un conflicto interno tan pesado como silencioso.

Había vivido toda su vida intentando encajar en un molde que no era suyo.

Un matrimonio, una hija, la fachada de una estabilidad que, en realidad, estaba rota desde el principio.

Christian entendía la contradicción. Había conocido a hombres como él antes: personas que vivían atrapadas entre el deseo y la culpa, entre lo que querían y lo que creían que debían ser.

Adrian no estaba huyendo solo de su mujer o de su pasado; estaba huyendo de sí mismo.

En el mundo secreto de la organización, no había lugar para enredos personales. La separación emocional no era solo una norma; era una necesidad. Sin embargo, mientras veía a Adrian desaparecer tras las puertas de cristal, supo que él ya estaba demasiado involucrado.

Tenía que demostrar que podía con el peso de la misión. Ya no era solo un intermediario en un juego mayor; aquella misión sería su oportunidad para destacar. Solo tenían que cumplir el plan. Era simple, al menos sobre el papel: recuperar el carrete y desaparecer sin dejar huella.